El cielo estaba despejado aquella mañana, y las calles de la ciudad permanecían tranquilas. Nadie imaginaba que, antes de que terminara el día, el mundo que conocían dejaría de existir.
nas cuando anos riendo. Varios testigos aseguran
amó a su padre, pero la llamada terminó enviándolo ntesta, ón cambió.
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Caminando por la ciudad
Daniel salió rápidamente de debajo de la cama y se aferró a su hermano, temblando de miedo.
—¡Pensé que no ibas a venir! —exclamó, abrazándolo con fuerza.
Darian le devolvió el abrazo y le acarició el cabello.
—Tranquilo, enano. Estoy aquí. No voy a dejarte solo.
—¡No me digas enano! Ya tengo veinte años.
—Y sigues escondiéndote debajo de las camas.
—¡Darian!
El soldado soltó una pequeña risa antes de ponerse serio nuevamente.
—Vamos, tenemos que salir de aquí.
Daniel recordó al vecino y miró hacia la sala.
—Espera, el señor Ramírez está aquí. Me ayudó cuando esas cosas comenzaron a entrar al edificio.
Ambos salieron de la habitación y encontraron al hombre escondido detrás del sofá.
—Tenemos que irnos ahora mismo —dijo Darian—. ¿Puede caminar?
El vecino asintió rápidamente.
Los tres se dirigieron hacia la salida, pero apenas llegaron al pasillo escucharon un ruido extraño. Darian levantó su arma y observó una criatura que avanzaba lentamente desde el extremo de las escaleras.
Su piel grisácea estaba cubierta de manchas oscuras y sus brazos eran demasiado largos para su cuerpo.
—¡Regresen! —ordenó Darian.
Daniel retrocedió inmediatamente.
La criatura lanzó un chillido y comenzó a correr hacia ellos.
Darian disparó para detenerla y aprovechó aquellos segundos para conducir a su hermano y al vecino hacia las escaleras de emergencia.
—¡No se detengan!
Bajaron apresuradamente hasta llegar al estacionamiento. Darian abrió las puertas del vehículo militar y dejó que ambos subieran.
—¡Agáchense!
Daniel apenas tuvo tiempo de obedecer cuando otra criatura apareció detrás de una columna.
Darian subió al vehículo, encendió el motor y aceleró, atravesando la salida del estacionamiento.
Solo cuando estuvieron a varias calles de distancia, Daniel se atrevió a incorporarse.
—¿Siempre tienes que meterte en situaciones peligrosas? —preguntó, mirando a su hermano.
—Soy soldado. Es parte de mi trabajo.
—Pues tu trabajo es horrible.
—Gracias por tu opinión.
Daniel cruzó los brazos, molesto.
Por unos instantes, ambos parecieron olvidar lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Sin embargo, al mirar por la ventana, Daniel volvió a ponerse serio.
Las calles estaban irreconocibles. Había automóviles abandonados, semáforos destruidos y humo saliendo de varios edificios. Algunas personas buscaban refugio en las tiendas, mientras otras corrían desesperadamente.
—¿Esto está pasando en toda la ciudad? —preguntó Daniel.
—No lo sé. Perdimos comunicación con la base y no tenemos información confiable.
—¿Entonces qué vamos a hacer?
Darian observó la carretera.
—Hay un refugio militar al norte. Si todavía está funcionando, podremos protegernos allí mientras averiguamos qué está pasando.
Daniel asintió, aunque seguía preocupado.
—¿Y nuestros padres? No he podido comunicarme con ellos desde esta mañana.
Darian apretó el volante.
—Cuando lleguemos al refugio, intentaré comunicarme con ellos. Por ahora, debemos mantenernos a salvo.
El vecino, que había permanecido callado en el asiento trasero, intervino:
—¿De verdad cree que el ejército podrá controlar esas cosas?
Darian tardó unos segundos en responder.
—No voy a mentirle. Nunca había visto algo parecido.
De pronto, una explosión resonó a unas calles de distancia. El vehículo se sacudió y Daniel se sujetó del asiento.
—¡¿Qué fue eso?!
Darian miró por el retrovisor.
Una columna de humo se elevaba detrás de varios edificios. Las alarmas de los automóviles comenzaron a sonar y una multitud apareció corriendo por una calle lateral.
—Tenemos que desviarnos —dijo el soldado.
Giró el volante y tomó una avenida más estrecha. Sin embargo, al avanzar unos metros, encontró varios vehículos bloqueando el camino.
—¡Genial! —exclamó Daniel—. ¿Y ahora qué?
Darian examinó los alrededores.
—Tendremos que continuar a pie.
Estacionó detrás de una camioneta y bajó del vehículo. Después ayudó al vecino a salir y le entregó una pequeña linterna.
—Manténgase cerca de nosotros.
Daniel bajó también y se ajustó la sudadera.
—¿Tengo que caminar con todo este caos?
Darian lo miró de arriba abajo.
—Si prefieres quedarte aquí, puedes invitar a cenar a las criaturas.
—¡Ya voy, ya voy!
Los tres comenzaron a avanzar por una calle secundaria, evitando las zonas donde se escuchaban gritos.
Mientras caminaban, encontraron una pequeña tienda con la puerta abierta. Darian se detuvo y observó el interior.
—Necesitamos agua y provisiones. Daniel, quédate con el señor Ramírez mientras reviso.
—¿Por qué siempre me dejas esperando? —se quejó Daniel.
—Porque alguien tiene que vigilar la calle.
Darian entró con cautela y recogió varias botellas de agua, alimentos enlatados y una mochila que encontró detrás del mostrador. No había nadie en el interior.
Cuando salió, escuchó un estruendo a lo lejos.
—Tenemos que movernos. El ruido podría atraer a esas cosas.
Daniel tomó una de las botellas y la guardó en su mochila.
Continuaron caminando hasta llegar a una pequeña plaza. Allí encontraron a varias personas refugiadas dentro de una farmacia, mientras dos policías intentaban organizar la evacuación.
Darian se acercó a uno de ellos.
—Soy sargento del ejército. ¿Sabe si el refugio del sector norte continúa operativo?
El policía lo miró con alivio.
—Por el momento, sí. Pero tenga cuidado. Las carreteras principales están bloqueadas y las criaturas aparecen sin previo aviso.
—¿Hay alguna ruta segura?
El hombre señaló una calle que atravesaba una zona residencial.
—Sigan por ahí. Llegarán a una avenida que conduce directamente al puesto militar.
Darian agradeció la información y regresó junto a su hermano.
—Tenemos una ruta. Vamos.
Daniel lo siguió, aunque antes miró hacia la plaza, donde varias familias lloraban y trataban de encontrar a sus seres queridos.
—Darian… ¿crees que algún día todo volverá a ser como antes?
Su hermano guardó silencio durante unos segundos.
—No lo sé, Daniel. Pero mientras podamos hacer algo para sobrevivir, no nos rendiremos.
Daniel asintió y caminó a su lado.
Los tres se alejaron de la plaza mientras las sirenas continuaban resonando por toda la ciudad. Aún no sabían cuánto duraría aquella pesadilla ni cuántas criaturas encontrarían en el camino.
Pero una cosa era segura: aquella sería una noche muy larga.