ADVERTENCIA
Esta historia contiene escenas fuertes en algunas partes: crueldad emocional, celos posesivos, discusiones, furia, manipulación
un alfa y un omega
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La oscuridad que lo consume
La joven permaneció frente al desconocido, confundida por su pregunta.
—¿Qué quieres de Eiden? —volvió a preguntar, retrocediendo un poco—. Si necesitas hablar con él, deberías buscarlo directamente.
El Alfa inclinó la cabeza.
Durante unos segundos, no dijo absolutamente nada.
Entonces comenzó a reírse.
Primero fue una risa baja, casi imperceptible. Después, se convirtió en una carcajada inquietante que hizo que la joven lo mirara con miedo.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella—. ¿Estás loco?
El Alfa levantó el rostro.
—¿Quieres saber quién soy?
La chica no respondió.
Él sonrió debajo de la venda.
—Soy tu peor pesadilla.
La joven abrió los ojos, alarmada, y trató de retroceder hacia la puerta de su casa.
—¡Aléjate de mí!
Pero el Alfa ya había sacado un arma de su bolso.
Todo sucedió en cuestión de segundos.
Se escucharon dos disparos que rompieron el silencio de la calle.
La joven cayó al suelo y quedó inmóvil.
El Alfa permaneció frente a ella, respirando tranquilamente, como si acabara de terminar una tarea cualquiera.
Después, soltó una carcajada.
—Qué fácil… —murmuró.
Su risa resonó en la calle vacía mientras guardaba el arma y se daba la vuelta.
No miró hacia atrás.
No sintió remordimiento.
Simplemente se marchó, caminando con las manos en los bolsillos y la venda negra cubriéndole los ojos.
Sin embargo, mientras se alejaba, una imagen apareció en su mente: Eiden abrazando a aquella mujer y besándola frente a su casa.
La sonrisa del Alfa se desvaneció lentamente.
—Ahora ya no tendrás que volver a besarla… —susurró.
Unos minutos después, una anciana que vivía en una casa cercana abrió su ventana al escuchar los disparos.
—¿Qué fue eso?
Miró hacia la calle y descubrió a la joven tendida cerca de la entrada de su casa.
La mujer se llevó una mano a la boca, horrorizada.
—¡Dios mío!
Cerró la ventana apresuradamente y buscó su teléfono con manos temblorosas.
—¡Policía! ¡Por favor, necesito ayuda! ¡Acaban de dispararle a una muchacha frente a mi casa!
Mientras la anciana explicaba lo sucedido, varias luces comenzaron a encenderse en las viviendas cercanas.
La calle, que hacía unos minutos estaba tranquila, pronto se llenó de voces alarmadas.
Y, a lo lejos, el sonido de las sirenas comenzó a acercarse.
Mientras tanto, el Alfa regresó a la guarida de la pandilla 69.
Los guardias de la entrada lo reconocieron inmediatamente y le permitieron pasar.
—Buenas noches, número 69.
—Buenas noches —respondió él con absoluta normalidad.
Atravesó el vestíbulo, saludó con un breve movimiento de cabeza a dos miembros de la organización y continuó por el pasillo.
Nadie sospechó nada.
Nadie imaginó lo que acababa de ocurrir.
Al llegar a su habitación, se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla. Después, se sentó al borde de la cama y se pasó una mano por el cabello negro.
Su corazón había recuperado su ritmo habitual.
Pero, cuando recordó a Eiden, sus labios volvieron a curvarse en una sonrisa.
—Ahora todo estará bien… —murmuró.
Se recostó, cruzando los brazos detrás de la cabeza.
Para él, aquello había sido una solución.
Una forma de eliminar aquello que le provocaba una sensación insoportable en el pecho.
Sin embargo, el Alfa ignoraba algo importante.
Eiden no tardaría en descubrir lo que había sucedido frente a la casa de la mujer que acababa de besar.
Y cuando lo descubriera, el asesino de la pandilla 69 tendría que enfrentarse a algo para lo que nunca había sido entrenado: las consecuencias de sus propios actos.