Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.
Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.
Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.
Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.
Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.
Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.
¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?
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Capítulo 11 — El capitán de la Fuerza Aérea
El cielo sobre Seúl estaba despejado esa mañana.
Un azul intenso se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
En la cabina de un caza de entrenamiento, Kang Min-Jae mantenía los ojos fijos en el horizonte.
Su voz sonaba tranquila por la radio.
—Altitud estabilizada.
—Confirmado, capitán —respondió el piloto más joven a su lado.
Para cualquier observador, Min-Jae parecía el mismo de siempre.
Seguro.
Concentrado.
Impecable.
El oficial ejemplar al que todos respetaban.
Pero su mente no estaba del todo ahí.
Una parte de ella seguía atrapada en una pequeña ciudad de Britania.
En una florería.
En un jardín lleno de rosas.
En un omega que creía estar escribiéndole a alguien que nunca existió.
Aquello se estaba volviendo un problema.
Un problema enorme.
Porque, por primera vez en años, Min-Jae no lograba sacarse a alguien de la cabeza.
Después del entrenamiento, regresó a la base.
Apenas entró al edificio principal, encontró a Ji-Ho recargado cerca del pasillo.
—Por fin.
—¿Qué pasó?
—El coronel te está buscando.
—Esa nunca es una frase agradable.
—Estoy de acuerdo.
Los dos avanzaron juntos por el pasillo.
—¿Y bien? —preguntó Ji-Ho.
—¿Y bien qué?
—¿Enviaste la carta?
Min-Jae le lanzó una mirada cansada.
—No.
—¿Todavía no?
—No.
—Tienes miedo.
—No tengo miedo.
—Sí lo tienes.
—Ji-Ho.
—Min-Jae.
—Un día voy a pedir que me trasladen a una base lejana.
—Y yo voy a pedir que me trasladen a la misma base.
A Min-Jae se le escapó una risa.
A veces era imposible discutir con él.
Más tarde, tras terminar sus obligaciones, Min-Jae volvió a casa.
El departamento estaba en silencio.
Como siempre.
Se quitó el uniforme.
Preparó café.
Y abrió el cajón donde guardaba las cartas.
Recorrió con la vista los sobres cuidadosamente ordenados.
Había algo casi sagrado en aquel pequeño conjunto de papeles.
Cada carta guardaba un pedazo de la vida de Ethan.
Un recuerdo.
Una emoción.
Una historia.
Min-Jae tomó la fotografía que Ethan le había mandado semanas atrás.
La imagen de los padres del joven.
Ya la había mirado muchas veces.
Pero ahora se fijó en otro detalle.
La sonrisa.
El mismo tipo de sonrisa que imaginaba en Ethan cuando leía sus cartas más alegres.
La misma amabilidad.
La misma luz.
Sin darse cuenta, sonrió también.
Entonces sonó el teléfono.
Era su hermana mayor.
Kang Soo-Min.
Una de las pocas personas capaces de hacerlo dejar cualquier actividad al instante.
—Por fin te dignaste a contestar.
—Estoy trabajando.
—Mentira.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te conozco.
Min-Jae se rio.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué llamaste?
—Porque hace semanas que no visitas a la familia.
—Tengo trabajo.
—Siempre tienes trabajo.
Ella hizo una pausa.
—¿O hay algo más?
Min-Jae guardó silencio.
Demasiado silencio.
—Espera.
La voz de ella cambió de inmediato.
—¿Hay alguien?
—No.
—Sí hay.
—No hay.
—Min-Jae.
—Soo-Min.
—¿Mi hermano está enamorado?
—No lo estoy.
—Dios mío, está enamorado.
Min-Jae cerró los ojos.
¿Por qué todos a su alrededor llegaban tan rápido a la misma conclusión?
—No conozco a esa persona.
Del otro lado de la línea hubo silencio.
—¿Qué?
—Nada.
—No. Regresa.
—Olvídalo.
—Acabas de decir que estás enamorado de alguien a quien no conoces.
—Yo no dije eso.
—Fue exactamente lo que dijiste.
—No.
—Sí.
Min-Jae colgó antes de que la situación empeorara.
Pero ya era tarde.
Porque ahora hasta su hermana sabía que algo estaba pasando.
Mientras tanto, en Britania...
Ethan preparaba flores para un encargo especial.
El día estaba tranquilo.
Hasta que apareció Oliver Bennett.
Otra vez.
—Buenos días.
Ethan ni siquiera necesitó mirar para reconocer la voz.
—Estás empezando a aparecer con una frecuencia preocupante.
Oliver sonrió.
—Vine a comprar flores.
—¿Por cuarta vez esta semana?
—Quizá me gusten las flores.
—Ni siquiera sabías distinguir una rosa de un tulipán.
—Estoy aprendiendo.
Ethan no pudo evitar reírse.
Era irritante.
Pero también un poco gracioso.
Oliver apoyó los brazos en el mostrador.
—Tu tío me contó que rechazaste mi solicitud.
La sonrisa de Ethan se esfumó.
—Oliver...
—Está bien.
Ethan parpadeó.
—¿Está bien?
—Sí.
—No pareces enojado.
—Porque no lo estoy.
Aquello lo sorprendió.
—¿No?
—No voy a obligarte a nada.
Por primera vez, Ethan vio algo distinto en aquel alfa.
Algo sincero.
Algo genuino.
—Gracias.
Oliver sonrió.
—Pero eso no significa que vaya a rendirme.
—Ah.
—Pienso seguir intentándolo.
—Claro.
—Mucho.
—Me lo imaginaba.
Oliver se rio.
Ethan también.
Pero cuando el alfa se fue, algo siguió inquietándolo.
No era Oliver.
Era otra cosa.
Porque incluso ante un hombre amable, paciente y respetuoso...
Su corazón permanecía en silencio.
Y eso lo asustaba.
Esa noche, Ethan volvió a escribir.
Como siempre.
Como todas las noches.
Querido capitán Kang Min-Jae,
Las palabras salieron con naturalidad.
Como una conversación entre viejos amigos.
Como algo que ya formaba parte de él.
Hoy Oliver volvió a aparecer en la florería.
Contó la visita.
La conversación.
La insistencia del alfa.
Y luego escribió:
Quizá debería darle una oportunidad.
La pluma se detuvo.
Ethan observó la frase.
Sintió una opresión en el pecho.
Porque, por primera vez desde que empezó con aquellas cartas, las palabras le sonaban mal.
Muy mal.
Despacio, la tachó.
Y empezó de nuevo.
No sé qué debo hacer.
Al otro lado del mundo, sin que él lo supiera, había alguien que tampoco lo sabía.
Alguien que miraba una carta nunca enviada.
Alguien que empezaba a darse cuenta de que quizá se estaba quedando sin tiempo.