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Nadie Lloró Por Ella.

Nadie Lloró Por Ella.

Status: Terminada
Genre:Policial / Escena del crimen / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.

Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.

En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.

Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.

Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.

Novela 100% mía, acepto correcciones🤞

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

8. Los muertos también mienten.

—Eso es lo que nos dijeron.

Las palabras de Gael se quedan suspendidas entre nosotros.

Durante unos segundos, soy incapaz de responder. Lo miro esperando que se ría, que retire lo que acaba de decir o que me explique que existe una razón lógica para que la voz de una chica muerta hace diez años esté hablando desde mi teléfono.

Pero Gael no sonríe.

Ni siquiera parece respirar con normalidad.

—Repetilo —le pido.

—Abril…

—Repetí lo que acabás de decir.

Gael mira la tumba de Mara y después el teléfono que todavía sostiene entre sus manos.

—Nos dijeron que Mara había muerto. Nos dijeron que encontraron sus pertenencias cerca del río. Nos dijeron que todo había sido un accidente y que no había motivos para seguir investigando.

—Porque encontraron su cuerpo.

Él no responde.

El silencio me hace sentir un frío que nada tiene que ver con el viento.

—¿Encontraron su cuerpo, Gael?

Lo pregunto despacio.

Necesito que las palabras sean claras. Necesito escucharlas de su boca.

Gael aprieta la mandíbula.

—No.

El mundo parece detenerse.

—¿Qué?

—Nunca encontraron su cuerpo, Abril.

Doy un paso atrás.

No puede ser.

Recuerdo haber leído las noticias antiguas, haber visto el recorte del periódico que Mateo encontró en los archivos municipales. Recuerdo la fecha, las declaraciones de los vecinos y el titular que hablaba de una tragedia que había conmocionado al pueblo.

Pero no recuerdo haber leído que encontraron un cuerpo.

Porque no lo encontraron.

Me llevo una mano a la frente, intentando ordenar mis pensamientos.

—Entonces, ¿qué enterraron ahí?

Gael baja la mirada hacia la lápida.

—No lo sé.

—¡Es la tumba de Mara!

—Lo sé.

—¡Hay una fecha de muerte grabada en esa piedra!

—¡Lo sé, Abril!

Su voz resuena entre las tumbas.

Un pájaro levanta el vuelo desde un árbol cercano y desaparece sobre el muro del cementerio.

Gael parece arrepentirse de haber gritado. Se pasa una mano por el cabello y respira profundamente antes de volver a hablar.

—Cuando desapareció Mara, la policía encontró su abrigo, un zapato y una pulsera cerca del río. Después de varios días de búsqueda, dieron por hecho que había caído al agua. Su familia organizó el funeral.

—¿Con un ataúd vacío?

—No sé qué había dentro.

—¿Y nadie preguntó?

—La familia pidió privacidad. Dijeron que no querían que el pueblo recordara a Mara por la forma en que había muerto.

Me río sin ganas.

—Qué conveniente.

Gael no discute.

Miro nuevamente la inscripción.

Aquí descansa quien nunca debió volver.

Ahora parece una amenaza.

O una confesión.

—¿Quién mandó a grabar esto?

—No lo sé.

—¿Quién dejó las flores?

—No lo sé.

—¿Quién me envió el audio?

Gael me devuelve el teléfono.

—Tampoco lo sé.

Lo observo con rabia.

—¿Hay alguna pregunta que puedas contestar sin decirme que no sabés algo?

Él baja los ojos.

Por un momento, me arrepiento de haberlo dicho. No porque crea que Gael merece mi compasión, sino porque su expresión me recuerda a la mía cuando estoy intentando no llorar delante de alguien.

Pero no voy a permitir que eso me distraiga.

No esta vez.

—Quiero saber qué pasó la noche del diecisiete de octubre —digo—. Quiero saber por qué mi voz está en una cinta, por qué Mateo me llevó a la mansión y por qué alguien está intentando convencerme de que Mara sigue viva.

—No puedo darte todas esas respuestas.

—Entonces dame una.

Gael me mira.

Sus ojos grises parecen más oscuros bajo el cielo nublado.

—La noche que desapareció Mara, yo escuché a alguien decir que todo había salido mal.

