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Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: Los ojos de la carretera

El invierno británico se despedía con un vendaval gélido cuando los dolores de parto sorprendieron a Antonella en la pequeña sala de estar del departamento de Kensington. No hubo histeria ni llamadas de emergencia que pudieran alertar a los radares financieros que aún vigilaban a la distancia; todo estaba orquestado bajo el blindaje silencioso de Antony Harrington.

Una hora después, Antonella ingresaba por una puerta lateral y estrictamente reservada del Hospital Portland en Westminster. La habitación privada, situada en la planta reservada a delegaciones diplomáticas, no figuraba en los registros públicos de admisión.

El trabajo de parto fue una batalla solitaria y feroz que se prolongó durante catorce horas interminables. Aferrada a las sábanas blancas, con el sudor empapándole la frente y la respiración entrecortada, Antonella se negó a recibir sedantes fuertes. Quería sentir cada contracción, cada desgarro; necesitaba que el dolor le recordara que esta vida que traía al mundo le pertenecía únicamente a ella y a nadie más.

Bianca permaneció a su lado todo el tiempo, sosteniéndole la mano derecha con una fuerza que le dejó los dedos marcados, limpiándole el rostro con un paño húmedo y susurrándole palabras de aliento cada vez que las fuerzas parecían abandonarla.

—Respira, Anto... ya casi está, puja una vez más —rogaba Bianca con los ojos anegados en lágrimas.

A las cuatro y diecisiete de la madrugada, cuando el cielo sobre el río Támesis comenzaba a teñirse de un azul índigo profundo, un llanto vigoroso, agudo y desafiante desgarró el silencio esterilizado del quirófano.

El médico obstetra, un veterano cirujano habituado a atender a la aristocracia británica, cortó el cordón umbilical con precisión ceremoniosa y limpió al recién nacido antes de envolverlo en una manta de franela tibia.

—Un varón completamente sano, señorita Belmont —anunció el doctor con una sonrisa contenida, depositando al bebé sobre el pecho desnudo de Antonella—. Cuatro kilos exactos. Y tiene unos pulmones dignos de un general.

En cuanto el pequeño cuerpo cálido tocó la piel de su pecho, el mundo exterior se apagó por completo para Antonella.

El bebé dejó de llorar casi al instante. Parpadeó despacio, buscando la fuente del calor maternal, y abrió los ojos.

Antonella contuvo la respiración; el corazón le dio un vuelco tan violento que temió que el monitor cardíaco comenzara a pitar. No eran los ojos oscuros y comunes de los recién nacidos, ni el marrón profundo de la familia Belmont. Eran de un color ámbar líquido, penetrantes, brillantes y coronados por una línea de pestañas espesas que enmarcaban una mirada absurdamente intensa para un recién nacido.

Eran los ojos del hombre del Crown Victoria. Los mismos ojos dorados, fieros y desafiantes del chofer que la había mirado por el retrovisor en medio de la avenida Lexington y que la había devorado bajo las luces de neón de Las Vegas.

—Dios mío... —susurró Bianca, inclinándose sobre la cama y llevándose una mano a la boca, conmovida por la estampa—. Anto... tiene los ojos de ese hombre. Es idéntico al chofer.

El bebé tenía la barbilla marcada con una firmeza precoz, la nariz recta y una sombra de cabello oscuro y tupido. No había un solo rastro genético de los Belmont en ese rostro diminuto; era una réplica exacta, milimétrica y viva de aquel enigmático conductor al que ella solo conocía como Drew.

Antonella rozó con la yema del pulgar la mejilla sonrosada del pequeño. Una lágrima solitaria, tibia y limpia, se deslizó por su rostro y cayó sobre la manta.

—Patrick —susurró ella, y su voz tuvo la fuerza de un decreto—. Te llamarás Patrick.

Diez minutos más tarde, Antony entró a la habitación llevando una carpeta de cuero negro y una taza de té caliente para Bianca. Caminó hacia el borde de la cuna móvil con su elegancia habitual, pero al asomarse y encontrarse con la mirada despierta del recién nacido, sus cejas aristocráticas se arquearon con genuino estupor.

—Por todos los santos... —murmuró Antony, mirando a Antonella con una mezcla de simpatía y asombro—. Ese chiquillo tiene la mirada de alguien que viene a conquistar el mundo sin pedir permiso a nadie. Definitivamente no sacó la debilidad de tu familia de Manhattan.

Antonella esbozó una sonrisa exhausta pero inquebrantable, apretando a su hijo contra sí.

—Tiene la fuerza de la carretera, Antony.

