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Pasión Y Obsesión Del Millonario

Pasión Y Obsesión Del Millonario

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / CEO
Popularitas:788
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.

Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 18: La sombra del ausente

El olor a humedad, aceite de motor y óxido del refugio seguro en las afueras perforaba las fosas nasales de Elena. El auto blindado de la seguridad de Alexander se detuvo bajo el techo de chapa de un taller abandonado. Las luces del vehículo se apagaron, sumiendo el interior en una penumbra pesada y sofocante.

Elena apoyó las manos sobre el cuero del asiento posterior, intentando calmar la respiración que amenazaba con desgarrarle la garganta. Victoria Sterling había quedado atrás, congelada en la calle con su sobre de amenazas, pero la sombra que se cernía sobre ellos no era menos aterradora.

La puerta del taller se abrió con un gemido metálico. Una silueta imponente avanzó entre las sombras de los vehículos desmantelados.

Alexander.

No vestía sus trajes de tres piezas ni los gemelos de oro. Llevaba una camisa negra de mangas remangadas y el cabello desordenado por el viento y el cautiverio. Tenía la piel pálida, acentuada por la sombra oscura de la barba de dos días, pero en sus ojos ardía una fijación atroz, un hambre de posesión que el arresto y la comisaría solo habían logrado amplificar.

Alexander abrió la portezuela del auto. Sin mediar palabra, agarró la mano de Elena y la arrastró hacia el interior del almacén, cerrando la puerta con un golpe sordo que resonó como un disparo en la oscuridad.

—Alexander... —susurró ella, quebrada entre el alivio y el pánico—. Estás libre... Las cuentas... el fiscal...

Él no respondió con palabras. La acorraló contra el costado de un chasis metálico frío, aprisionando su cintura con una mano dura como el hierro mientras la otra se enredaba febrilmente en su cabello. Su aliento cargado de humo y café amargo chocó contra los labios de Elena antes de devorarla en un beso feroz, desesperado y posesivo. Era un beso que sabía a adrenalina, a peligro y a una rendición incondicional.

—Casi me matan ahí dentro, Elena —murmuró él contra sus labios, con la voz rota por una vulnerabilidad monstruosa que jamás le mostraría al mundo—. No por los cargos. No por los fiscales. Sino por la posibilidad de que tocara ese papel que te dio Victoria y me borraras de tu vida.

El pecho de Alexander latía contra el de ella de manera errática, un pulso salvaje que presagiaba la fragilidad de su corazón enfermo. Elena sintió el peso de su obsesión, pero lejos de ahogarla, la envolvió en un calor voluptuoso y desgarrador. Sus dedos subieron por la espalda de Alexander, clavándose en su camisa, entregándose sin reservas a la pasión que florecía en mitad del fango.

El contacto de sus manos en la penumbra del taller desató una caricia ardiente y lenta. Alexander bajó la boca por el cuello de Elena, saboreando el pulso acelerado de su garganta, mientras sus dedos desabrochaban los botones de su blusa con una urgencia reverente. En el suelo de madera y lona de la oficina trasera, la pasión los consumió de forma visceral, poética y dolorosa; un acto de amor que se sentía más como una tregua antes de la ejecución que como una celebración.

Sin embargo, en el instante en que la respiración de ambos se niveló en la penumbra, el teléfono satelital que Alexander llevaba sobre la mesa comenzó a emitir un zumbido intermitente.

Alexander se incorporó despacio, alisándose el pantalón con manos frías, y contestó en altavoz.

—Habla —ordenó.

—Señor Vance —la voz del jefe de la división de homicidios sonó metálica y distante a través del altavoz—. La inspección en la finca del lago ha terminado. Encontraron el cadáver del profesor Julian sumergido en el canal de desagüe.

Elena sintió que el aire se convertía en hielo dentro de sus pulmones.

—Y hay un detalle más, señor Vance —continuó el detective—. El último registro de llamadas del teléfono personal de Julian antes de morir no fue a usted, ni a la universidad... Fue a la casa de la madre de la señorita Elena Marín.

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