«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».
Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.
Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.
El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.
Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.
Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.
Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.
Porque ella no fue creada para salvar el mundo.
Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.
Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.
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El juramento de los olvidados
Época moderna — Ciudad de Vespera
El golpe resonó bajo sus pies.
Uno solo.
Seco.
Profundo.
Eveline retrocedió hasta chocar con una de las estanterías.
—No —murmuró—. Definitivamente no.
Seraphine continuó sujetándose del borde de la mesa.
El dolor detrás de sus ojos había desaparecido, pero aún conservaba la imagen de aquellas dos manos separándose sobre un abismo.
Y las palabras del libro seguían repitiéndose en su cabeza.
La llave recuerda.
—Profesor —dijo, intentando recuperar el aliento—, creo que ha llegado el momento de que nos explique qué está ocurriendo.
Lucien Ardent seguía junto a la puerta.
La marca luminosa había desaparecido del cristal, pero el historiador no parecía dispuesto a acercarse a las ventanas.
—Primero debemos salir de aquí.
—Eso llevo diciendo desde que escuchamos los primeros golpes —intervino Eveline.
Seraphine negó con la cabeza.
—No pienso marcharme sin respuestas.
—Seraphine...
—No voy a abrir ninguna puerta misteriosa ni a tocar otra estatua, te lo prometo. Pero necesito saber qué significa todo esto.
Lucien la estudió con atención.
—¿Qué vio en el libro?
La pregunta la tomó por sorpresa.
—¿Por qué cree que vi algo?
—Porque he pasado buena parte de mi vida estudiando ese manuscrito y jamás he conseguido leer una sola línea. Sin embargo, usted reaccionó como si las palabras hubieran cambiado delante de sus ojos.
Seraphine cruzó los brazos.
—¿Y si así hubiera sido?
El historiador perdió parte de su compostura.
—Entonces algo que mi familia esperaba desde hace generaciones podría estar comenzando.
—Eso no es una explicación.
-Perder.
Eveline levantó una mano.
—Perdón por interrumpir esta conversación tan tranquilizadora, pero ¿podemos tenerla en algún lugar donde el suelo no responde cuando hablamos?
Lucien consideró la propuesta.
Después abrió un cajón y extrajo una pequeña llave de bronce.
—Hay una salida por el patio interior. No suele utilizarse.
Seraphine miró la llave.
Tenía grabada una rosa de cinco pétalos.
Nada extraordinario.
Y, sin embargo, sentí una extraña decepción.
Había comenzado a esperar que todos los objetos antiguos estuvieran relacionados con ella.
Aquello era absurdo.
También era agotador.
—Bien —respondió—. Salgamos.
Lucien abrió la puerta.
Pero antes de cruzarla, Seraphine volvió la mirada hacia el manuscrito.
La página estaba inmóvil.
Las letras habían recuperado su forma desconocida.
Aun así, tuvo la certeza de que no había terminado de hablarle.
Reino Infernal — Palacio de Nocthar
Kaelith Nocthar no había regresado a la sala del trono.
Se encontraba en sus aposentos privados, frente a una mesa sobre la que descansaban varios documentos extraídos de los archivos occidentales.
No había encontrado el nombre que buscaba.
Pero sí una coincidencia.
Tres registros pertenecientes a épocas distintas mencionaban una misma expresión:
El juramento de los olvidados.
En el primero apareció como una advertencia.
En el segundo, como una condena.
Y en el tercero, como el nombre de una ceremonia que jamás debía repetirse.
Kaelith examinó el documento más antiguo.
La escritura estaba parcialmente destruida.
Sólo quedaba un fragmento legible:
«Ningún reino conservará aquello que fue dividido si los testigos recuerdan el juramento...»
El resto había sido quemado.
Kaelith pasó los dedos sobre el borde ennegrecido.
Recordó el pergamino que había encontrado en el archivo.
Cuando la corona cambió de dueña, el primer nombre fue condenado al silencio.
Y recordé las palabras de Vael.
No era tu corona, Seraphine.
Había una conexión.
Pero todavía no sabía cuál.
Un golpe discreto interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
Darius Vhal entró en la habitación.
Su armadura oscura llevaba marcas de un entrenamiento reciente, aunque su expresión parecía más cansada que la de un hombre que hubiera pasado horas combatiendo.
