Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Baile 1
Cuando Aria regresó al salón principal, lo primero que hizo fue buscar a su hermano.
No le costó demasiado encontrarlo. Aldo Vizconti destacaba entre los invitados por su porte elegante y su facilidad para conversar con otros nobles. Estaba hablando con un grupo de caballeros cuando la vio acercarse.
Su expresión se suavizó inmediatamente.
—¡Aria! ¿Dónde te habías metido, pequeña?
Ella sonrió y tomó el brazo que él le ofrecía.
—Estaba comiendo galletas en el jardín.
Aldo guardó silencio.
Después miró a su hermana.
—¿Comiendo galletas?
—Sí.
—¿En el jardín?
—Sí, hermano.
El conde la observó durante unos segundos y finalmente soltó una carcajada.
—¡Por supuesto! ¿Qué otra cosa podría estar haciendo mi hermana en una fiesta?
Aria infló ligeramente las mejillas.
—¡No te burles! Las galletas estaban deliciosas.
—No me estoy burlando, querida. Simplemente me alegra saber que has encontrado algo que merece tu atención durante una celebración tan importante.
Aria entrecerró los ojos.
—Hermano, estás siendo malo.
—¿Yo? ¡Jamás!
Aldo sonrió y le ofreció el brazo.
—Ven. Quiero bailar contigo antes de que termine la velada.
Aria miró la pista de baile.
Las parejas giraban al ritmo de la música, los vestidos se movían con elegancia y los caballeros guiaban a sus acompañantes con pasos que parecían perfectamente ensayados.
La joven tragó saliva.
[Oh, no].
Hasta ese momento había disfrutado de la fiesta sin demasiadas complicaciones. Había conversado con Catarina, conocido a varios miembros de la familia Parisi, probado deliciosos alimentos y encontrado un amigo inesperado en un niño de cinco años.
Pero bailar era otra cuestión.
La antigua Aria había asistido a innumerables reuniones sociales.
Probablemente conocía todos los bailes de moda y podía desplazarse por la pista con los ojos cerrados.
La nueva Aria, en cambio, tenía experiencia bailando exactamente cero veces en una sociedad aristocrática.
En su vida anterior había bailado muy poco. Y, desde luego, nunca había aprendido los pasos de una danza de época.
[¡¿Qué hago?! ¡¿Qué hago?!].
Aldo la condujo hacia la pista.
Ella intentó mantener una expresión tranquila.
—Aldo...
—¿Sí, querida?
Aria lo miró con una sonrisa nerviosa.
—Si me caigo, ¿te ríes?
Su hermano se quedó inmóvil durante un segundo.
Después comenzó a reír.
—¡Por supuesto que no!
Ella lo miró con desconfianza.
—¿De verdad?
—Bueno, quizá un poquito.
—¡Hermano!
Aldo sonrió y le ofreció la mano.
—Tranquila. He bailado contigo desde que eras pequeña. Tengo mucha experiencia guiándote.
Aria sintió que el corazón le daba un vuelco.
[¡Claro! ¡La antigua Aria!].
Pero ya no había tiempo para protestar.
La música comenzó a sonar y Aldo la condujo hacia el centro de la pista.
Colocó una mano en su cintura y tomó delicadamente la suya.
—Sígueme.
Aria asintió.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Su cuerpo se movió.
No tuvo que pensar demasiado en dónde colocar los pies ni en qué dirección girar. Sus piernas parecían conocer los pasos, mientras que sus manos respondían naturalmente a los movimientos de su hermano.
Un paso.
Un giro.
Un desplazamiento suave.
Y después otro giro.
Aria parpadeó.
[¡¿Qué está pasando?!].
Aldo la guiaba con facilidad, pero ella no tenía problemas para seguirlo. Su cuerpo recordaba los movimientos que había aprendido durante años de clases y celebraciones.
Era como si aquellos recuerdos estuvieran almacenados en sus músculos, esperando el momento adecuado para aparecer.
Aria sonrió.
[¡Esto es maravilloso!].
Por primera vez aquella noche, dejó de preocuparse.
Se permitió disfrutar de la música, de los movimientos y de la sensación de estar bailando en una magnífica sala iluminada por candelabros.
Aldo la hizo girar suavemente.
Ella extendió la falda con un movimiento elegante.
Y ambos continuaron bailando como si nunca hubieran hecho otra cosa.
Desde fuera, nadie habría imaginado que la joven que sonreía con tanta naturalidad estaba sorprendida de sus propias habilidades.
Cuando la música terminó, Aldo inclinó la cabeza y besó delicadamente los nudillos de su hermana.
—Excelente, señorita Vizconti.
Aria hizo una reverencia.
—Gracias, señor conde.
Ambos rieron.
—Has bailado maravillosamente. Aunque, para ser sincero, nunca he dudado de tus habilidades.
Aria sonrió.
[Al menos una parte de la antigua Aria ha decidido colaborar conmigo].
Que tierno
autoraaaaaaaa de mis amores yo creo que si me va a dar el Yeyo, ya salimos de Sunderland con varios territorios en puerta,vamos entrando a Vagur y sus viñedos, también vamos para Forest en algún momento???? /Drool//Drool//Drool//Drool//Drool/