Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.
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Capítulo 16
Capítulo 16
Gael se sentó junto a Adrián sin saber dónde poner las manos. La nuca todavía debía de dolerle, pero su mente ya no podía ocuparse de nada físico.
Adrián probó un poco de cada plato y dejó los cubiertos. Su vida se regía por horarios estrictos y nunca comía tan tarde. Aquella cena ya era una excepción.
Las porciones eran pequeñas y no las terminó. Aun así, Gael sintió una dulzura difícil de contener.
Nunca había aprendido cómo convivía una familia normal. En casa de los Luján, Bruno y Clara se sentaban juntos y hablaban con afecto. Octavio aparecía poco, pero cuando estaba, los tres reían durante la comida. Gael permanecía en un extremo, terminaba en silencio y regresaba a su pequeña habitación para hacer la tarea.
No quería que ese momento excepcional con Adrián resultara aburrido. Buscó un tema que pudiera interesarle.
—Mañana terminaré de renunciar.
Adrián volvió el rostro hacia él.
—¿Qué harás después?
Sabía que Gael no había terminado la universidad, aunque desconocía el motivo. Si necesitaba ayuda laboral, podía proporcionársela.
—Conocí a un amigo en la pastelería. Voy a trabajar con él en…
Al comprobar que ya tenía un plan, Adrián perdió interés en los detalles.
—¿También es beta?
—Es omega. Es una buena persona.
Gael no entendía por qué le importaba algo tan irrelevante.
Adrián quedó conforme. Mientras no fuera alfa ni beta, no veía problema.
—No importa si ganas dinero. Hazlo si te gusta. Y mantén cierta distancia de los Luján. Ya deberías haber entendido que no te quieren de verdad.
Gael intentó sonreír. Adrián solo había visto a su familia unas cuantas veces y había comprendido lo que él se negó a aceptar durante años.
Evitó responder a esa parte.
—Me gusta el trabajo. Disfruto preparar postres.
No mentía. Le resultaba fascinante observar cómo los pasteles y el pan crecían dentro del horno.
Adrián no insistió. En ese momento, Gael todavía era para él poco más que una distracción interesante.
—El viernes iré a casa de mis padres y me quedaré hasta el lunes. Vendrás conmigo.
Adrián siempre daba instrucciones, nunca invitaciones. La noticia tomó a Gael por sorpresa.
—¿Debo preparar algo? ¿Tus padres quieren verme?
Si solo deseaban hablar con él, no parecía necesario pasar todo el fin de semana. Gael ni siquiera creía que la residencia tuviera una habitación destinada para él.
—No fue idea de ellos. —Adrián había decidido experimentar una vida matrimonial más convencional y averiguar qué lugar ocupaba Gael en la suya—. Se me ocurrió hoy. No te preocupes ni prepares nada. Ambos suelen estar ocupados y quizá apenas los veamos.
Esteban se había retirado en cuanto consideró que su hijo podía dirigir el grupo sin ayuda. No aprobaba del todo su matrimonio, pero tampoco interfería.
La preocupación borró el rubor del rostro de Gael.
—Entiendo.
Adrián dio la conversación por terminada y subió a descansar. Gael suspiró y recogió los platos.
El señor Ramírez todavía esperaba en la cocina.
—¿Sigue despierto?
—Quería informarle sobre la agenda del señor Ferrer. El viernes volverá a la residencia familiar.
El mayordomo recibió la charola.
—Adrián ya me lo dijo. Tendré cuidado mientras estemos allá.
Era la respuesta que el hombre esperaba. Asintió, satisfecho.
—Ha convivido poco con sus padres, pero esta vez verá que son personas razonables.
Gael recordaba la seriedad con que ambos habían negociado el matrimonio.
—¿Sabe qué les gusta?
Aunque averiguara la respuesta, quizá no pudiera pagar un regalo apropiado. Presentarse con las manos vacías le parecía todavía peor.
El señor Ramírez reflexionó.
—El señor Esteban tiene gustos muy variados. A la señora Verónica le encantan los pastelitos.
Los pasatiempos de Esteban también eran costosos. Además, dentro de la familia, Verónica tenía la última palabra y la actitud de su esposo dependía mucho de la suya.
Los ojos de Gael se iluminaron.
—Ellos no tienen nada en contra de usted —añadió el mayordomo—. Lo que no les gustó fue la precipitación de este matrimonio.
Adrián había heredado parte de los valores de sus padres. En lugar de cambiar de amante cada mes, como otros herederos, compensó al beta sobre quien descargaba sus feromonas ofreciéndole matrimonio.