—Mi señor.
Kaelith no levantó la mirada.
¿Has encontrado algo sobre el fragmento desaparecido?
Darius se tensó.
—Todavía no.
—¿Y la mujer que lo robó?
—Nuestros rastreadores perdieron su rastro cerca de los antiguos caminos del este.
Kaelith dejó el documento sobre la mesa.
—Curioso.
—¿Qué cosa?
—Que un objeto custodiado durante siglos desaparece precisamente cuando Seraphine comienza a recordar.
Darius sostuvo su mirada.
—No creo en las coincidencias.
—Yo tampoco.
El silencio entre ambos se prolongó.
Kaelith se acercó a la ventana.
Más allá del palacio, las torres de Nocthar se alzaban bajo un cielo violeta, atravesado por corrientes de luz rojiza.
—Quiero que investigue el juramento de los olvidados.
Darius levantó ligeramente la cabeza.
— ¿Dónde escuchaste ese nombre?
Kaelith se volvió.
—¿Lo conoces?
El general tardó un instante en responder.
—Solo por referencias antiguas.
—Entonces sabrás dónde buscar.
Darío reavivó la cabeza.
—Como órdenes.
Cuando se disponía a retirarse, Kaelith habló de nuevo.
—Darío.
El general se detuvo.
—Sí, mi señor.
—Si encuentras algo que pueda ponerla en peligro, quiero saberlo antes que nadie.
Darius apretó la mandíbula.
—Lo entiendo.
Kaelith lo vio marcharse.
Habían combatido juntos durante siglos.
Le había confiado ejércitos, territorios y secretos que ningún otro demonio conocía.
Sin embargo, por primera vez, comenzó a preguntarse si aquella lealtad había sobrevivido intacta a la última noche.
Ciudad de Vespera — Patio interior de la capilla
El aire fresco recibió a las dos amigas cuando salieron del edificio.
Eveline respiró profundamente.
—Jamás había estado tan feliz de ver un patio lleno de maleza.
Seraphine miró hacia las ventanas de la capilla.
Desde el exterior, el edificio parecía completamente normal.
Sus muros envejecidos, sus vitrales opacos y su campanario silencioso no revelaban nada de lo que acababa de ocurrir.
— ¿Siempre ha sido así? —preguntó.
Lucien cerró la puerta tras ellos.
—¿Así cómo?
—Como si escondiera algo.
El historiador guardó la llave.
—Los edificios antiguos siempre guardan secretos.
—No todos golpean desde el sótano.
Eveline soltó una risa nerviosa.
—Gracias por recordármelo.
Lucien caminó hasta un banco de piedra situado bajo un árbol.
—Mi familia ha conservado documentos relacionados con esta capilla durante varias generaciones —comenzó—. Algunos llegaron a nuestras manos mucho antes de que el edificio recibiera su nombre actual.
Seraphine se sentó frente a él.
Eveline permaneció de pie, con los brazos cruzados.
— ¿Qué documentos? —preguntó Seraphine.
—Cartas, registros de restauraciones, fragmentos de manuscritos. La mayoría parecen textos religiosos o relatos populares.
—Pero no lo son.
—No todos.
Lucien abrió su carpeta y extrajo una hoja doblada.
—Mi abuelo encontró esto entre los papeles de un antiguo custodio.
La hoja contenía un dibujo.
Nueve figuras verticales rodeaban un círculo.
No había grietas ni señales de deterioro.
Solo nueve formas idénticas, trazadas con una precisión inquietante.
Seraphine sintió una extraña familiaridad.
No podía recordar haber visto aquel símbolo antes.
Sin embargo, algo en la disposición de las figuras le produjo una sensación difícil de explicar.
—¿Qué representan?
—No lo sabemos.
El historiador señaló el borde del círculo.
—Pero hay algo que sí conseguimos traducir.
Debajo del dibujo aparecía una frase escrita en una caligrafía distinta.
«Nueve sostienen el silencio. Ninguno debe recordar solo».
Seraphine contempló la imagen.
Nueve figuras.
Un círculo.
Y una advertencia sobre la memoria.
— ¿Dónde encontró a su abuelo este dibujo?
