Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.
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Capítulo 10: La calidez del sol
El club náutico ofrecía un remanso de paz exclusivo, suspendido sobre una marina privada donde los veleros de lujo cabeceaban suavemente contra los muelles de madera pulida. Lejos del ruido metálico de los hangares y del aire cargado de combustible, el murmullo del agua salada y la brisa limpia parecían lavar cualquier rastro de tensión.
En una mesa reservada en la terraza más apartada, bajo la sombra fresca de una pérgola de lino blanco, Bastián y Elena compartían un almuerzo tardío.
Elena había dejado a un lado su chaqueta de traje y se había arremangado la blusa de seda, dejando al descubierto sus antebrazos finos y la línea elegante de su garganta. Hacía años que no disfrutaba de una comida sin mirar de reojo un cronómetro de laboratorio o sin devorar un sándwich frío entre turnos de guardia hospitalaria.
—No has tocado tu teléfono en cuarenta minutos —observó Bastián con una sonrisa pícara, apoyando la copa de vino blanco sobre el mantel—. Empiezo a creer que la doctora Morel sabe cómo descansar después de todo.
Elena soltó una risa limpia, esa que Alexander jamás se había tomado la molestia de provocar.
—Lucía tiene órdenes estrictas de no llamarme a menos que el edificio se esté incendiando —respondió ella, inclinándose un poco hacia adelante, apoyando la barbilla sobre la palma de su mano—. Y además... la compañía ayuda bastante a desconectar.
Bastián sostuvo su mirada. Sus ojos azul plata no tenían la frialdad de las salas de juntas; tenían una intensidad cálida, una luz devota que a Elena le provocaba una vibración dulce en el bajo vientre.
—Me alegra escuchar eso —dijo él en voz baja, con un tono más grave y pausado—. Porque mi objetivo hoy no era solo alejarte de los motores criogénicos. Quería verte sonreír así. Sin el peso del mundo sobre los hombros, sin expedientes judiciales y sin fantasmas del pasado rondando las mesas.
Elena sintió el calor subirle a las mejillas. Con Bastián no había dobles lecturas ni trampas crueles; cada palabra suya era una declaración honesta de intenciones.
—A veces me cuesta creer que seas real, Bastián —confesó ella, bajando un poco la vista hacia su copa, jugando con el tallo de cristal—. En mi mundo, los hombres poderosos suelen ser como... bueno, como Alexander. Arrogantes, convencidos de que las personas a su alrededor son piezas de ajedrez descartables.
Bastián extendió la mano sobre la mesa. No fue un movimiento brusco; esperó a que ella lo viera venir y, con una delicadeza infinita, cubrió los dedos de Elena con su palma grande y tibia. El contraste de su piel bronceada contra la tez de porcelana de ella parecía un cuadro perfecto.
—Alexander Foster cometió el pecado de los hombres mediocres, Elena: creyó que el mundo le pertenecía por derecho de nacimiento y que las cosas más valiosas podían dejarse en un rincón hasta que a él se le antojara mirarlas —dijo Bastián, acariciando el dorso de su mano con el pulgar con una lentitud que le erizó la piel a Elena—. Yo construí mi propio imperio paso a paso. Sé lo que cuesta encontrar algo auténtico en un mar de vanidades. Y cuando veo a una mujer como tú, brillante, valiente y dueña de una belleza que corta el aliento, lo último que se me ocurriría es darte por sentada.
El corazón de Elena dio un vuelco desordenado.
La atracción entre ellos ya no era solo intelectual o una conveniente alianza contra los buitres del mercado. Era algo físico, magnético y palpablemente real. Mirar los labios bien definidos de Bastián, sentir el calor de su cuerpo al otro lado de la mesa y ver la devoción sin fisuras en sus ojos despertaba en ella deseos que creía completamente extintos. Durante diez años había mendigado migajas de atención a un hombre que la despreciaba; estar con Bastián se sentía como haber salido de una tormenta helada para ponerse, por fin, bajo la calidez absoluta del sol.