Recuerdo la cinta.

Ya está hecho.

Dos voces diferentes, o quizá la misma voz pronunciada en circunstancias distintas.

—¿Quién lo dijo?

—No lo sé. Estaba en el piso superior cuando lo escuché. Después bajé las escaleras y encontré la puerta del sótano abierta.

Mi mano se cierra alrededor del teléfono.

La llave número diecisiete parece quemarme el bolsillo, aunque no la llevo conmigo.

Está en la caja de metal, en casa de Mateo.

—¿Entraste?

Gael niega con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque alguien salió del sótano antes de que pudiera llegar a la puerta.

—¿Quién?

Gael tarda en responder.

—Una persona que llevaba una estrella colgada del cuello.

El aire abandona mis pulmones.

La mujer del cementerio.

La figura del puente.

Inés Valdés.

—¿Era Inés?

—No pude verle bien la cara.

—¿Pero reconociste el colgante?

—Sí.

Miro la tumba de Mara.

Por primera vez, no siento que estoy delante del lugar donde termina su historia.

Siento que estoy delante de una puerta.

Una puerta que alguien cerró hace diez años y que, de alguna manera, ha empezado a abrirse.

—Voy a encontrarla —digo.

Gael me toma del brazo.

—No.

Bajo la mirada hacia su mano.

Él me suelta inmediatamente.

—No podés ir detrás de alguien que no sabés si está vivo, muerto o si quiere hacerte daño.

—Eso no va a detenerme.

—Entonces, al menos, no vayas sola.

Lo observo durante unos segundos.

Hay muchas razones para desconfiar de Gael Ferrer. Su familia está relacionada con los terrenos de la mansión, estuvo allí la noche de la desaparición y ha omitido información cada vez que le he hecho una pregunta.

Sin embargo, también es el único que acaba de decirme algo que podría cambiar toda la investigación.

Mara nunca fue encontrada.

Y eso significa que la historia oficial tiene un agujero enorme.

—Voy a hacerte una pregunta —digo—. Si me mentís, no vuelvo a hablarte.

Gael asiente.

—¿Qué querés saber?

—¿Creés que Mara está viva?

Él mira la tumba.

Después, a mí.

—Hasta ayer, habría dicho que no.

—¿Y ahora?

Gael tarda tanto en responder que empiezo a pensar que no lo hará.

Finalmente, susurra:

—Ahora creo que alguien quiere que lo creamos.

Salgo del cementerio sin despedirme.

Gael intenta acompañarme hasta la entrada, pero le digo que necesito estar sola. No discute. Se queda junto a la tumba, con la mirada fija en la lápida y las manos hundidas en los bolsillos.

Mientras camino, vuelvo a escuchar el audio.

Si estás escuchando esto, significa que no pude cumplir mi promesa.

La voz de Mara es suave, pero hay algo en su tono que me inquieta. No suena como alguien que está intentando despedirse. Suena como alguien que está dejando instrucciones.

Abro la conversación con el número desconocido y escribo una pregunta.

¿Quién sos?

La respuesta llega casi inmediatamente.

Alguien que también quiso creer que estaba muerta.

Me detengo en mitad de la vereda.

Escribo otra pregunta.

¿Mara está viva?

Esta vez, los tres puntos aparecen y desaparecen varias veces.

Finalmente, llega una respuesta.

Esa es la pregunta equivocada.

Aprieto los labios.

¿Cuál es la pregunta correcta?

La respuesta tarda casi un minuto.

Preguntate quién necesitaba que Mara desapareciera.

Me guardo el teléfono.

No necesito que un desconocido me diga lo que ya sé.

La pregunta es quién quería que Mara desapareciera.

La pregunta es por qué.

Y la pregunta es qué tengo que ver yo con todo esto.

Mateo me espera frente a mi casa.

Está sentado en el escalón de la entrada, con los codos apoyados sobre las rodillas y el cabello revuelto por el viento. Cuando me ve, se pone de pie.

—¿Dónde estabas?

—Con Gael.

Su expresión cambia.

—¿Qué te dijo?

—Que nunca encontraron el cuerpo de Mara.

Mateo se queda inmóvil.

