Abril sabe lo que es amar hasta perderse a sí misma.
Cuando acepta un trabajo inesperado, jamás imagina que la llevará a conocer a Darío, un hombre atrapado en una relación donde los celos, el control y la manipulación se confunden con amor.
Él cree que su pareja lo cuida. Ella sabe que lo está destruyendo.
Mientras Abril intenta ayudarlo a abrir los ojos, se ve envuelta en un triángulo peligroso donde los sentimientos reales chocan con secretos, mentiras y decisiones que pueden romperlo todo.
¿Es posible amar sin dolor cuando el pasado aún sangra?
¿O algunas personas están destinadas a perderse antes de encontrarse?
Corazones en Juego es una historia intensa sobre relaciones tóxicas, segundas oportunidades y el valor de elegir un amor que no duela.
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Capítulo 10: La línea que no se vuelve a cruzar
Darío supo que algo estaba mal incluso antes de abrir la puerta. El departamento estaba demasiado silencioso, pero no era el silencio tranquilo de otras noches, sino uno cargado, tenso, como si el aire mismo esperara una explosión. Dejó las llaves sobre la mesa y avanzó con cautela.
Camila estaba sentada en el sillón, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre las piernas. Frente a ella, sobre la mesa, había una carpeta.
—¿Qué es eso? —preguntó Darío, sin acercarse.
Camila levantó la vista lentamente.
—Necesitábamos hablar —dijo—. Y pensé que así sería más fácil.
Darío sintió un nudo en el estómago.
—¿Hablar de qué?
Camila abrió la carpeta con cuidado, como si estuviera mostrando algo frágil. Dentro había hojas impresas, capturas de pantalla, fechas subrayadas. Darío reconoció su nombre en varios documentos.
—¿Qué hiciste? —preguntó, esta vez con la voz más baja.
—Te protegí —respondió Camila—. Alguien tenía que hacerlo.
Darío se acercó con pasos lentos y tomó una de las hojas. Era información sobre Abril. Su antiguo trabajo. Un cambio de ciudad. Una referencia velada a una relación pasada.
—Esto no es protección —dijo—. Esto es invadir.
Camila inclinó la cabeza.
—No seas dramático. Solo quise saber con quién estabas hablando.
Darío dejó caer la hoja sobre la mesa.
—No tenías derecho.
—Tenía todo el derecho —replicó ella—. Soy tu pareja.
Esa frase, que antes lo habría hecho retroceder, ahora le sonó distinta. Vacía.
—Ser mi pareja no te da permiso para vigilarme —respondió—. Ni para investigar a otras personas.
Camila se levantó.
—No lo entiendes porque estás confundido —dijo—. Ella te llenó la cabeza de ideas.
Darío negó con la cabeza.
—Ella no me dijo qué pensar. Solo me escuchó.
—Eso es lo peligroso —respondió Camila—. Te hace creer que las decisiones son tuyas.
Darío sintió una oleada de rabia contenida.
—¿Te escuchas? ¿De verdad no ves lo que estás haciendo?
Camila respiró hondo. Por un instante, su fachada se resquebrajó.
—Todo esto es por nosotros —dijo—. Yo no puedo perderte.
—No puedes perder el control —corrigió Darío.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. Definitivo.
Camila lo miró con una mezcla de incredulidad y furia.
—Después de todo lo que sacrifiqué… ¿así me lo pagas?
Darío cerró los ojos. Esa frase, esa culpa, ya no funcionaba igual.
—Nadie te pidió que te sacrificaras así —dijo—. Yo no pedí vivir con miedo.
Camila se acercó hasta quedar frente a él.
—¿Miedo? —repitió—. Yo jamás te haría daño.
Darío sostuvo su mirada.
—Ya lo hiciste.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos como una sentencia.
Camila dio un paso atrás.
—Si sales por esa puerta —advirtió—, no hay vuelta atrás.
Darío pensó en el sillón, en las noches sin dormir, en el nudo constante en el pecho.
—Eso es exactamente lo que necesito —respondió.
Tomó su chaqueta y salió sin mirar atrás.
El aire de la noche lo golpeó con fuerza. Caminó sin rumbo durante varios minutos, sintiendo cómo las piernas le temblaban. No sabía a dónde ir, solo sabía que no podía volver.
Sacó el teléfono y escribió a Abril.
—“Necesito verte.”
Ella tardó unos minutos en responder.
—“Ven.”
Cuando llegó, Abril notó de inmediato su estado. No le preguntó nada. No lo presionó. Simplemente le ofreció agua y un lugar donde sentarse.
Darío respiró hondo.
—Cruzó una línea —dijo—. Me investigó. Te investigó.
Abril cerró los ojos.
—Eso es grave.
—Lo sé —respondió—. Y aun así… me siento culpable.
Abril se sentó frente a él.
—Eso es lo que deja el control —dijo con suavidad—. Te hace sentir responsable incluso cuando te defiendes.
Darío bajó la cabeza.
—No sé quién soy sin todo eso.
—Lo vas a descubrir —respondió ella—. Pero no hoy. Hoy solo necesitas estar a salvo.
Mientras tanto, Camila caminaba de un lado a otro en el departamento vacío. La carpeta seguía abierta sobre la mesa. El silencio ya no la tranquilizaba. La enfurecía.
Tomó su teléfono y marcó un número.
—Se fue —dijo—. Y no piensa volver.
Del otro lado, la voz respondió con calma.
—Entonces hay que actuar antes de que sea tarde.
Camila apretó el teléfono.
—No voy a perderlo.
En otro punto de la ciudad, Victoria observaba la pantalla de su celular con el ceño fruncido. Había recibido un mensaje de Darío, breve pero contundente.
—“Mamá, necesito ayuda. De verdad.”
El corazón se le aceleró.
—“Voy para allá” —respondió sin dudar.
Esa noche, Darío no durmió en el sillón ni bajo vigilancia. Durmió poco, sí, pero con una certeza nueva: algo se había roto para siempre.
Y aunque el miedo seguía ahí, también estaba otra cosa.
Una verdad imposible de ignorar.
Cuando alguien cruza una línea así…
ya no hay forma de fingir que no pasó.
pero más gracias por una historia muy diferente...
definitivamente cuando la obsesión y los celos te nublan el juicio te vuelves peligroso porque no entiendes de razones...
no va a dejarlo tan fácil
si vuelve siempre fue para ti, si no nunca lo fue...
Camila en verdad tiene serios problemas