Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.
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Capítulo 9
Capítulo 9. No eres más que una mujer usada
Las acusaciones heladas le cayeron encima. A Lucía todo aquello le pareció una burla cruel.
—¿No sabía ya el señor Beltrán que soy una rastrera?
La respuesta pareció enfurecerlo todavía más. Le sujetó la barbilla sin miramientos. Sus ojos negros la miraban con una oscuridad aterradora.
—¿No aguantas estar sola y ya fuiste a buscar a tu antiguo amante? ¿Eh?
¿Su antiguo amante? Hablaba de Gabriel.
Gabriel y Adrián habían sido compañeros de clase. Los dos iban dos cursos por delante de Lucía en la universidad.
En su graduación, Gabriel le había declarado lo que sentía por ella. Durante un tiempo, muchos compañeros habían creído que los dos habían sido novios.
Lucía no sabía que Adrián también lo creía.
—Escúchame bien. Aunque un día te deje tirada, ni sueñes con estar con otro hombre. Para mí no eres más que una mujer usada. ¡A ver quién se atreve a quedarse con mis sobras!
Una mujer usada.
Así la describía.
El dolor le apretó el pecho. No supo de dónde sacó fuerzas para apartar al hombre que la tenía inmovilizada.
—¡Que tú seas infiel no significa que yo vaya a hacer lo mismo! ¡Solo he estado contigo, Adrián! ¡Con esas palabras no solo me insultas a mí, también te rebajas tú!
Se volvió y corrió hacia el interior de la casa.
Adrián se quedó donde estaba. La repentina sensación de vacío entre sus brazos lo desconcertó un instante. Miró la espalda de Lucía mientras se alejaba y frunció ligeramente el ceño. La luz de la luna caía sobre él, sin dejar ver bien su expresión.
…
Lucía fue a trabajar como siempre. Apenas llegó, la llamaron de Recursos Humanos.
Su superior le entregó una carta de despido sin más explicaciones. Ante su desconcierto, solo añadió con frialdad: —No queremos gente con las manos largas en esta empresa.
Lucía comprendió. Era la consecuencia de que la acusación de «robo» se hubiera extendido por internet.
Había tenido pruebas de su inocencia. Adrián las había destruido delante de ella, sin importarle nada.
Y ahora todos la veían como una ladrona sin vergüenza.
Se sintió indignada y herida. Pero no podía hacer nada.
En Puerto Real bastaba una palabra de Adrián para que todo saliera como él quería.
Pero él nunca iba a ayudarla. Si por él fuera, ella desaparecería para siempre.
Lucía llevó su currículum a varias empresas más. Todas la rechazaron sin rodeos.
No sabía si era por la angustia, pero empezó a sentirse mal. De vez en cuando le aparecía un dolor sordo en el bajo vientre.
Preocupada por el bebé, fue de inmediato al hospital para que la revisaran.
Había tanta gente como siempre. Mientras esperaba los resultados, miró con envidia a las embarazadas acompañadas por sus esposos y sus familiares.
Ni siquiera se atrevía a imaginar que algún día Adrián la acompañara a un control prenatal.
No iba a pasar. Jamás.
—¿Lucía? ¿Eres tú? —La voz de Valeria sonó de pronto.
Lucía levantó la vista. Su hermana llevaba ropa holgada y le sonreía con una expresión dulce y amistosa.
—¿También vienes a tu control? ¿Adrián no te acompañó?
Valeria sonreía como si fuera la persona más inocente del mundo.
Una punzada le cruzó el pecho a Lucía, pero no quiso mostrar debilidad. —Tampoco vino contigo. Tarde o temprano va a enterarse de que el que llevas dentro es un bastardo.
Valeria mostró su disgusto un instante. Enseguida volvió a sonreír, satisfecha. —¿Adrián? Está recogiendo mis resultados.
Lucía había creído que su respuesta era un buen contraataque. Aquella frase de Valeria la derrotó en un instante.
Adrián la había acompañado al control prenatal.
Era algo que un esposo debía hacer por su esposa. Él se lo daba a otra.
Valeria se acercó, triunfante. —¿Qué pasa, Lucía? ¿Te duele mucho? ¿Estás muy triste?
