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Resucitado Por Venganza

Resucitado Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Venganza
Popularitas:185
Nilai: 5
nombre de autor: Galeano

Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.

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Capitulo 15

El viento de la tarde mecía las copas de los árboles del parque central, levantando pequeñas hojas secas que danzaban sobre los senderos de gravilla. Era una tarde tranquila, ideal para que los niños corrieran tras la salida de la escuela. Sentado en uno de los bancos de madera, con un libro abierto en las manos que apenas leía, Alexander vigilaba cada movimiento del entorno. Su abrigo oscuro y sus gafas de sol disimulaban parcialmente su identidad, pero la tensión en su mandíbula delataba la tormenta de emociones que contenía en su interior.

A pocos metros de distancia, sentado sobre el césped verde, el pequeño Alex intentaba reparar la rueda desprendida de su coche de juguete favorito, frunciendo el ceño con una concentración absoluta que enternecía el alma. Sus pequeños dedos luchaban con un tornillo diminuto que se le resistía una y otra vez.

Alexander tragó saliva con dificultad. Durante semanas lo había observado desde la distancia, a través de pantallas de seguridad y lentes telescópicos, pero tenerlo allí, a tiro de piedra, respirando el mismo aire, era una experiencia tan abrumadora que hacía temblar sus manos por primera vez en años. Decidió que había llegado el momento. Cerró el libro lentamente, se puso de pie y comenzó a caminar con paso firme pero pausado hacia donde estaba el niño.

Al acercarse, una sombra proyectada sobre el césped hizo que Alex levantara la vista de inmediato. Los ojos azules del pequeño —idénticos a los suyos— se ensancharon un poco al ver a un hombre alto, de imponente presencia y traje impecable, detenido frente a él.

—Hola —dijo Alexander, procurando que su voz sonara suave, cálida y completamente ajena al temblor que sentía en las entrañas—. Veo que tienes un problema serio con ese bólido. ¿Te molesta si te echo una mano?

Alex lo analizó durante un par de segundos con la curiosidad genuina de la infancia antes de soltar una sonrisa de alivio y extenderle el juguete desarmado.

—¡Hola! Sí, por favor. El tornillo es demasiado pequeño y mis dedos son muy torpes. Se cayó cuando bajé corriendo la rampa del parque —explicó el niño con total naturalidad, sin asomo de timidez.

Alexander se agachó con agilidad, doblando las rodillas hasta quedar a la altura exacta del niño. El aroma a limpio y a niñez pura lo envolvió de golpe, provocándole un nudo tan violento en la garganta que por un instante temió no poder articular palabra. Tomó el diminuto coche metálico y el tornillo entre sus dedos. Con un movimiento experto y preciso, utilizando una pequeña navaja multiusos que llevaba en el bolsillo, ajustó la pieza en cuestión de segundos.

—Listo —murmuró Alexander, entregándole el juguete reparado—. Las piezas pequeñas a veces solo necesitan un poco de paciencia y la herramienta correcta.

Alex tomó el coche con entusiasmo, lo hizo rodar sobre la suela de su zapato y emitió un sonido de motor con los labios. Su rostro brillaba de felicidad.

—¡Guau! ¡Eres un genio! Quedó mejor que antes —exclamó el niño con admiración, mirándolo de arriba abajo—. Oiga, señor, usted no es de por aquí, ¿verdad? No lo había visto antes en este parque.

Alexander sintió una cálida punzada en el pecho. Le costó mantener la compostura ante la inocencia de aquella pregunta.

—Digamos que acabo de llegar a la ciudad por cuestiones de trabajo —respondió con una media sonrisa que suavizaba la dureza habitual de sus facciones—. Pero me gusta caminar por aquí. Es un lugar agradable. ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Alex —contestó el niño con orgullo, inflando ligeramente el pecho—. Alexander, como mi papá, aunque todos me dicen simplemente Alex.

La mención del nombre hizo que el aire se le atascara en los pulmones al hombre frente a él. Sabía perfectamente de dónde venía ese nombre, pero escucharlo de los labios de su propio hijo, pronunciado con tanta ligereza, lo golpeó con la fuerza de un maremoto emocional.

—Es un nombre fuerte y muy valiente —logró decir Alexander, obligándose a tragar saliva—. Tu papá debe estar muy orgulloso de ti.