—Entre los documentos que acompañaban a una reproducción del retrato de la Señora sin Reino.
Eveline se inclinaba a verlo mejor.
— ¿El mismo retrato que encontramos en el archivo universitario?
—Una copia antigua de sus registros —aclaró Lucien—. No sabemos quién realizó el dibujo original.
Seraphine examina las figuras.
No había nombres.
Tampoco fechas.
— ¿Qué significa «ninguno debe recordar solo»? —preguntó.
Lucien dobló cuidadosamente la hoja.
—Esa es una de las preguntas que mi familia nunca consiguió responder.
Eveline suspiró.
—Empiezo a pensar que los historiadores disfrutan demasiado de las preguntas sin respuesta.
—Créame, señorita Ashford, preferiría haber encontrado algunas respuestas más.
Seraphine declaró la mano.
—Quiero una copia del dibujo.
Lucien dudó.
—Es un documento delicado.
—Entonces una fotografía.
El historiador la miró durante un instante.
Finalmente abierto.
—Eso puedo permitirlo.
Seraphine sacó su teléfono.
Esta vez no iba a depender de que alguien decidiera contarle la verdad.
—Hay algo más —añadió Lucien.
Eveline levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
—La puerta de piedra que encontraron durante una restauración no es una leyenda.
Extraiga una copia de un documento administrativo.
En la parte superior apareció un sello municipal antiguo.
—El cierre fue registrado oficialmente. La entrada quedó tapiada por orden de los responsables de la obra.
Seraphine tomó la hoja.
—¿Por qué?
—El informe menciona inestabilidad estructural. Pero también existe una declaración posterior de uno de los trabajadores.
Lucien le mostró una segunda página.
—Afirmó haber escuchado golpes desde el interior, incluso después de que la entrada quedó completamente cerrada.
Eveline se estremeció.
—¿Y el trabajador que desapareció?
—Su desaparición consta en los registros de la época. No se desarrolló ninguna relación oficial con la capilla.
Seraphine examinó las fechas.
Al menos aquello era verificable.
No necesitaba confiar en una visión ni en una voz misteriosa.
Existían documentos que demostraban que la puerta había sido tapiada y que uno de los trabajadores había desaparecido.
No probaban qué había bajo la capilla.
Pero sí confirmaban que Lucien no estaba inventando toda la historia.
—Quiero copias de estos informes —dijo.
El historiador abierto.
—Se las prepararé.
Reino Celestial — Cámara de los Juramentos
Elyndra Caelith permanecía frente al cristal que había ocultado durante siglos.
La memoria encerrada en su interior brillaba con una luz tenue.
No había vuelto a tocarlo desde que escuchó la voz de Seraphine.
Si alguna vez regreso, no me entregues la verdad hasta que pueda soportarla.
Elyndra cerró los ojos.
Durante tres mil años había obedecido aquella petición.
Había permitido que los reinos construyeran sus propias versiones de la historia.
Había visto cómo el nombre de Seraphine desaparecía de los registros.
Y había guardado silencio.
Pero algo estaba cambiando.
La memoria comenzaba a reaccionar incluso sin que nadie la invocara.
Un resplandor atravesó el cristal.
Por un instante, Elyndra vio una mano femenina apoyada sobre una puerta blanca.
Después emitió una voz.
—No confundas protegerme con decidir por mí.
Elyndra abrió los ojos.
La imagen desapareció.
Reconocía aquella voz.
No pertenecía a la Seraphine que había suplicado guardar el secreto.
Era la misma voz, pero hablaba con una firmeza que había olvidado.
— ¿Qué intentas decirme? —susurró.
El cristal no respondió.
Elyndra lo sostuvo entre ambas manos.
Por primera vez en siglos, demostró la posibilidad de que obedecer una promesa pudiera convertirse en una forma de traición.
Ciudad de Vespera — Calles cercanas a la capilla
Eveline caminaba junto a Seraphine sin dejar de mirar por encima del hombro.
—Dime que no vamos a volver allí mañana.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—Al menos hasta averiguar algo más.
—Sabía que había una condición.
Seraphine guardó el teléfono en el bolsillo.
Había fotografiado el dibujo y las notas de Lucien. También había obtenido una copia digital de parte del informe de restauración.