El británico abrió la carpeta sobre la mesita auxiliar, desplegando los formularios del Registro Civil de Westminster.

—El nombre del padre quedará legalmente en blanco en los archivos públicos —explicó Antony con seriedad formal—. Figurará como Patrick Belmont, bajo tu tutela exclusiva y con residencia blindada por la delegación consular. Pero en el registro privado de la familia que guardaremos en la caja fuerte... ¿qué ponemos?

Antonella miró a su hijo, que ya dormitaba plácidamente con el puño cerrado apoyado contra su barbilla.

—Pon que es el hijo de un taxista de Nevada —dijo ella, con un tono en el que se mezclaba la amargura de su destierro con la ternura infinita de su maternidad—. El hijo del hombre que me cobró diez mil dólares por salvarme la vida.

Bianca soltó una risita cómplice entre lágrimas, mientras Antony negaba con la cabeza divertido, estampando los sellos de confidencialidad en el expediente.

El paso del tiempo en el exilio no mitigó la herida de la traición, pero le otorgó a Antonella un poder que jamás habría alcanzado bajo el yugo de su padre.

En St. James Capital, su ascenso fue meteórico. Su capacidad para predecir las fluctuaciones de las tasas de interés y su talento quirúrgico para desarmar adquisiciones hostiles llamaron la atención de los socios principales de la firma. En menos de tres años, Antonella dejó de ser una analista silenciosa para convertirse en la estratega principal de la cartera de inversiones transatlánticas. Se mudó a una elegante casa adosada en Notting Hill, con un jardín cerrado donde los rosales florecían bajo la lluvia y donde la seguridad privada de los Harrington vigilaba cada acceso con discreción.

Y mientras ella conquistaba el corazón financiero de Mayfair, Patrick crecía desafiando todas las leyes de la infancia común.

A los cuatro años, Patrick no jugaba a ensuciarse con barro ni le interesaban los muñecos comunes. Su fascinación absoluta eran los motores, los engranajes y los autos a escala. Pasaba horas enteras sobre la alfombra de lana desmontando y volviendo a armar intrincados modelos mecánicos, con una concentración tan profunda que ni los llamados de Bianca lograban distraerlo. Tenía una inteligencia precoz y abrumadora; aprendía idiomas con una facilidad pasmosa y manejaba los números con una agilidad que dejaba perplejo a cualquiera.

Pero su juguete más preciado, el que dormía cada noche sobre su mesa de noche y que nadie podía tocar sin su autorización expresa, era un pequeño taxi amarillo de metal fundido que Antonella le había comprado en una tienda de antigüedades de Covent Garden.

—Mami —preguntó Patrick una tarde de domingo, levantando la vista del tablero de ajedrez donde acababa de poner en jaque al rey de Antony Harrington con apenas seis movimientos—, ¿los taxis amarillos son los autos más rápidos del mundo?

Antonella levantó la mirada de su tableta de balances financieros, con el pecho oprimido por una dulzura dolorosa.

—Solo los que cruzan el desierto a medianoche, mi amor —respondió ella, arrodillándose a su lado para apartarle un mechón oscuro que le caía rebelde sobre la frente—. Los que maneja la gente que no le tiene miedo a nada.

Patrick asintió con una seriedad asombrosa para su edad, apretando el pequeño auto amarillo entre sus dedos.

—Cuando sea grande, voy a comprar muchos taxis amarillos. Y voy a buscar a papá para que manejemos juntos por el desierto.

Antony tosió discretamente para disimular el nudo en la garganta, mientras Bianca le dedicaba a Antonella una mirada llena de ternura. Antonella abrazó a su hijo con fuerza, sintiendo el aroma infantil a jabón y colonia limpia. Patrick era el vivo retrato del hombre que la rescató: la misma sonrisa ladeada y burlona, los mismos andares seguros y ese fuego dorado en la mirada que desafiaba a cualquiera.

—No necesitas buscar a nadie, Patrick. Me tienes a mí, a la tía Bianca y al tío Antony. Somos tu equipo invencible.

—Ya lo sé, mamá —dijo el niño, devolviéndole el abrazo con palmadas firmes en la espalda, con esa seguridad impropia de sus cuatro años—. Pero los hombres de negocios siempre buscan a sus socios.

A cinco mil kilómetros de allí, cinco años enteros de invierno perpetuo habían transformado a Andrew Prescott en un monstruo de eficiencia corporativa.

