En su vida anterior, Elena fue ingenua, confió en las personas equivocadas y pagó el precio más alto. Engañada por su media hermana Beatriz y su prometido Mateo, vio cómo le arrebataban la empresa familiar antes de ser eliminada en un "accidente" orquestado. Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Al abrir los ojos, Elena descubre que ha regresado tres años en el tiempo, justo a la noche de su fiesta de compromiso y minutos antes de ceder sus valiosas acciones.
Con los recuerdos intactos y el conocimiento exacto del futuro, esta vez no habrá espacio para la compasión. Romperá el compromiso, tomará el control del imperio familiar y hará caer uno a uno a quienes la traicionaron. Y mientras su ex-prometido desespera por recuperarla, Elena encontrará en Sebastián la alianza perfecta y el amor sincero que siempre mereció...
"Regresé del infierno no para perdonar, sino para cobrar cada deuda."
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Capítulo 5: La trampa en la gala
La gran Gala Anual de Inversores de la Capital era el evento más prestigioso del sector empresarial. Luces cálidas, champán de alta gama y vestimentas de etiqueta dominaban el salón principal.
Elena ingresó luciendo un impresionante vestido de seda azul noche, con la espalda descubierta y detalles de diamantes que capturaban los flashes de los fotógrafos. A su lado, Sebastián Rossi vestía un esmoquin a la medida. La elegancia y frialdad de ambos atraían las miradas de todos los presentes.
—¿Segura de que quieres hacerlo esta noche? —murmuró Sebastián inclinándose ligeramente hacia ella mientras avanzaban entre la multitud.
—Totalmente —respondió Elena con una sonrisa tenue—. Mateo está desesperado por conseguir financiamiento. Sé que vendrá aquí buscando llamar la atención de los inversores extranjeros usando el proyecto falso de biometría que le filtré a propósito.
Efectivamente, en una esquina del salón, Mateo Peralta conversaba acaloradamente con un grupo de importantes empresarios extranjeros. Lucía demacrado y tenso, pero intentaba mantener una sonrisa confiada. A su lado, Beatriz lucía un ostentoso vestido rojo, buscando desesperadamente encajar en la alta sociedad.
Cuando Mateo vio a Elena entrar del brazo de Sebastián Rossi, los celos y la rabia hicieron que apretara los dientes hasta sentir dolor.
Ese lugar debió ser mío, pensó con furia. Ella debió rogarme perdón, no pasearse con el hombre más poderoso de la ciudad.
Decidido a recuperar su estatus y humillar a Elena públicamente, Mateo se dirigió al escenario del salón para dar un anuncio sorpresa, habiendo pagado previamente al organizador para obtener tres minutos de atención.
—Damas y caballeros —interrumpió Mateo por el micrófono, captando la atención de los asistentes—. Esta noche quiero presentarles de primera mano la mayor innovación tecnológica del año: el sistema Aegis Security, un desarrollo en el cual mi firma ha adquirido los derechos exclusivos de patente.
Beatriz aplaudió desde abajo con fingido orgullo, mientras varios inversores murmuraban con interés.
Mateo miró a Elena con aire triunfal desde el escenario:
—Sé que algunas personas intentaron desacreditarme recientemente, pero las verdaderas mentes de negocios sabemos dónde está el verdadero futuro. Invito a los socios presentes a firmar las intenciones de inversión hoy mismo.
Un silencio incómodo recorrió el salón. Elena no mostró la menor señal de molestia. En su lugar, dio un paso al frente y soltó una risa suave pero clara.
—¿Patente exclusiva, Mateo? —preguntó Elena con serenidad.
—Así es, Elena. Sé que te duele ver cómo triunfo sin ti...
En ese momento, Sebastián sacó su teléfono y con un simple toque envió una señal a la pantalla gigante del escenario.
De inmediato, la presentación de Mateo fue reemplazada por la certificación oficial de la Oficina de Propiedades Intelectuales y Registro Comercial. En el documento figuraba, en letras doradas y de forma irrevocable, que la patente de Aegis Security pertenecía al 100% al consorcio formado por Silva Corp y el Grupo Rossi.
A continuación, la pantalla mostró un reporte detallado firmado por la policía cibernética: el archivo de presentación que Mateo acababa de mostrar provenía de una extracción ilegal de datos realizada desde una memoria USB con la firma digital de Beatriz Silva.
Los murmullos estallaron como un trueno en el salón.
—¡Eso es imposible! ¡Es un montaje! —gritó Mateo, empapado en sudor frío mientras la pantalla proyectaba la orden de investigación por espionaje industrial en su contra.
—No hay ningún montaje, Mateo —sentenció Elena, subiendo los escalones del escenario con una frialdad implacable—. Intentaste usar un archivo robado que deliberadamente dejé a tu alcance. Caíste en tu propia ambición.
Dos agentes de la división de delitos económicos ingresaron por la puerta principal del salón, dirigiéndose directamente hacia la tarima.
—Señor Mateo Peralta y señorita Beatriz Silva, quedan detenidos por intento de fraude corporativo y robo de propiedad intelectual.
Beatriz comenzó a gritar en histeria mientras los agentes le sujetaban las muñecas. Mateo, pálido y temblando, buscó desesperadamente la mirada de Elena.
—¡Elena! ¡Por favor! ¡Cometí un error, pero te amo! ¡Por favor, retira las denuncias! —suplicó Mateo de rodillas antes de ser esposado, reducido por la desesperación.
Elena lo miró desde arriba sin un solo rastro de piedad en sus ojos.
—Te lo dije el día que cancelé el compromiso: esta vez, la deuda la pagas completa.
Mientras la policía se llevaba a los dos traidores entre el destello incesante de las cámaras y el rechazo de la élite empresarial, Sebastián se acercó a Elena y le ofreció suavemente su brazo.
—Firme y magistral, señorita Silva.
Elena contempló la noche a través del ventanal del salón. El pasado había sido cobrado; el futuro, finalmente, era completamente suyo.
—No, Sebastián —corrigió ella con una sonrisa sincera por primera vez en años—. A partir de hoy, llámame Elena.