Era poco.
Pero por primera vez tuve información que podía revisar sin depender de un demonio, un historiador o un libro que cambiaba de idioma cuando le convenía.
—¿Confías en él? —preguntó.
Eveline reflexionó.
—El profesor Ardent me ayudó cuando nadie quería revisar esos documentos. Nunca me dio motivos para desconfiar.
—Eso no significa que nos haya contado todo.
-No. Pero tampoco significa que sea nuestro enemigo.
Seraphine aceptó el argumento con un gesto.
Su amiga tenía razón.
Había demasiadas personas ocultándole información.
No podía asumir que todas pretendían hacerle daño.
Pero tampoco podía confiar ciegamente en ellas.
Llegaron a una pequeña cafetería.
Eveline cerró la entrada.
—Necesito algo caliente, algo dulce y aproximadamente ocho horas de terapia.
Seraphine sonríe.
—¿En ese orden?
—La terapia puede esperar si tienen pastel de chocolate.
Entraron.
La cafetería estaba casi vacía.
Una pareja conversaba junto a la ventana y una mujer revisaba documentos detrás del mostrador.
Seraphine eligió una mesa apartada.
Mientras Eveline pedía, sacó su reloj de bolsillo.
La superficie plateada reflejaba las luces del establecimiento.
Las manecillas avanzan normalmente.
Ni símbolo.
Ni grietas luminosas.
Ni mensajes.
—Ahora sí te comportas como un reloj —murmuró.
—Le hablas a los objetos cuando no estoy? —preguntó Eveline, regresando con dos tazas.
Seraphine cerró la tapa.
—Solo a los que tienen mejores modales que algunas personas.
Eveline se sentó frente a ella.
—Eso reduce bastante la lista.
Seraphine río suavemente.
Durante unos segundos, todo pareció normal.
Dos amigas.
Una cafetería.
El sonido de las cucharillas contra la porcelana.
La vida que había tenido antes de descubrir que su rostro apareció en una pintura de ochocientos años.
Antes de conocer a Kaelith.
Antes de escuchar aquel nombre imposible.
Nyxara.
—¿En qué piensas? —preguntó Eveline.
Seraphine contempló su taza.
—En que extraño cuando mi mayor problema era entregar un trabajo a tiempo.
—Todavía tienes trabajos que entregar.
—Gracias por arruinarme el momento.
Eveline sonríe.
Pero su expresión se volvió seria poco después.
—Seraphine, necesito preguntarte algo.
—Adelante.
—¿Estás asustada?
La pregunta la sorprendió.
Podía bromear sobre demonios.
Discutir con un soberano infernal.
Entrar en una capilla donde las estatuas parecían conocerla.
Pero responder aquello era diferente.
Miró a su amiga.
-Si.
Eveline no dijo nada.
—Mucho —añadió Seraphine—. Y creo que eso es lo que más me molesta.
—¿Tener miedo?
—No saber a qué.
Eveline extendió la mano sobre la mesa.
Seraphine la tomó.
—No tienes que averiguarlo todo hoy —dijo su amiga.
Seraphine bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.
-Perder.
Y, por primera vez desde que comenzaron sus pesadillas, se permitió creerlo.
Reino Infernal — Galerías inferiores de Nocthar
Darius Vhal descendió por una escalera estrecha.
No llevaba escolta.
Tampoco había informado a nadie de su destino.
Había pasado antes por la cámara donde se custodiaban los fragmentos de obsidiana.
Aquella estancia seguía bajo vigilancia.
El espacio vacío donde había descansado el fragmento robado continuaba allí, grabándole su fracaso.
Pero no era esa cámara la que buscaba.
Más allá de los depósitos antiguos existía una puerta interior que no figuraba en los planos del palacio.
Darius había descubierto su existencia hace muchos siglos.
Nunca había logrado determinar quién la había sellado.
Se detuvo frente a ella.
La llave que llevaba oculta bajo la armadura parecía a pesar de más que de costumbre.
La corona atravesada por una espada brillaba débilmente sobre el metal.
Darius no introdujo la llave en la cerradura.
No sabía si aquella puerta respondería al mismo objeto.
En lugar de intentarlo, apoya la mano contra la piedra.