Lucía apretó los puños, decidida a no perder el control. —No. Me pareces una descarada y una rastrera.
La miró de frente mientras el rostro de Valeria se tensaba de incomodidad.
—Dudo que haya otra perra tan descarada como tú en el mundo. Eres la amante y todavía te paseas orgullosa de serlo.
—¡Tú…!
—Algún día Adrián sabrá que el que llevas dentro ni siquiera es suyo.
La máscara de bondad de Valeria se resquebrajó. Pero volvió a sonreír. —Me ama tanto que, aunque el bebé no fuera suyo, lo querría por ser mío. Tú no puedes decir lo mismo. ¿De qué te sirve llevar un hijo de su sangre? ¡No solo no lo quiere, ni siquiera va a dejar que nazca ese bastardo!
Lo dijo entre dientes. Luego agarró del brazo a Lucía, que ya se daba la vuelta para irse. Cambió la cara y se puso a llorar, con una voz lo bastante alta para que la oyeran.
—Te lo suplico, Lucía. Amo a Adrián de verdad. Devuélvemelo, por favor.
¿Qué?
—Si quieres pegarme o insultarme, hazlo conmigo. ¡Pero no le hagas daño a mi bebé! ¡Ah…!
Valeria gritó de pronto, soltó la mano de Lucía y cayó rodando por las escaleras.
Todos se volvieron a mirarla, sorprendidos. En sus ojos ya había acusaciones. Alguien la señaló. —¡Esa mujer empujó a una embarazada por las escaleras!
—¡Yo no fui! ¡No la empujé!
Trató de explicarlo con todas sus fuerzas. Nadie le creyó.
Iba a bajar para ver cómo estaba Valeria cuando recibió un empujón brutal.
Perdió el equilibrio y se golpeó contra la baranda. Cayó sentada en un escalón y se sujetó el vientre, donde empezaba a sentir una presión dolorosa. Mientras la gente la señalaba, alzó la vista y vio a Adrián bajar a toda prisa. Él levantó a Valeria, inconsciente, con una angustia que no podía ocultar.
Era su marido. Pero se desvivía por otra mujer y la dejaba a ella entre acusaciones y miradas de desprecio. Nunca le preguntaba nada. Nunca se ocupaba de ella.
Lo vio alejarse y sintió que la esperanza se le apagaba poco a poco.
¿Por qué me haces esto, Adrián?
Si amarte es un error, no pude equivocarme más.
Lucía pensó que él no creería que no había empujado a Valeria. Que, como mucho, volvería a castigarla con brutalidad.
Pero Adrián llamó a la policía.
Lucía no llegó a recibir los resultados de su embarazo ni los del tumor. En su lugar, sintió unas esposas heladas cerrarse en torno a sus muñecas.
El agente la miró con seriedad. —Lucía Suárez, las pruebas y los testimonios la vinculan con un caso de lesiones intencionales. Tiene que acompañarnos a la comisaría para la investigación.
No le dieron oportunidad de explicarse. La llevaron a una sala de interrogatorios.
Repitió una y otra vez que no había empujado a Valeria, pero la policía puso delante de ella las supuestas pruebas.
En las grabaciones de seguridad del hospital aparecían las dos hablando junto a la escalera.
Valeria mostraba una expresión dulce y amistosa. Lucía, en cambio, se veía fría y distante. Después había un breve forcejeo y parecía que Lucía la «empujaba» escaleras abajo.
Dos embarazadas incluso habían ido a la comisaría para declarar. Aseguraban haber oído a Valeria suplicarle a Lucía que no lastimara a su bebé. Al volverse, habían visto cómo la empujaba.
Ante aquellas supuestas pruebas y testimonios, Lucía lo entendió todo.
Valeria le había tendido una trampa. Todos habían creído su actuación. Y a Lucía la llevaron a una celda.
Al verse frente a los barrotes, en aquel lugar oscuro, sintió pánico.
Si la condenaban por lesiones, acabaría en prisión. Estaba embarazada. No podía dejar que su bebé sufriera aquello con ella.
Corrió hacia los barrotes, desesperada. —¡Soy inocente! ¡No empujé a nadie! ¡Quiero ver a mi esposo! ¡Por favor, déjenme ver a mi esposo!