Ella es la hija de un General, es capaz, es inteligente, Pero todos ven que ser mujer es su única debilidad.
Pero ella demostrará lo contrario.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Jared 2
Emma descubrió que Jared tenía una memoria extraordinaria para las cosas que le molestaban.
Recordaba cada comentario sarcástico.
Cada vez que ella lo había corregido.
Cada ocasión en que le había dicho que se apartara de su escritorio.
Y, por supuesto, recordaba perfectamente que la capitana Viceroy no disfrutaba de su compañía.
Aquello parecía animarlo todavía más.
Una tarde, Emma se encontraba revisando unos documentos cuando escuchó dos golpes en la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Jared entró.
Emma lo miró.
Después miró la puerta.
Luego volvió a mirarlo.
—¿Qué hace aquí?
El duque cerró la puerta con absoluta tranquilidad.
—Buenas tardes para usted también, capitana.
—Su gracia, esta es mi oficina.
—Lo he notado.
—¿Y necesita algo relacionado con mis funciones?
Jared fingió reflexionar.
—Ahora que lo menciona, no.
Emma dejó la pluma sobre el escritorio.
—Entonces, ¿por qué está aquí?
El duque se acercó a una silla y se sentó sin pedir permiso.
—He venido a visitarla.
Emma lo contempló con una expresión de absoluto desconcierto.
—¿A visitarme?
—Sí.
—¿Por qué?
Jared sonrió.
—Porque me apetecía.
Emma permaneció inmóvil.
[¿Este hombre no tiene tierras que administrar? ¿negocios que atender? ¿Algún asunto político que resolver? ¿Por qué está aquí sentado como si no tuviera absolutamente nada que hacer?]
—Su gracia.. tengo trabajo.
—Lo veo.
—Mucho trabajo.
—Es admirable.
—Y no tengo tiempo para entretenerlo.
Jared apoyó un brazo en la silla.
—No necesito que me entretenga. Su compañía es suficiente.
Emma lo miró fijamente.
Después dejó caer la pluma sobre el escritorio.
—¿Está enfermo?
El duque soltó una carcajada.
—No que yo sepa.
—¿Ha sufrido algún golpe en la cabeza?
—No.
—¿Ha bebido algo extraño?
Jared se llevó una mano al pecho.
—Capitana, empiezo a sentirme ofendido.
—Excelente. Entonces mi trabajo aquí ha terminado.
El duque se echó a reír.
Emma tuvo que cerrar los ojos durante un instante.
[Respira. No puedes golpear a un duque. No puedes golpear a un duque. No puedes golpear a un duque.]
Jared la observó con interés.
—¿Está intentando decidir si debería expulsarme de su oficina?
Emma abrió los ojos.
—Estoy intentando decidir si existe alguna norma que me permita hacerlo sin provocar un incidente diplomático.
—Qué lástima.
—¿Qué cosa?
—Que no haya encontrado ninguna.
Emma se puso de pie.
Jared también se levantó, aunque su sonrisa no desapareció.
—Su gracia, le sugiero que se marche.
—¿Me está dando una orden?
—Estoy intentando ser amable.
—Entonces debería practicar más.
Emma señaló la puerta.
Jared la miró durante unos segundos.
Después inclinó la cabeza.
—Hasta mañana, capitana.
—No vuelva mañana.
—Lo intentaré.
Emma lo vio salir.
La puerta se cerró.
Hubo un silencio.
Y entonces, desde el corredor, llegó la voz del duque.
—¡Ah, por cierto! ¡Le queda muy bien ese uniforme!
Emma se quedó inmóvil.
Después cerró los ojos y apretó los puños.
[¡Voy a matarlo!]
No lo hizo, naturalmente.
Porque era una oficial responsable.
Una mujer disciplinada.
Una capitana del ejército de Sunderland.
Y porque, aunque le resultaba difícil admitirlo, el día había sido considerablemente menos aburrido que de costumbre.