—Sé que me estás escuchando —murmuró.
Durante varios segundos no ocurrió nada.
Después, una voz femenina surgió del otro lado.
Era la misma que había escuchado durante su visita anterior.
Seguía sin conocer su identidad.
—Has vuelto —dijo la voz.
Darius apretó la mandíbula.
—El fragmento desapareció.
-Perder.
—Entonces también sabrás quién lo tiene.
Una risa suave atravesó la puerta.
—Sigues haciendo las preguntas equivocadas, general.
Darius cerró los ojos.
—Kaelith ha encontrado referencias al juramento.
La voz calló.
Por primera vez, pareció sorprendida.
—¿Qué ha encontrado?
—Solo el nombre.
—Entonces todavía hay tiempo.
Darius se acercó a la puerta.
—¿Tiempo para qué?
La respuesta llegó en un susurro.
—Para impedir que recuerde quién pronunció el último juramento.
Darius sintió que el pulso se le aceleraba.
—¿Fue Seraphine?
La voz no respondió.
Y el silencio resultó más inquietante que cualquier confesión.
Ciudad de Vespera — Apartamento de Seraphine
La noche había caído cuando Seraphine regresó a casa.
Eveline se había ofrecido a acompañarla, pero ella insistió en que necesitaba descansar.
No era completamente cierto.
Necesitaba pensar.
Dejó el bolso sobre una silla y subió la lámpara del escritorio.
Su apartamento estaba exactamente como lo había dejado.
Los libros apilados.
La taza olvidada junto a la ventana.
Las notas que había escrito durante la madrugada.
Y, sobre la mesa, el lugar donde Kaelith había estado de pie la última vez que hablaron.
Seraphine dejó escapar un suspiro.
No quería admitirlo, pero había pensado en él varias veces durante el día.
En sus ojos carmesí.
En la forma en que su voz cambiaba cuando hablaba de aquella noche.
En la tristeza que apareció fugazmente en su rostro antes de recuperar aquella expresión impenetrable.
Y, sobre todo, en su respuesta cuando le preguntó qué había hecho para salvarla.
Intenté detenerte.
Seraphine se sentó.
Abrí las fotografías del documento de Lucien.
Nueve figuras.
Un círculo.
Una advertencia sobre la memoria.
Amplió la imagen.
En el borde inferior había un pequeño símbolo que no había distinguido en la capilla.
Una rosa rodeada por espinas.
Su respiración se detuvo.
Abrió el reloj de bolsillo.
La misma rosa estaba grabada en su interior.
—No puede ser...
Comparó ambas imágenes.
Los pétalos.
Las espinas.
La forma en que el tallo se curvaba hacia la izquierda.
Eran idénticos.
Seraphine acercó el teléfono a la lámpara.
Volví a revisar la fotografía.
Después examina el reloj desde otro ángulo.
La coincidencia seguía allí.
No era una impresión provocada por el miedo.
El dibujo realmente correspondía al grabado.
Por fin había encontrado una conexión que podía comprobar.
No una visión.
No un recuerdo incompleto.
Dos objetos separados por siglos que compartían el mismo símbolo.
Tomó una hoja y escribió:
El reloj y el documento están relacionados.
Debajo añadió:
¿Quién utilizaba ese símbolo?
Contempló ambas preguntas.
Después abrió nuevamente el reloj.
La inscripción seguía allí.
Ni la eternidad podrá separarnos.
Su pulgar recorrió cuidadosamente las palabras.
— ¿Qué me estás ocultando? —susurró.
Un leve destello rojizo apareció al otro lado de la ventana.
Seraphine levantó la cabeza.
Kaelith Nocthar estaba fuera, sobre el estrecho balcón.
Vestía de negro, como la última vez, aunque había prescindido de cualquier adorno que pudiera delatar su posición en el Reino Infernal.
Su cabello oscuro caía ligeramente sobre la frente.
Y sus ojos rojos, tan imposibles como la primera noche, estaban fijos en ella.
Seraphine lo contempló durante varios segundos.
Después se acercó a la ventana.
— ¿Alguna vez ha considerado utilizar una puerta?
Kaelith volteó la cabeza.
—Las puertas suelen estar cerradas.
—¡Por algo!