Es apenas un segundo.

Un pequeño cambio en su postura, una contracción de los dedos, una mirada que se desvía hacia la calle.

Pero lo noto.

—Vos ya lo sabías —digo.

Mateo abre la boca.

—Abril…

—¿Lo sabías?

Suspira.

—Sí.

Siento que la rabia vuelve a apoderarse de mí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace mucho.

—¿Cuánto es mucho?

Mateo baja la mirada.

—Desde que encontré los documentos de mi padre.

—¿Y nunca pensaste que era importante decírmelo?

—Tenía miedo de que te pasara algo.

—¡Dejá de usar eso como excusa!

Mi voz se quiebra en la última palabra.

Mateo se queda callado.

Durante un instante, los dos parecemos recordar al mismo tiempo todas las cosas que compartimos antes de que el pasado comenzara a perseguirnos: los recreos interminables, las tardes junto al río, las promesas absurdas de que nunca nos ocultaríamos nada.

Ahora me pregunto cuántas de esas promesas fueron verdad.

—¿Sabés qué es lo peor? —le digo—. Que todavía quiero confiar en vos.

Mateo me mira.

—Entonces dejame explicarte.

—No quiero explicaciones a medias.

—No puedo contarte todo lo que no recuerdo.

—¿Y qué sí recordás?

Mateo guarda silencio.

Después saca algo del bolsillo de su campera.

Es una fotografía pequeña, doblada por la mitad.

—Esto estaba dentro de la caja de metal. No te lo mostré porque pensé que no tenía relación con la cinta.

Me la entrega.

La abro con cuidado.

Es una fotografía tomada en el interior de la mansión Valdés. La calidad es mala y la imagen está ligeramente desenfocada, pero distingo una mesa, una lámpara encendida y una puerta al fondo.

Frente a la mesa hay tres personas.

Una mujer de cabello oscuro.

Un hombre de espaldas.

Y una niña sentada en una silla.

La niña tiene el pelo rojo.

Mi pelo.

Me acerco la imagen a la cara.

—¿Quién tomó esto?

—No lo sé.

—¿Quiénes son las otras personas?

—No lo sé.

—¿Por qué estoy sentada ahí?

Mateo se pasa una mano por la nuca.

—Porque esa es la última fotografía que encontré de vos antes de que desapareciera Mara.

Levanto la cabeza.

—¿Antes?

—La fecha está escrita en el reverso.

Giro la imagen.

16 DE OCTUBRE — 22:41.

La noche anterior a la desaparición de Mara.

Miro nuevamente a la niña.

Tiene la cabeza inclinada hacia un costado y los dedos entrelazados sobre el regazo. No parece estar llorando ni asustada.

Parece estar escuchando.

La mujer de cabello oscuro está inclinada hacia ella, como si le estuviera hablando en voz baja.

Y el hombre de espaldas sostiene algo entre las manos.

Un objeto pequeño.

Metálico.

Una llave.

No puedo distinguir el número grabado, pero sé que es una llave.

La misma forma.

El mismo tamaño.

El mismo brillo apagado que la llave que Mateo encontró en la caja.

—¿Dónde está el original? —pregunto.

—Esa es la fotografía original.

Lo miro.

—¿Qué?

Mateo señala una esquina.

Allí, casi oculta por el borde de la imagen, hay una inscripción escrita a mano.

No la dejen entrar al sótano.

Siento un escalofrío.

—¿Quién escribió esto?

Mateo niega con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Y por qué todos parecen tan interesados en que no entre a ese lugar?

—Quizá porque allí está lo que intentaron ocultar.

Me quedo mirando la fotografía.

Hay algo que no encaja.

Si la imagen fue tomada el dieciséis de octubre, ¿por qué aparece una llave en manos de alguien que no podemos identificar? ¿Por qué me fotografiaron dentro de la mansión? ¿Y por qué alguien se tomó el trabajo de dejar una advertencia en el reverso?

—Voy a ir al sótano —digo.

Mateo me mira como si acabara de anunciar que pienso saltar desde un puente.

—No.

—No te estoy pidiendo permiso.

—Abril, no sabés lo que puede haber ahí abajo.

