Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.
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Capítulo 10 – El ático y el chico de la ventana
Todo comenzó con un grito.
No uno de enojo.
No uno de reproche.
Uno diferente.
—¡Celeste! ¡Ven aquí ahora mismo!
Emma estaba arrodillada limpiando el piso cuando escuchó la voz de su tía desde la cocina. El tono la desconcertó. No era frío. No era cortante. Era… emocionado.
Celeste llegó primero.
—¿Qué pasó?
Emma se asomó con cuidado.
Su tía sostenía el celular con ambas manos, los ojos abiertos de par en par.
—¡Gané!
—¿Qué ganaste? —preguntó Celeste, ya sonriendo.
—¡El premio del sorteo del supermercado! ¡El de las facturas acumuladas!
Emma sintió que el trapo resbalaba de sus manos.
—¿Cuánto es? —preguntó Celeste casi sin respirar.
Su tía se llevó una mano al pecho.
—Lo suficiente.
Esa frase quedó suspendida en el aire.
Lo suficiente.
Lo suficiente para qué.
Lo suficiente para cambiar cosas.
Lo suficiente para mejorar.
Por un segundo, un segundo apenas, Emma sintió algo que no se permitía desde hacía semanas.
Esperanza.
Tal vez ahora no sería una carga.
Tal vez ahora no tendría que levantarse a las cinco.
Tal vez ahora…
—Podemos mudarnos —continuó su tía, caminando por la cocina con energía renovada—. A una casa mejor. Más grande. Más digna.
Celeste dio un pequeño salto.
—¡Sí! ¡Por fin!
La tía empezó a describir lo que quería.
Dos pisos.
Un jardín.
Espacio.
Luz.
Emma escuchaba en silencio.
Pero entonces la mirada de su tía cayó sobre ella.
Y algo se endureció.
—Pero eso no significa que las reglas cambien.
Emma bajó la mirada.
La esperanza se rompió rápido.
—Yo no dije nada —murmuró.
—Más te vale.
Las semanas siguientes fueron distintas.
No para Emma.
Para ellas.
Su tía hablaba con agentes inmobiliarios.
Visitaban casas.
Comparaban precios.
Celeste opinaba sobre habitaciones y ventanas.
Emma iba detrás.
Cargando bolsos.
Sosteniendo carpetas.
Esperando afuera cuando la conversación era “de familia”.
El dinero llegó oficialmente un viernes.
Y el domingo firmaron los papeles.
La nueva casa no era lujosa.
Pero sí más grande.
Dos pisos.
Un pequeño jardín delantero.
Y arriba…
Un ático.
Emma lo vio apenas entraron.
Una escalera más estrecha.
Una puerta pequeña.
Un espacio apartado.
No dijo nada.
No preguntó nada.
Ya sabía.
La mudanza ocurrió un martes gris.
Las cajas iban y venían.
Celeste eligió habitación primero.
La tía se quedó con la más amplia.
Cuando Emma terminó de descargar la última caja, escuchó:
—Tu espacio está arriba.
No “tu cuarto”.
No “tu habitación”.
Solo “tu espacio”.
Subió la primera escalera.
Luego la segunda, más angosta.
Empujó la puerta blanca.
El ático era pequeño.
Techo inclinado.
Una sola ventana.
Polvo acumulado en las esquinas.
Una cama individual vieja.
Una mesa inestable.
Y silencio.
Mucho silencio.
—Es temporal —dijo su tía desde abajo—. Agradece que tienes techo.
Emma dejó su maleta sobre la cama.
Se sentó.
Miró alrededor.
La casa había mejorado.
Ella no.
Cerró la puerta suavemente.
Y respiró hondo.
No iba a llorar.
No más.
El ático tenía algo particular.
La ventana.
Era pequeña, pero permitía ver la casa de al lado.
Un balcón.
Puertas corredizas.
Cortinas oscuras.
Y a veces…
Una figura.