Una sonrisa apenas perceptible apareció en los labios del demonio.
—Esta vez no he entrado.
Seraphine miró el balcón.
Después volvió a mirarlo.
—Eso no explica por qué estás ahí.
—Quería hablar contigo.
—¿Y llamar a mi teléfono era demasiado complicado?
Kaelith pareció considerar la pregunta.
—No tengo tu número.
Seraphine abrió la boca.
Después la cerrada.
—Ese es un argumento irritantemente válido.
El demonio sonrió.
—¿Puedo entrar?
Ella lo observó con atención.
Podía negarse.
Y, de la manera que él esperaba al otro lado del cristal, comprendió que respetaría su decisión.
Finalmente abrió la ventana.
—Cinco minutos.
Kaelith entró con una elegancia que resultaba injusta para alguien que acababa de aparecer en un balcón.
—Agradezco tu generosidad.
—No te acostumbres.
—Jamás me atrevería.
Seraphine regresó al escritorio.
—¿Qué quieres?
Kaelith señaló el reloj.
—Preferiría que me hicieran esa pregunta directamente.
Ella cerró la tapa.
— ¿Qué me estás ocultando?
La sonrisa desapareció del rostro del demonio.
—Más cosas de las que quisiera.
Seraphine se volvió hacia él.
—Al menos es una respuesta sincera.
Kaelith observó la fotografía que permanecía abierta en el teléfono.
—¿Qué ha descubierto?
Seraphine sostuvo el reloj contra su pecho.
—Antes de hablar de eso, necesito establecer algunas reglas.
—Te escucho.
—Nada de aparecer sin avisar.
—De acuerdo.
—Nada de revisar mis cosas.
—De acuerdo.
—Y nada de responder mis preguntas con frases misteriosas que solo generan otras diez preguntas.
Kaelith guardó silencio.
Seraphine arqueó una ceja.
—¿Esa es la difícil?
—La más difícil.
Ella soltó una risa involuntaria.
Después recuperó la gravedad.
—Hoy encontré algo.
Kaelith dejó de sonreír.
—¿Qué cosa?
Seraphine le mostró la fotografía.
El demonio se acercó.
Examinó las nueve figuras.
Después la rosa.
Su expresión cambió.
—¿Dónde conseguiste esto?
—En una capilla de Vespera.
Kaelith levantó la mirada.
—¿Fuiste sola?
—Con Eveline.
La tensión en su rostro disminuyó apenas.
—¿Ocurrió algo?
Seraphine lo estudió.
Podía mentir.
Ocultar los golpes.
No mencionar el manuscrito.
Después de todo, él tampoco le había contado toda la verdad.
Pero estaba cansada de aquella guerra de silencios.
—Sí —respondió—. Ocurrieron varias cosas.
Kaelith esperó.
Séraphine le habló de la estatua.
De las inscripciones que solo ella podía leer.
De Lucien Ardent.
De los golpes bajo el suelo.
Y de la frase que había aparecido en el libro.
La llave recuerda.
Kaelith no la interrumpió.
Cuando terminó, tardó unos instantes en responder.
—Ese historiador conoce tu nombre completo?
-Si.
—¿Y sabe dónde vives?
—No que yo sepa.
Kaelith lentamente.
—Bien.
Seraphine frunció el fruncido.
—No me gusta ese tono.
—¿Cuál?
—El que utiliza cuando estás pensando en hacer algo peligroso.
—Tengo varios tonos para eso.
—No me sorprende.
Kaelith volvió a examinar la fotografía.
—Este símbolo...
—También aparece en mi reloj.
-Perder.
Seraphine levantó la mirada.
—¿Qué significa?
El demonio vaciló.
Ella suspiró.
—Kaelith.
—No estoy impidiendo que respondas.
—Eso sería una novedad.
Él sostuvo su mirada.
—Lo conozco. Pero no recuerdo dónde.
Seraphine no esperaba aquella respuesta.
—¿Cómo que no recuerdas?
Kaelith contempló la rosa grabada en el reloj.
—Sé que tenía un significado para nosotros. Recuerdo habertelo entregado. Recuerdo que lo conservabas incluso cuando no llevabas la corona.
—¿Y el símbolo?