El problema era que su compensación seguía siendo pobre: una unión desigual que solo existía en los documentos.
Gael estaba nervioso, pero había enfrentado dificultades peores.
—Gracias. Haré mi mejor esfuerzo.
El mayordomo se retiró tranquilo. Gael volvió a su habitación y tardó mucho en dormir. Demasiadas cosas habían ocurrido en pocos días.
A la mañana siguiente, Adrián salió como de costumbre para atender la alianza empresarial.
Gael le había contado que iría a renunciar, así que ya no tuvo que escapar por la puerta lateral. Encontrarlo en la sala fue una novedad para Adrián, pero tenía prisa y no alcanzaron a hablar.
Para Gael, aquello ya era un progreso.
No tenía que cumplir un turno, de modo que decidió llegar a la hora que Mariano le había exigido. Contaba con tiempo suficiente para el trayecto. Quizá por su cambio de ánimo, hasta el camino hacia la estación de Ecobici le pareció agradable.
Mientras él avanzaba por la ciudad, Tomás seguía recostado en el sofá de su casa, vigilando por el celular las obras de su cafetería.
Kevin adoraba clientes como él: generosos, directos y fáciles de complacer.
Le mostró una prenda de prueba con entusiasmo exagerado.
—Este color le favorece por completo. Llevo años en el oficio; tiene que confiar en mí. Con su piel puede usarlo sin problema.
Tomás no apartó la vista de la pantalla.
—Deja un par de piezas. Últimamente estoy tan ocupado que ni siquiera tengo eventos donde estrenarlas.
No estaba de humor para elegir ropa. Kevin decidió no presionar y cambió a un tema que sabía que le interesaría.
—Señor Vega, ¿ha visto a la pareja del señor Ferrer?
Tomás alejó un poco el celular.
—¿De cuál Ferrer?
—¿De cuál va a ser? En toda la capital solo hay un señor Ferrer del que habla todo el mundo. Fui a tomarle medidas hace unos días y, cuando estaba por irme, me pidió que midiera a otra persona.
Tomás se sentó por completo.
—¿A su pareja? ¿Al beta?
—Al mismo. No se parece a lo que cuentan. Incluso diría que se llevan bien.
La curiosidad de Tomás despertó por completo.
—Déjennos solos —pidió al resto del personal.
Cuando todos salieron, Kevin bajó la voz.
—Al final tuve la impresión de que discutían.
—¿Qué se dijeron? Es difícil imaginar a Adrián Ferrer discutiendo con alguien.
—No fue exactamente una pelea. Él parecía molesto. Su pareja, en cambio, tiene un carácter muy tranquilo. La cara pequeña, los ojos grandes… parece un venadito.
Tomás sintió una punzada de alarma.
Se dijo que era imposible, pero preguntó con mayor cuidado:
—¿Sabes cómo se llama?
Kevin lo miró con extrañeza.
—Todo el mundo investigó ese matrimonio cuando ocurrió. Quizá fuera un secreto para el público, pero las familias importantes lo saben. Se llama Gael Luján.
Tomás perdió la voz.
—¿Tú… qué…?
Kevin se sobresaltó.
—¿No lo sabía?
No. En esa época, Tomás estaba peleado con su familia por la cafetería. Cuando rechazaron su proyecto, se fue del país durante dos meses.
Después de la sorpresa, algo dejó de tener sentido.
—No puede ser.
Adrián tenía dinero suficiente para mantener a cien personas como Gael sin notarlo. Entonces, ¿por qué Gael vivía con tantas privaciones? A veces ni siquiera compraba un tamal para desayunar.
—¿Qué dijo? —preguntó Kevin, que no había alcanzado a escucharlo.
Tomás golpeó el brazo del sofá.
—¡Maldito desgraciado!
Rico hasta el exceso y aun así obligaba a Gael a trabajar hasta agotarse. El día anterior, Tomás incluso había supuesto que se querían.
—¿Por qué discutieron?
Kevin quedó desconcertado.
—No escuché nada. De verdad.
Tomás se obligó a contener la rabia.
—No importa. Mi padre está en casa; págale a él. Tengo que salir.
Kevin lo vio marcharse sin comprender su cambio de humor.
Gael era demasiado bondadoso. Frente a un hombre como Adrián, siempre tendría las de perder.
Si el alfa continuaba tratándolo mal, Tomás estaba dispuesto a llevarse a Gael lejos de todos.