Lo cual era una circunstancia profundamente preocupante.
Aquella noche, Jared regresó a la residencia Kovacic con una sonrisa que no consiguió disimular.
Su mayordomo lo recibió en la entrada.
—Buenas noches, su gracia.
—Buenas noches.
—¿Ha sido una jornada productiva?
Jared se detuvo.
Pensó en las reuniones del consejo.
En los informes que había revisado.
En las decisiones políticas que había discutido.
Y, finalmente, en Emma Viceroy.
—Extraordinariamente productiva.
El mayordomo inclinó la cabeza, satisfecho.
—Me alegra escucharlo, su gracia.
Jared subió las escaleras.
Al llegar a su despacho, dejó los documentos sobre el escritorio y se sentó.
Después se quedó mirando la pared.
[La capitana Viceroy.]
Recordó su expresión cuando lo había encontrado sentado en su oficina.
Recordó la manera en que había apretado los labios para contener una respuesta.
Recordó cómo había intentado expulsarlo sin perder la compostura.
Y sonrió.
No era simplemente que Emma fuera hermosa, aunque lo era.
Tampoco era únicamente su inteligencia o su carácter.
Era la sensación de que, cuando estaba con ella, no necesitaba fingir que era el duque perfecto.
Emma no parecía interesada en sus títulos.
No buscaba su aprobación.
No se esforzaba por agradarle.
Si decía algo absurdo, ella se lo hacía saber.
Si intentaba provocarla, le respondía.
Y si se comportaba como un idiota, no tenía reparos en tratarlo como tal.
Jared se llevó una mano al rostro.
[Estoy en problemas.]
La conclusión era evidente.
Había conocido a una mujer que no quería impresionarlo.
Y ahora deseaba desesperadamente impresionarla a ella.
El problema era que Jared Kovacic no tenía la menor idea de cómo hacerlo.
Sabía negociar con nobles, discutir leyes y convencer a sus vasallos de aceptar decisiones difíciles.
Sabía administrar tierras y resolver conflictos políticos.
Pero no sabía cómo acercarse a una mujer sin terminar provocándola.
Mucho menos a una que parecía dispuesta a lanzarlo por una ventana.
Jared sonrió lentamente.
[Quizá debería intentarlo de nuevo mañana.]
Se quedó pensando.
Después soltó una carcajada.
—Esto se pondrá interesante..
Y, sin embargo, al día siguiente volvería al palacio.
No porque el consejo lo necesitara.
No porque tuviera asuntos urgentes que resolver.
Ni siquiera porque su hermano trabajara allí.
Volvería porque quería ver a Emma Viceroy.
Quería escucharla discutir.
Quería descubrir qué podía hacer para que aquella mirada severa se transformara en una sonrisa que no estuviera acompañada de un insulto.
Y, si para conseguirlo tenía que soportar que lo llamara arrogante, insoportable o completamente inútil...
Y Jared Kovacic estaba dispuesto a correr el riesgo.
Quizá había llegado el momento de aprender a acercarse a alguien sin convertir cada encuentro en una batalla.
Aunque, por desgracia para Emma Viceroy, el duque todavía no había comprendido que perseguir a una mujer que disfruta de su independencia no significa invadir cada uno de sus espacios hasta conseguir su atención.
Y Emma, que había sobrevivido a campañas militares, prejuicios y reuniones interminables, estaba a punto de descubrir que ninguna de aquellas experiencias la había preparado para lidiar con un duque que parecía haber convertido su paciencia en su pasatiempo favorito.
Lo peor de todo era que, cada vez que Jared aparecía, Emma terminaba respondiéndole.
Y cada vez que ella le respondía, Jared se marchaba más satisfecho.
Era una situación absurda.
Una auténtica tragedia administrativa.
Y, sin que ninguno de los dos estuviera dispuesto a admitirlo, el comienzo de algo que ninguno había planeado.
Emma quería que Jared la dejara en paz.
Jared quería que Emma lo mirara.