—Hay algo más relacionado con él. Pero cada vez que intento recordarlo, encuentro el mismo vacío.
Seraphine sintió un escalofrío.
—Como la sombra detrás de mí.
Kaelith.
—Exactamente.
Seraphine dejó el reloj sobre la mesa.
—Entonces tenemos un problema.
Kaelith arqueó una ceja.
—¿Solo uno?
—Uno especialmente irritante.
Ella colocó el reloj junto a la fotografía.
—Tú tienes recuerdos incompletos. Yo tengo recuerdos que ni siquiera sabía que existían. Y hay personas que parecen saber mucho más de lo que están dispuestas a contar.
Kaelith la escuchó atentamente.
—¿Qué propones?
Seraphine levantó la mirada.
—Que dejemos de investigar por separado.
El demonio tardó en responder.
—Seraphine...
—No he terminado.
Kaelith cerró la boca.
Ella continuó:
—No significa que confie completamente en ti. Tampoco significa que vaya a obedecer tus órdenes ni que puedas decidir qué debo saber.
—Nunca he querido...
—Déjame terminar.
Kaelith inclinó ligeramente la cabeza.
—Adelante.
Séraphine respiró profundamente.
—Si vamos a descubrir qué ocurrió hace tres mil años, necesito que compartamos lo que encontramos. Sin ocultar información solo porque alguien crea que es demasiado peligroso para mí.
Kaelith la contempló.
En sus ojos apareció una difícil emoción de descifrar.
Quizás sorpresa.
Quizás tristeza.
O quizás el recuerdo de una conversación que habían tenido mucho tiempo atrás.
—Me estás pidiendo algo que quizás no siempre pueda cumplir —admitió.
Seraphine sostiene su mirada.
—Entonces empieza por decirme cuándo no puedas hacerlo y por qué.
Kaelith reflexionó.
Después colocó una mano.
—Eso puedo prometerlo.
Seraphine miró su mano.
Recordó la visión del abismo.
Las dos manos separándose.
La luz blanca.
Y sintió un temor repentinamente.
No de él.
Sino de lo que podría recordar si volvía a tocarlo.
Aun así, colmó la suya.
Sus dedos se encontraron.
Una corriente de calor recorrió su piel.
No fue dolorosa.
Tampoco apareció ninguna visión.
Solo una sensación extrañamente familiar.
Como si aquel gesto hubiera ocurrido muchas veces antes.
Kaelith cerró suavemente los dedos alrededor de su mano.
—Entonces investigaremos juntos —dijo.
Seraphine lo miró.
—Con una condición adicional.
Él suspiró.
—Por supuesto.
—La próxima vez, llama a la puerta.
Kaelith dijo.
—Lo haré.
—Y necesitarás mi número.
—Eso parece.
Seraphine soltó una carcajada.
Y durante un instante, entre los libros, los secretos y los recuerdos incompletos, ambos parecieron olvidar que tres mil años de historia los separaban.
Reino Infernal — Galerías inferiores de Nocthar
Darius permanecía frente a la puerta interior.
La voz femenina había dejado de responder.
Estaba a punto de marcharse cuando escuchó un sonido detrás de la piedra.
No fue un golpe.
Fue el roce de algo contra la superficie interior.
Después apareció una línea de luz plateada.
Darío retrocedió.
Las letras comenzaron a formarse lentamente sobre la puerta.
Una frase que le resultó dolorosamente familiar.
«El juramento no se rompió. Fue olvidado».
El general sintió que el pulso se le aceleraba.
Conocía aquellas palabras.
No porque las hubiera leído.
Ni porque alguien se las hubiera contactado.
Las grababa en su propia voz.
Por un instante, una imagen atravesó su mente.
Una sala iluminada por un resplandor blanco.
Varias figuras reunidas alrededor de algo que no conseguía distinguir.
Y su propia voz pronunciando una promesa.
Después, el recuerdo se desvaneció.
Darius apoyó una mano contra la pared.
No sabía qué había jurado.
Tampoco recordaba quiénes lo habían acompañado.
Pero una certeza permaneció incluso cuando la visión desapareció.
Había participado en aquel juramento.
Y, por primera vez en tres mil años, tuvo miedo de descubrir qué había prometido.
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