—Precisamente por eso tengo que verlo.

—¿Y si quien te está enviando los mensajes quiere que vayas?

No respondo.

Porque tiene razón.

Y porque, aun así, no puedo dejar de pensar en la llave.

En el número diecisiete.

En la cinta.

En la voz de una niña que no recuerdo haber sido.

—Entonces voy a descubrir por qué quiere que vaya —digo.

Mateo me mira durante unos segundos.

Finalmente, asiente.

—No vas a ir sola.

No le contesto.

No porque haya decidido perdonarlo.

Sino porque todavía no sé si su compañía me hace sentir más segura o más vigilada.

Esa noche, mi madre vuelve a quedarse dormida en el sillón.

La encuentro con un libro abierto sobre las piernas y una lámpara encendida junto a la ventana. La televisión está apagada y la casa huele a café frío.

Me acerco despacio.

No quiero despertarla.

Sobre la mesa hay un sobre blanco.

No tiene remitente ni dirección.

Solo mi nombre.

ABRIL.

Lo tomo.

El papel es grueso y está cerrado con una pequeña tira adhesiva. Dentro encuentro una fotografía y una hoja doblada.

La fotografía muestra la entrada de la mansión Valdés.

Es una imagen antigua, tomada de noche. La verja está abierta y una luz ilumina las ventanas del piso superior.

En el primer plano aparece una mujer.

Lleva un abrigo claro.

El cabello oscuro le cae sobre los hombros.

Y alrededor del cuello tiene una cadena con una estrella.

La misma mujer del puente.

La misma que vi en el cementerio.

Pero esta vez está mirando directamente a la cámara.

Y, por primera vez, puedo distinguir su rostro.

No sé quién es.

No reconozco sus facciones.

Sin embargo, siento una punzada extraña en el pecho, una sensación que no puedo explicar.

Como si una parte de mí quisiera acercarse a ella.

Como si otra quisiera salir corriendo.

Doy vuelta la fotografía.

Hay una frase escrita en tinta negra.

Ella fue la última persona que te vio antes de que dejaras de hablar.

Me quedo inmóvil.

¿Antes de que dejara de hablar?

No recuerdo haber pasado por algo así.

Mi madre nunca me contó que hubiera dejado de hablar durante mi infancia.

Nadie lo mencionó jamás.

Pero la frase no termina ahí.

Debajo hay otra línea.

Y fue la primera persona que pidió que te olvidaras de Mara.

Escucho un ruido detrás de mí.

Mi madre se ha despertado.

—¿Qué tenés ahí? —pregunta.

Me vuelvo lentamente.

Ella mira la fotografía.

Y el libro se le resbala de las piernas.

Cae al suelo con un golpe seco.

—¿De dónde sacaste eso? —susurra.

—Estaba en la mesa.

Mi madre se pone de pie.

Por primera vez, no parece asustada.

Parece furiosa.

—¿Quién dejó ese sobre?

—No lo sé.

—¿Lo abriste?

Le muestro la hoja.

Mi madre se la arrebata de las manos y lee las palabras. Su expresión cambia mientras avanza por la página.

Cuando termina, se cubre la boca.

—No puede ser —murmura.

Me acerco.

—¿Quién es ella?

Mi madre no responde.

—Mamá, ¿quién es la mujer de la fotografía?

Ella aprieta el papel entre los dedos.

—No tenés que volver a verla.

—¿Por qué?

—Porque esa mujer no es quien vos creés.

—¡No sé quién es!

Mi madre levanta la cabeza.

Sus ojos están llenos de lágrimas.

—Exactamente.

El silencio que sigue me parece interminable.

Después, ella se sienta en el sillón y me hace un gesto para que me acerque.

No me siento.

No quiero que esta conversación vuelva a terminar con una advertencia y una puerta cerrada.

—Quiero la verdad —digo.

Mi madre asiente lentamente.

—Entonces voy a contarte algo que nunca le conté a nadie.

Me quedo inmóvil.

Ella mira hacia la ventana, como si esperara ver a alguien al otro lado del vidrio.

—Después de la desaparición de Mara, durante varios meses, vos no hablaste.

Siento que el corazón se me detiene.

—¿Qué?