No había vuelto a tocar un volante que no fuera el de sus autos de carreras en circuitos privados. Prescott Global había duplicado su capital bajo su mando de hierro, absorbiendo bancos, navieras y cadenas industriales en tres continentes. Había asfixiado financieramente al Grupo Belmont hasta dejar a Richard y Eleanor viviendo de créditos hipotecarios en las afueras de Nueva Jersey, obligados a contemplar desde la ruina cómo el apellido Prescott se volvía intocable.

Pero en el ático de cristal de Andrew, sobre Central Park, la vida era un páramo frío.

Sobre su escritorio de caoba maciza, intacto desde hacía mil ochocientos días, descansaba el fajo de diez mil dólares que Antonella le había arrojado en Las Vegas, sostenido por el clip de platino vacío. Andrew no lo había tocado. Era su recordatorio diario de la deuda que el destino tenía pendiente con él.

La puerta de su oficina privada se abrió con un chasquido suave. Su director de inteligencia e investigaciones ingresó a paso rápido, con un sobre sellado en la mano y una expresión que Andrew reconoció de inmediato: la chispa de una presa localizada.

—Señor Prescott —dijo el hombre, conteniendo la respiración—. El sistema de monitoreo satelital y rastreo de algoritmos bursátiles que instalamos en la bolsa de Londres acaba de emitir una alerta roja hace cuarenta minutos.

Andrew levantó la vista despacio. Sus ojos ámbar, más oscuros y fríos que nunca, se clavaron en el rostro de su subordinado.

—Habla.

—Una firma británica, St. James Capital, acaba de bloquear una oferta hostil de compra sobre nuestros astilleros en el Mar del Norte. La maniobra financiera fue tan limpia, tan agresiva y utilizó exactamente la misma estructura de cláusulas de defensa que usted diseñó en Oxford hace siete años.

Andrew se puso de pie con la lentitud de una fiera que despierta de una larga hibernación.

—¿Quién firmó la operación en Londres?

El jefe de seguridad tragó saliva y extendió el documento digital:

—La directora senior de adquisiciones estratégicas de la firma británica. Firma como Antonella Belmont.

Un silencio mortal se apoderó de la cúspide de Manhattan. Andrew Prescott bajó la vista hacia la pantalla. Vio la caligrafía afilada, elegante e inconfundible de la mujer que se le había escapado entre los dedos cinco años atrás.

Una sonrisa oscura, letal y cargada de una victoria salvaje se dibujó en sus labios por primera vez en media década.

—Prepara el jet privado para cruzar el Atlántico de inmediato —ordenó Andrew, cerrando la pantalla con un golpe seco de la mano y tomando su abrigo oscuro—. Y cancela todas mis reuniones para el resto del mes.

—¿Debo contactar a los abogados en Londres para preparar el reclamo matrimonial, señor Prescott?

Andrew lo miró con un fuego que helaba la sangre.

—No. Antonella no quiere abogados. Ella todavía cree que me compró por diez mil dólares hace cinco años. Es hora de cobrar los intereses de ese viaje.

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Flor Perez
simplemente maravillosa👏👏👏👏
Maria Laura Perez
😍👏
Cliente anónimo
Me encanta!!! No paro de leerla!
Primi Mendez
muy bueno TÚ novela gracias felicitaciones
Flor Perez
tómala, por mentiroso😂😂😂😂
Flor Perez
autora me estoy comiendo las uñas por saber que pasará, muchas felicitaciones por tan excelente novela y espero seguir disfrutando otras obras tuyas 👏👏👏👏👏
Helizahira Cohen
No me gusta lo de los Padres, creo debe ser diferente
Flor Perez
y ojalá hubiera bebé a bordo para acabar de rematar tan buenísima novela 😂😂😂😂😂
Flor Perez
ya quisiera ver la cara de Antonela cuando se de cuenta realmente con quien se casó 😂😂😂😂😂😂
Flor Perez
que sucederá?
Flor Perez
muy biena novela hasta el momento y espero que siga asi 👏👏👏👏👏
Cliente anónimo
Muy buena !!
Helizahira Cohen
Bueno no se , ella culpa a los padres de todo, pero el abuelo paterno también hizo lo suyo, Andrew aprovecho la confusión pero si iba a decir la verdad
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂
Adriana Montoya Velez
eso se ganan ellas po lopetulantes que son
Adriana Montoya Velez
todas tienen la misma trama el embarazo oculto al papá y conocer al hijo después de varios años cambien ya eso
Helizahira Cohen
No hay comentarios pero es muy buena, esta muy fresca la historia
Maria Laura Perez
😍🤭
Pris
Fascinante historia. Es la segunda vez que la leo
Primi Mendez
emocionante tu novela felicitaciones ala escritora
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