Nací entre lujos, rodeada de poder, creyendo que el amor sería el único territorio donde nadie podría obligarme.
Me equivoqué.
Mi padre decidió mi destino con una firma.
Mi esposo selló mi condena con su desprecio.
Y yo… yo aprendí demasiado tarde que no todos los cuentos de hadas comienzan con una boda.
y que incluso en jaulas doradas se puede morir lentamente.
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capitulo 3 la boda
La iglesia estaba llena. No solo de flores y murmullos, sino de expectativas, juicios silenciosos y sonrisas perfectamente entrenadas.
Renata avanzaba por el pasillo con pasos firmes… demasiado firmes para alguien que sentía cómo el corazón se le desmoronaba en cada latido.
El vestido blanco caía impecable.
Su expresión también.
Solo sus manos, crispadas alrededor del ramo, traicionaban la tormenta que llevaba dentro.
Desde los bancos, los invitados la admiraban.
—Está radiante…
—Qué hermosa novia…
—Parece tan feliz…
Pero Renata sabía la verdad, solo ella sabía que todo era un teatro y que con cada paso que daba, era una renuncia a su libertad, cada mirada, una despedida que nadie más notaba.
Al llegar al altar, evitó pensar, evito sentir, evito recordar. ¿Por qué su pecho dolía tanto en un día que debía ser perfecto? La respuesta era fácil. ¡Porque ella era para su padre, una transacción, y para su futuro esposo, un seguro!
La ceremonia transcurrió entre votos, promesas y palabras que resonaban huecas y vacias en su interior, cuando llego el
“Acepto.”
La palabra salió de sus labios como un suspiro condenado.
*La recepción*
La música flotaba en el aire como una mentira elegante. Todo era luz, sonrisas ensayadas y copas que chocaban celebrando una felicidad que, para Renata, tenía un sabor amargo.
Desde su mesa, observaba sin ver. Su vestido era hermoso, sí. Pero pesaba. Pesaba Como si cada hilo estuviera tejido con recuerdos que no debían estar allí.
Renata sonreía mecánicamente, a las felicitaciones que le llegaban.
era como si su cuerpo estuviera allí, pero su alma observara desde algún rincón lejano.
Hasta que algo cambió, una sensación.
Un escalofrío suave, casi imperceptible.
Renata levantó la mirada, y la vio, entre los invitados, una mujer caminaba con elegancia serena. No llamaba la atención por la extravagancia, sino por algo más inquietante:
Su calma.
Como si no perteneciera a ese lugar.
Como si llevara consigo otra historia.
Sus miradas se encontraron y en ese momento Renata sintió un golpe extraño en el pecho.
Confusión.
Reconocimiento.
Una incomodidad imposible de explicar.
La mujer se acercó a la mesa donde ella estaba sentada.
—Renata.
Su voz era suave, pero cargada de algo que no sonaba casual.
Renata parpadeó.
—Disculpa… ¿Nos conocemos?
Una leve sonrisa apareció en los labios de la mujer.
—Sí.
No hubo explicación. No hubo presentación.
Solo esa respuesta que dejó a Renata aún más desorientada.
La mujer tomó asiento frente a ella.
Renata la observó con atención creciente.
Había algo… Algo inquietantemente familiar, Pero no sabía que.
—Viniste a la boda —murmuró Renata.
—Tenía que hacerlo.
—¿Por qué? - no sabía ni por qué pregunto, después de todo, había mucha gente que estaba ahí solo por las conexiones de su padre, el apellido Soler, pesaba más que ningún otro, y eso todos lo sabían.
La mujer sostuvo su mirada.
—Porque sabía que me necesitarías.
El aire pareció volverse más denso.
Renata frunció el ceño.
—No entiendo…
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
Y entonces dijo, con una tristeza serena:
—Entiendo lo que estás sintiendo.
El corazón de Renata se detuvo un instante.
—¿Cómo podrías entenderlo? - nadie podía hacerlo, todos pensaban que ella era feliz.
pero la respuesta llegó sin titubeos.
—Porque yo también fui separada del gran amor de mi vida.
Renata quedó inmóvil.
Las palabras atravesaron cada defensa que había construido.
—¿Qué… pasó?
La mujer desvió la mirada por un segundo.
Como si recordar aún doliera.
—La vida decidió por mí, una mujer me lo arrebato- dijo con total amargura.
Renata tragó saliva.
—¿pero Lo superaste?
La mujer soltó Una sonrisa que no era felicidad.
—Hay amores que no se superan, Renata así otra ocupe tu lugar.
Renata sintió un nudo en la garganta.
Algo en su pecho se quebraba lentamente, acaso esta mujer podía ver a través de ella.
—Lo siento…
La mujer volvió a mirarla.
—No lo sientas. Solo no ignores lo que tu corazón ya sabe.
Renata apenas pudo susurrar:
—¿Qué quieres decir?
Pero la mujer ya se estaba levantando.
—vivir en un matrimonio sabiendo que no te aman, es una muerte lenta y dolorosa.
Y diciendo esto se alejó.
Dejando a Renata con la respiración inestable.
Con la certeza inquietante de que aquella conversación no había sido casual.
Y con una pregunta que comenzó a arder dentro de ella:
¿Quién era realmente esa mujer?