—No pronunciabas una sola palabra. No respondías cuando te preguntábamos algo. A veces te quedabas mirando una puerta durante horas. Otras veces te despertabas llorando y decías que alguien estaba llamándote desde el sótano.

Retrocedo un paso.

No recuerdo nada de eso.

Nada.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

—Porque los médicos dijeron que habías pasado por una experiencia traumática. Que necesitabas tiempo, tranquilidad y que no debíamos obligarte a recordar.

—¿Y la mujer?

Mi madre cierra los ojos.

—Ella vino a verte una vez.

—¿Quién es?

—No puedo decírtelo.

La rabia me golpea de nuevo.

—¡No podés seguir haciendo esto!

—No es que no quiera decírtelo, Abril.

Mi madre se levanta y se acerca a mí.

—Es que, si te digo su nombre, vas a recordar algo que quizá todavía no estás preparada para recordar.

La miro sin poder creerlo.

—¿Y quién decide cuándo estoy preparada? ¿Vos? ¿Ella? ¿La persona que me manda fotografías?

Mi madre no responde.

Me doy cuenta de que está llorando otra vez.

Pero esta vez no siento compasión.

Siento miedo.

Porque mi madre ha pasado diez años ocultándome una parte de mi propia vida.

Y todavía cree que tiene derecho a decidir qué puedo saber.

—¿La mujer está viva? —pregunto.

Mi madre mira la fotografía.

Tarda varios segundos en contestar.

—La última vez que la vi, sí.

Siento un escalofrío.

—¿Y Mara?

Mi madre se lleva una mano al pecho.

—No lo sé.

—¿Creés que está viva?

Sus ojos se encuentran con los míos.

—Creo que alguien quiere que la encontremos.

No es una respuesta.

Es otra puerta cerrada.

Tomo el sobre y me dirijo hacia mi habitación.

Esta vez, mi madre no me detiene.

A las once y cuarenta y siete, me siento frente al escritorio y extiendo todas las fotografías sobre la madera.

La imagen de Mara y Olivia.

La fotografía de los cinco adolescentes en el observatorio.

La imagen de Mateo y yo frente a la mansión.

La mujer de la estrella.

Y la fotografía que acaba de llegar a mi casa.

Las observo una por una, buscando algo que pueda haber pasado por alto.

Un rostro.

Una fecha.

Un detalle que conecte las piezas.

Entonces encuentro algo.

En la fotografía de la mujer frente a la mansión, detrás de ella hay una ventana iluminada.

En el vidrio se refleja una figura pequeña.

Una niña.

No parece estar mirando a la mujer.

Está mirando hacia otro lado.

Hacia una escalera que desciende a la oscuridad.

Amplío la imagen.

La figura lleva una pulsera de hilo rojo.

La misma que aparece en mi muñeca en la fotografía de la verja.

Y tiene la cabeza inclinada hacia un costado, exactamente como la niña de la fotografía que Mateo me mostró.

Me acerco tanto a la pantalla que los ojos empiezan a dolerme.

No puedo ver el rostro.

Pero sé quién es.

Soy yo.

La niña del reflejo soy yo.

Y estoy mirando hacia la escalera del sótano.

Mi teléfono vibra.

Un nuevo mensaje.

Ya recordaste dónde estaba la puerta.

Siento que el corazón se me acelera.

Escribo con los dedos temblorosos.

¿Quién sos?

La respuesta llega de inmediato.

La persona que intentó sacarte de allí.

Trago saliva.

¿Quién me sacó de la mansión?

Los tres puntos aparecen.

Desaparecen.

Vuelven a aparecer.

Finalmente, recibo una fotografía.

Es una imagen de una habitación oscura.

Hay una cama pequeña junto a una ventana y una puerta entreabierta. En el suelo se ve una caja de madera.

Reconozco la habitación.

No porque la haya visto antes en fotografías.

Sino porque, de pronto, puedo olerla.

El polvo.

La humedad.

La madera vieja.

Y algo más.

Un perfume suave, floral, que parece despertar un recuerdo enterrado en algún lugar de mi cabeza.

Debajo de la fotografía aparece una frase.

No fue Mateo.

Me quedo mirando la pantalla.

