Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.
Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.
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Capítulo 06
El vestidor contiguo al Salón del Trono Imperial olía a cera de abejas, alcanfor y lavanda marchita. Frente al espejo tríptico de marco dorado, Clara intentaba con manos temblorosas abrochar la hilera de sesenta botones de perla que ceñían la espalda de mi vestido de gala. Cada vez que sus dedos rozaban la tela, el temblor de la sirvienta era tan evidente que el metal de los corchetes repiqueteaba como campanillas funerarias.
—Respira, Clara —le ordené en un tono pausado, contemplando mi propio reflejo en el cristal biselado—. No eres tú quien va a caminar hacia el cadalso; solo estás ajustando la soga.
La muchacha ahogó un grito sordo y dio un paso atrás, apretando las manos contra el delantal.
—¡Por favor, mi lady, no diga esas cosas tan terribles! —susurró, mirando asustada hacia las cortinas de terciopelo que nos separaban del corredor por donde transitaban los guardias imperiales—. El duque Gerald tiene los ojos inyectados en sangre. Jamás lo había visto con ese semblante. Si usted comete un error en presencia de su majestad imperial el emperador... no habrá rincón en los siete ducados donde pueda esconderse. Su padre la encerrará en el convento de las hermanas del silencio o la entregará encadenada a la torre norte.
Miré a la mujer reflejada en el azogue. Llevaba un vestido de terciopelo azul medianoche, tan oscuro que en las sombras parecía negro azabache, adornado en el escote y las mangas con bordados de hilo de plata vieja que imitaban enredaderas de espinas. Mi cabello negro estaba recogido en una trenza compleja coronada por una tiara modesta de zafiros deslustrados: las únicas joyas familiares que mi padre no había empeñado todavía para cubrir sus deudas de juego y sus sobornos al senado. Mis mejillas no estaban sonrosadas por el pudor como en mi vida pasada; mi piel lucía una palidez marmórea, y mis labios, pintados con extracto de amapola y cochinilla, eran una línea afilada y carmesí.
En mis ojos ya no había rastro de la muchacha ingenua que creía que el amor consistía en inmolarse para mantener caliente a un hombre egoísta. Había fuego. Había hielo. Y, sobre todo, había un hambre implacable de justicia.
—No me esconderé en ningún convento, Clara —respondí, acariciando con la yema del pulgar la cicatriz invisible de mi cuello, allí donde diez años en el futuro una cuerda de cáñamo me rompería el cartílago mientras Aedric brindaba con champán—. Los conventos son para los devotos que esperan el perdón divino en la otra vida. Yo ya estuve en la otra vida, y descubrí que en el más allá no hay ángeles esperando con arpas; solo hay cenizas y gusanos hambrientos. Quien debería estar rezando esta noche no soy yo, sino el hombre que cree que puede comprarme con baratijas robadas.
Antes de que Clara pudiera replicar, la cortina de entrada se abrió de golpe con un chasquido seco de anillas de bronce.
Era mi prima, Lady Lyra Fiargod.
Había vuelto a retocarse el maquillaje tras el bochorno del salón de baile. Su piel lucía fresca, sus labios relucían con un brillo de miel y su vestido de tul lila parecía flotar a su alrededor como la bruma matutina. Sin embargo, detrás de esa fachada de hada inocente, sus ojos almendrados destellaban con una malevolencia que ya no se molestaba en esconder por completo. Hizo una señal brusca con la mano a Clara para que saliera del tocador.
Clara me miró con desconsuelo, pidiendo permiso con la mirada.
—Déjanos, Clara —dije con calma—. Espérame junto a la puerta principal del salón del trono.
La doncella hizo una reverencia rápida y se deslizó fuera del cuarto como una sombra, dejando tras de sí una atmósfera densa y pesada.
Lyra esperó a que los pasos de Clara se extinguieran en la lejanía antes de cruzar los brazos sobre el pecho y soltar una risita aguda, cargada de veneno condensado.
—Vaya, primita. Veo que has decidido cambiar de estrategia —comenzó Lyra, paseándose alrededor de mí como un gato que acecha a una presa enjaulada—. ¿Qué fue todo ese teatro en el salón de baile? ¿Pretender frialdad para llamar la atención de Aedric? ¿Lanzarte a los brazos de esa bestia del norte como una ramera desesperada? Déjame decirte que ha sido el espectáculo más patético que ha presenciado la corte en una década. El príncipe está furioso contigo. Si no fuera por mí, que pasé los últimos veinte minutos aplacando su ira en la terraza, su alteza habría exigido que tu padre te abofeteara frente a los embajadores de Valquiria.
La escuché sin pestañear. En mi vida anterior, estas palabras me habrían destrozado el alma; me habría arrodillado frente a Lyra, llorando y rogándole que fuera mi mediadora con el príncipe, dándole las gracias por "salvarme" mientras ella se reía a mis espaldas y se metía en la cama de mi prometido esa misma noche.
Qué fascinante resultaba observar a un monstruo cuando se le despoja de su manto de falsedad.
Me di la vuelta lentamente y la miré a los ojos, clavando mi vista en sus pupilas dilatadas por la soberbia.
—¿Veinte minutos aplacando su ira en la terraza, Lyra? —mi tono fue tan suave que sonó casi cariñoso, pero las palabras llevaban una carga de dinamita—. Qué abnegada eres. Lástima que tus esfuerzos diplomáticos hayan dejado una mancha de polvo de arroz en la solapa izquierda del uniforme de Aedric y que la cinta de tu corpiño esté torcida hacia la derecha. Se nota que trabajaste muy duro con las manos y con la boca para calmar el estrés de su alteza.
Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!