La primera vez que lo vio fue al tercer día.
Un chico apoyado en la baranda del balcón vecino.
Cabello oscuro.
Expresión seria.
Mirada perdida en el cielo.
No parecía mayor que ella.
No sonreía.
No hablaba.
Solo existía.
Emma apartó la mirada rápido.
Pero al día siguiente volvió a verlo.
Y al siguiente también.
Hasta que una tarde, mientras colgaba ropa en la pequeña terraza trasera, escuchó una voz.
—Vas a seguir mirando o vas a decir algo.
Emma se sobresaltó.
Él estaba apoyado en la baranda, mirándola directamente.
Sus ojos eran intensos.
No cálidos.
Pero tampoco crueles.
—No estaba mirando —respondió ella.
Él arqueó una ceja.
—Claro.
Emma se sonrojó.
—Perdón.
—No me molesta.
Silencio.
—Soy Emma —dijo reuniendo valor.
Él dudó un segundo.
—Tiago.
Su nombre sonó firme.
Corto.
—Mucho gusto.
—Sí.
Y entró a su habitación sin más.
Emma se quedó mirando el balcón vacío.
Frío.
Distante.
Pero algo en él la intrigaba.
Las noches en el ático eran más frías que en la antigua casa.
El techo crujía con el viento.
La manta no era suficiente.
Emma se acurrucaba mirando la pequeña ventana iluminada del vecino.
A veces veía la silueta de Tiago sentado en el suelo del balcón.
Despierto.
Como ella.
Una noche, escuchó un pequeño golpe.
Toc.
Toc.
Abrió la ventana.
Tiago sostenía algo.
Un paquete envuelto en papel.
Lo lanzó con cuidado.
Cayó sobre la cama.
—Es pan —dijo él.
Emma lo miró confundida.
—Mi mamá compra demasiado.
No sonaba como caridad.
Sonaba como excusa.
Emma sostuvo el paquete con cuidado.
Aún estaba tibio.
El olor le apretó la garganta.
—Gracias.
Tiago negó apenas con la cabeza.
—No le digas a nadie que hablas conmigo.
—¿Por qué?
—Porque no me gusta la gente.
Y volvió a entrar.
Emma se quedó sola.
Con el pan en las manos.
Y una pequeña sonrisa.
No recordaba la última vez que alguien le dio algo sin pedir algo a cambio.
Las conversaciones comenzaron a repetirse.
Breves.
Espaciadas.
Pero constantes.
—¿Siempre estás en ese ático? —preguntó él una tarde.
—Sí.
—Hace frío.
—Ya me acostumbré.
Él la miró más tiempo.
—No deberías acostumbrarte a eso.
Emma entendió que no hablaba solo del clima.
Una noche especialmente helada, el viento golpeaba fuerte el techo.
Emma temblaba bajo la manta.
Escuchó el golpe.
Toc.
Toc.
Abrió.
Tiago sostenía una sudadera.
—Te vas a enfermar —dijo.
Ella la tomó.
Era grande.
Cálida.
—Te la devuelvo mañana.
—No hace falta.
Emma la abrazó contra su pecho.
—Gracias, Tiago.
Él la miró.
Más suave que antes.
—No todo lo que recibes es deuda.
Las palabras la dejaron inmóvil.
En esa casa, todo era deuda.
Techo.
Comida.
Espacio.
Respirar.
Pero allí, en esa ventana pequeña…
No.
Y mientras el viento seguía golpeando el ático…
Emma sintió algo distinto.
No era felicidad.
No era seguridad.
Pero era una chispa.
Una rendija de luz en medio de la oscuridad.
La casa era más grande.
Más bonita.
Más estable económicamente.
Pero el ático seguía siendo frío.
Y ella seguía siendo invisible.
Excepto para alguien.
Un vecino serio.
Callado.
Distante.
Que poco a poco comenzaba a mirar de verdad.
Y Emma, sin darse cuenta…
También.