Otro mensaje llega inmediatamente después.

No fue tu madre.

Siento que se me enfrían las manos.

Entonces aparece un tercer mensaje.

Y Gael llegó demasiado tarde.

No puedo respirar con normalidad.

Porque si ninguno de ellos me sacó de la mansión…

¿quién lo hizo?

El teléfono vibra por última vez.

Esta vez, no hay texto.

Solo un archivo de audio.

Lo abro.

Al principio, escucho una respiración agitada.

Después, el sonido de unos pasos.

Una puerta que se cierra.

Y una voz de niña.

Mi voz.

—No quiero volver a entrar.

Otra voz responde.

Es una voz femenina, tranquila, casi dulce.

—No vas a volver a entrar, Abril. Te lo prometo.

La grabación se interrumpe.

Durante unos segundos, no me muevo.

Después, vuelvo a reproducirla.

La mujer repite la promesa.

No vas a volver a entrar, Abril. Te lo prometo.

Y entonces lo recuerdo.

No todo.

No la noche completa.

Solo una imagen.

Una mano sosteniendo la mía.

Una estrella plateada balanceándose sobre mi rostro.

Y una mujer inclinándose para susurrarme algo al oído antes de cerrar una puerta.

No puedo ver su cara.

Pero recuerdo las palabras que me dijo.

Las mismas que acabo de escuchar en la grabación.

—No vas a volver a entrar, Abril. Te lo prometo.

Me llevo ambas manos a la cabeza.

La habitación parece hacerse más pequeña.

Y por primera vez, comprendo algo que me llena de terror.

La mujer de la estrella no me pidió que olvidara a Mara.

Me prometió que nunca tendría que volver a la mansión.

Pero alguien rompió esa promesa.

Alguien me llevó de nuevo allí.

Y si mi recuerdo es verdadero…

entonces la persona que me sacó de la casa no fue la misma que me llevó hasta ella.

Mi teléfono vibra una última vez.

Un mensaje.

Mañana, a las 23:00. La puerta del sótano estará abierta.

Debajo, una segunda línea.

Si querés saber quién mató a Mara, bajá sola.

Me quedo mirando la pantalla.

No sé si se trata de una trampa.

No sé si alguien está intentando ayudarme o conducirme directamente hacia el peligro.

Y no sé qué voy a encontrar si bajo esas escaleras.

Pero hay algo que ya no puedo ignorar.

La persona que me envía estos mensajes conoce mis recuerdos mejor que yo.

Y acaba de darme una cita en el único lugar al que todos me han prohibido regresar.

La mansión Valdés.

A las once de la noche.

Miro la hora.

23:51.

Mañana tengo menos de veinticuatro horas para decidir si estoy dispuesta a enfrentar la verdad.

Y, por primera vez desde que comenzó esta pesadilla, no me pregunto si debería ir.

Me pregunto qué encontraré cuando llegue.

Porque si Mara está viva, quiero saber por qué desapareció.

Si está muerta, quiero saber quién la mató.

Y si todo lo que recuerdo es una mentira…

quiero descubrir quién me enseñó a olvidarla.

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Anonimus✨
Una obra de arte, me llaman más la atención los policiales desde el libro, quiero más novelas tuyas autor porfa termina de completar las demás novelas que tienes☺️☺️☺️☺️
Fénix.
Bravo🙌
Fénix.
No puede ser!! hubo algunos capitulos en los que me perdí pero me atrapó completamente 👏👏 bravo quiero más novelas tuyas🤭👏
Anonimus✨
Ostraaas! pero que pasada ella tiene algo que ver con la muerte de la chica??/Shame//Shame//Shame//Shame/
Anonimus✨
Se conocían? no puede ser!!!!/Shy/
Anonimus✨
Uuuuh no mames wey!!
Anonimus✨
Que genial el prólogo! la me imagino el resto de la historia
Fénix.
uffff que intrigante quiero más /Whimper//Whimper//Whimper/
Fénix.
Interesante historia, es mi primera vez leyendo una novela policial jaja le veo potencial, espero más caps😊😊😊
🌸SugarBloom🌸: Entonces espero que te guste mucho esta novela ☺️☺️
total 1 replies
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