—¿Qué estás haciendo conmigo, Bastián? —susurró ella, con una sonrisa tímida pero cargada de una coquetería fascinante, sin apartar su mano de la suya.
—Intentando que te enamores de mí —respondió él sin titubear, con una sinceridad tan aplastante que a Elena se le cortó la respiración—. Y prometo ser implacable en el intento.
Mientras el sol comenzaba a caer sobre la costa, en el hangar número cuatro del aeropuerto internacional la realidad era un infierno de grasa, frío y metal pesado.
El rugido de los compresores de nitrógeno líquido llenaba la nave industrial con un zumbido ensordecedor. Las compuertas de la bodega de carga del Boeing 777 estaban abiertas de par en par, y sobre los andamios de acero, una cuadrilla de ingenieros trabajaba contra reloj en la recertificación de los sistemas térmicos.
En medio de ellos, irreconocible para cualquiera de la alta sociedad, estaba Alexander Foster.
Se había quitado la camisa cara y vestía un mono de trabajo azul oscuro, manchado de hollín y aceite hidráulico. Tenía el cabello pegado a la frente por el sudor y la tensión, y las vendas de sus manos comenzaban a teñirse de rojo por las heridas que volvían a abrirse bajo el esfuerzo mecánico. Estaba metido hasta la cintura en el compartimento del compresor principal, ajustando una válvula de presión con una llave inglesa pesada.
—Señor Foster, por favor —suplicaba el jefe de mecánicos desde la escalerilla, con la cara pálida por el nerviosismo—. Llévese una chaqueta, la temperatura de fuga del nitrógeno está a menos cincuenta grados en esa línea. Los técnicos de la aseguradora pueden terminar la calibración mañana por la mañana...
—Tiene que quedar sellado hoy —rugió Alexander, saliendo del hueco con la respiración entrecortada y una nube de vapor helado escapando de sus labios—. La doctora Morel exigió los sensores dobles para el viernes a las diez. No va a haber ni una milésima de grado de variación en esa cabina. Si una sola muestra de su medicamento se degrada por una falla técnica nuestra, los despido a todos y me encierro yo mismo a volar este maldito avión.
El mecánico tragó saliva y asintió, corriendo a buscar más piezas de repuesto.
Alexander se apoyó contra el fuselaje helado del avión, respirando con dificultad. El frío del metal le quemaba la piel a través del mono de trabajo, pero ese dolor físico no era nada comparado con el ardor que llevaba clavado en el pecho.
Bajo la tela gruesa, sentía el bulto duro del amuleto golpeándole las costillas a cada paso. Era su único ancla. Estaba dispuesto a romperse los huesos, a trabajar como el último de los peones en su propia empresa, con tal de cumplir la orden de Elena. Necesitaba que ella viera que no había sido una promesa vacía; que él podía ser el hombre en quien confiar.
En ese momento, su teléfono personal comenzó a vibrar con insistencia sobre una caja de herramientas.
Alexander se limpió las manos con un trapo sucio de grasa y tomó el aparato. Era un mensaje de su jefe de seguridad privada, acompañado de un enlace a una columna social de un portal de noticias exclusivo.
El titular rezaba: «Complicidad de alta gama: Bastián Vance y la deslumbrante doctora Elena Morel, juntos en el Club Náutico tras sacudir el mercado farmacéutico».
Alexander abrió la galería de fotos con dedos temblorosos.
La primera imagen lo golpeó con la fuerza de un rayo en medio de una tormenta.
Allí estaba Elena. Se la veía hermosa, relajada, riendo abiertamente con la cabeza ligeramente inclinada. Pero no fue su sonrisa lo que le arrancó el aire de los pulmones a Alexander: fue la segunda foto, un plano más cerrado donde la mano de Bastián cubría la de Elena sobre la mesa, y ella no solo no la retiraba, sino que entrelazaba suavemente sus dedos con los de él, mirándolo con una chispa tierna, brillante y cómplice.
Una mirada que Alexander jamás había visto dirigida hacia él.
—No... —susurró Alexander con la voz rota, retrocediendo dos pasos hasta chocar contra el tren de aterrizaje del avión.