El brillo de alegría en los ojos del pequeño se atenuó de inmediato, reemplazado por una sombra de melancolía que a Alexander le desgarró el alma. Alex bajó la mirada hacia el césped y comenzó a trazar círculos en la tierra con una ramita seca.

—No lo conozco —murmuró el niño en un tono tan bajito que apenas si se escuchó—. Mamá dice que él era un hombre increíble, muy valiente y bueno, pero que se fue al cielo antes de que yo naciera. Por eso me puso su nombre, para recordarlo siempre.

Un silencio pesado y absoluto envolvió el espacio entre ambos. Alexander sintió que el suelo bajo sus rodillas desaparecía. Ver la tristeza en los ojos de su hijo, saber que creció creyendo que él estaba muerto y que la culpa de esa ausencia recaía sobre un destino cruel que el villano había escrito, desató en su interior una furia fría y un amor tan inmenso que amenazaba con desbordarse. Quiso abrazarlo, gritarle la verdad, decirle que estaba allí frente a él, que su padre jamás lo había abandonado voluntariamente. Pero se contuvo, recordando las palabras de Valentine y los peligros que aún acechaban en la sombra.

—Estoy seguro de que tu papá daría cualquier cosa en este mundo por estar aquí contigo en este instante —dijo Alexander con la voz ligeramente quebrada, apoyando una mano firme pero temblorosa sobre el hombro del niño—. Y sé que, dondequiera que esté, te cuida y te ama más que a su propia vida.

Alex levantó la vista, sorprendido por la profunda intensidad y la sinceridad desgarradora que desprendían las palabras de aquel extraño. Por un segundo, el niño sintió una extraña e inexplicable conexión con el hombre que tenía en frente, como si su propio corazón reconociera la sangre que compartían.

—¿Usted cree? —preguntó el pequeño en un susurro esperanzador.

—Te lo juro —respondió Alexander con absoluta solemnidad, mirándolo fijamente a los ojos—. Los padres de verdad nunca se van del todo. Su amor se queda grabado en la sangre de sus hijos.

Antes de que Alex pudiera responder, una voz suave y melodiosa resonó a pocos metros de distancia, llamando al niño entre los árboles.

—¡Alex! ¡Ven aquí, es hora de regresar a casa, cariño!

Era Isabella.

El corazón de Alexander dio un vuelco salvaje dentro del tórax. Al girar ligeramente la cabeza, la vio caminando hacia ellos por el sendero, sosteniendo un abrigo en el brazo y luciendo esa belleza melancólica que lo desvelaba todas las noches.

—¡Ya voy, mamá! —respondió el niño a grandes voces, poniéndose de pie de un salto y sacudiéndose la tierra de los pantalones.

Alex se giró hacia su improvisado benefactor con una amplia sonrisa.

—Muchas gracias por arreglar mi coche, señor... eh... no me dijo su nombre.

Alexander se puso de pie con lentitud, sintiendo que el peso del mundo entero recaía sobre sus hombros. Miró al niño, su sangre, su legado, y luego vislumbró de reojo a Isabella, que se acercaba cada vez más.

—Puedes llamarme Sasha —respondió Alexander con una sonrisa tenue, conteniendo las lágrimas que amenazaban con traicionarlo—. Fue un verdadero placer conocerte, Alex. Cuídate mucho.

—¡Adiós, señor Sasha! ¡Espero que nos volvamos a ver en el parque! —se despidió el niño alegremente antes de salir corriendo a toda velocidad hacia los brazos de su madre.

Alexander permaneció inmóvil, de pie junto al banco de madera, observando cómo el pequeño llegaba hasta Isabella y le tomaba de la mano. Isabella alzó la vista un instante hacia el lugar donde él estaba, frunciendo el ceño con una vaga sensación de inquietud al notar la presencia de aquel hombre de elegante abrigo oscuro que los observaba con tanta intensidad. Sin embargo, no reconoció su silueta a la distancia y continuó su camino junto a su hijo, alejándose poco a poco entre los árboles del parque.

Alexander se quedó solo en la penumbra de la tarde. Se llevó una mano al pecho, sintiendo los latidos furiosos de su corazón. El encuentro había sido una tortura exquisita, un destello de luz pura en medio de su larga travesía de venganza y dolor. Tenía a su hijo a su alcance, conocía su voz, su sonrisa y su valentía. La cuenta regresiva había comenzado; las sombras estaban a punto de disiparse, y el hombre que creían muerto se preparaba para reclamar lo que por derecho la historia les pertenecía a los tres.

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