El teléfono se le cayó de las manos entorpecidas por el frío, golpeando el piso de cemento.
El recuerdo de los diez años que ella pasó a su sombra cayó sobre él como una avalancha de piedras. Elena había estado allí. Siempre había estado allí, esperando que él levantara la vista de su arrogancia para verla, guardando silencio, cuidándolo desde lejos. Y él, en su estúpida ceguera, la había considerado una molestia insignificante, un ratón sin gracia.
Ahora, un hombre de verdad, un rival que no le temía ni a su fortuna ni a su estirpe, estaba tomándole la mano y enseñándole lo que significaba ser amada y valorada.
Un sollozo seco, ahogado por la rabia y el desespero, escapó de la garganta de Alexander. Cayó de rodillas sobre el suelo frío del hangar, golpeando el cemento con los puños vendados una y otra vez hasta que el dolor en los nudillos ensangrentados le nubló la vista.
«La estás perdiendo», le gritaba una voz despiadada en su cabeza. «No solo la perdiste en los papeles; la estás perdiendo en el corazón.»
La noche cayó sobre la ciudad cubriéndola de un manto estrellado y fresco.
El Rolls-Royce de Bastián se detuvo suavemente frente al edificio residencial donde Elena tenía su ático temporal, cerca de la sede de los laboratorios.
Bastián bajó primero, como siempre, rodeando el coche para abrirle la puerta con una galantería sin fisuras. La acompañó por el sendero iluminado por farolas bajas hasta el vestíbulo privado del edificio.
Elena se detuvo junto a las puertas de cristal, girándose hacia él. El viento nocturno le alborotaba los mechones dorados, y sus ojos verdes brillaban con una emoción contenida que hacía horas pugnaba por salir a la superficie.
—Ha sido un día perfecto, Bastián —dijo ella en voz baja, con una dulzura que ya no escondía sus defensas—. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan... cuidada.
Bastián dio un paso hacia ella, acortando el espacio hasta que el aroma a madera y sándalo de su loción la envolvió por completo. Levantó ambas manos y, con una lentitud exquisita, ahuecó suavemente el rostro de Elena entre sus palmas tibias.
Elena sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. Su respiración se entrecortó.
—Cuidarte no es un esfuerzo, Elena. Es el mayor privilegio que he tenido en la vida —murmuró Bastián, mirándola con una intensidad tan pura que a ella se le llenaron los ojos de un brillo cristalino—. Y no quiero que esto sea solo un día perfecto entre reuniones de trabajo. Quiero invitarte a una cita real este sábado. Sin hablar de patentes, sin hablar de logística. Solo tú y yo.
Elena tragó saliva, sintiendo su corazón martillando con una fuerza arrolladora contra sus costillas. El recuerdo de Alexander, de sus desplantes y de su arrepentimiento tardío se sintió, por primera vez, como una sombra lejana e insignificante frente a la luz imponente del hombre que tenía enfrente.
Estaba lista. Quería permitirse sentir, quería enamorarse, quería ser feliz.
—Acepto, Bastián —respondió ella, con una sonrisa deslumbrante dibujándose en sus labios.
Bastián sonrió con un alivio casi infantil. Inclinó la cabeza con lentitud y, en lugar de besarle la frente como la noche anterior, rozó con sus labios carnosos la comisura de la boca de Elena, un beso tibio, prolongado y peligrosamente dulce que hizo que a ella le temblaran las rodillas.
—Descansa, doctora Morel —susurró él sobre su piel antes de apartarse con elegancia—. Soñaré contigo hasta el sábado.
Elena subió a su departamento con el corazón latiendo a mil por hora y una sonrisa que no se le borraba de la cara. Al entrar al salón iluminado por la luna, se apoyó contra la puerta cerrada y se tocó los labios con las yemas de los dedos, sintiendo todavía el calor de Bastián sobre su piel.
Se sentía viva, hermosa y profundamente deseada. El camino hacia ese hombre estaba trazado, y por primera vez en su existencia, Elena Morel estaba dispuesta a entregarse por completo a un amor que prometía reconstruir todo lo que el desprecio de su juventud había roto.