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ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

ENTRE EL PELIGRO Y TÚ AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:67
Nilai: 5
nombre de autor: FOAR

ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️‍🔥

Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.

Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.

Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.

NovelToon tiene autorización de FOAR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL EXPEDIENTE AZUL

«Esta vez no podrás salvar a Sebastián de lo que hizo tu padre».

Leí el mensaje una y otra vez, esperando que las palabras cambiaran.

Pero no cambiaron.

Sebastián seguía sosteniendo el teléfono, con el rostro pálido y la mirada perdida. Acababa de escuchar la voz de su padre después de años creyéndolo desaparecido, y ahora ni siquiera sabía si seguía con vida.

Me acerqué a él.

—Sebastián, mírame.

No reaccionó.

Le tomé el rostro entre las manos y lo obligué suavemente a mirarme.

—Vamos a encontrarlo.

—¿Y si Mateo lo ha matado?

—Entonces descubriremos la verdad sobre lo que ocurrió. Pero no vamos a rendirnos antes de intentarlo.

Sebastián cerró los ojos y apoyó la frente contra la mía.

—No sé qué haría si te perdiera.

—No vas a perderme.

Lo besé suavemente.

Él me rodeó con los brazos y me apretó contra su pecho. Sentí cómo temblaba, aunque intentaba ocultarlo.

—Te amo, Valentina —susurró—. Pase lo que pase, necesito que lo sepas.

—Yo también te amo.

Nos quedamos abrazados unos segundos más.

Después, Sebastián se apartó y recuperó su expresión decidida.

—Tenemos una hora.

Mariana se acercó a nosotros.

—No pueden ir solos. Es exactamente lo que Mateo quiere.

—Si no vamos, mi padre podría morir —respondió Sebastián.

—Y si van sin pensar, puede que no regresen.

—¿Entonces qué sugieres? ¿Que nos quedemos esperando?

Mariana lo miró con tristeza.

—Sugiero que aprendan de los errores que cometimos nosotros. No vuelvan a creer que tienen que enfrentarse a todo sin ayuda.

Alejandro Ferrer, que había permanecido en silencio, se acercó a la mesa.

—Mariana tiene razón. Puedo rastrear la dirección y averiguar si hay más personas involucradas.

Sebastián lo miró con desconfianza.

—Después de todo lo que acabamos de descubrir, ¿esperas que confíe en ti?

—No —respondió Alejandro—. Espero que me des la oportunidad de demostrarte que, esta vez, estoy diciendo la verdad.

Hubo un silencio incómodo.

Finalmente, Sebastián asintió.

—Tienes veinte minutos.

Alejandro tomó su computadora y comenzó a trabajar.

Yo me quedé mirando la fotografía del expediente azul.

Había algo en ella que me resultaba familiar.

La mesa de madera, la lámpara antigua, una cortina verde al fondo…

De repente, recordé una habitación de mi infancia.

La casa donde vivíamos antes del accidente.

El despacho de mi padre.

—Ya sé dónde está esa fotografía —dije.

Todos se volvieron hacia mí.

—¿Qué?

Señalé la pantalla.

—Esa habitación. La conozco. Es el despacho de mi padre en nuestra antigua casa.

Mi padre había guardado documentos allí durante años. Recuerdo que, cuando era pequeña, me prohibía entrar. Siempre decía que había cosas peligrosas que una niña no debía ver.

—¿Crees que el expediente sigue allí? —preguntó Sebastián.

—No lo sé. Pero si la fotografía fue tomada en esa habitación, puede que Mateo esté utilizando la casa como escondite.

Alejandro Ferrer levantó la mirada de su computadora.

—La dirección del mensaje coincide con esa propiedad.

Sentí un escalofrío.

—Entonces tenemos que ir.

---

La antigua casa estaba rodeada de árboles y parecía abandonada desde hacía años.

La verja estaba abierta.

Sebastián estacionó a cierta distancia y apagó el motor.

—Quédate cerca de mí —dijo.

—Lo haré.

—Y si te digo que corras, corres.

Lo miré con una ceja levantada.

—¿Podrías dejar de darme órdenes durante cinco minutos?

Él sonrió apenas.

—Lo intentaré.

Me tomó la mano y la besó.

—Pero no pienso dejar que te pase nada.

—Y yo tampoco pienso dejar que te pase nada a ti.

Entramos por una puerta lateral.

El interior olía a humedad y polvo. Los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas, y las fotografías familiares habían desaparecido de las paredes.

Todo parecía detenido en el tiempo.

Caminé hacia el despacho de mi padre.

La puerta estaba cerrada.

Al tocar el picaporte, sentí un recuerdo fugaz: mi madre llorando, mi padre discutiendo por teléfono y una voz masculina que repetía que los documentos debían desaparecer.

Me llevé una mano a la cabeza.

—¿Valentina? —preguntó Sebastián—. ¿Qué pasa?

—Creo que estuve aquí la noche del accidente.

Él me sostuvo por los brazos.

—¿Recuerdas algo?

—Solo fragmentos. Mi madre me decía que me escondiera. Escuché un golpe y después…

La respiración se me aceleró.

—Después vi a alguien con un arma.

Sebastián me abrazó inmediatamente.

—No tienes que forzarte a recordar.

—Pero necesito saber qué ocurrió.

—Lo averiguaremos juntos.

Me besó la frente y abrió la puerta.

El despacho estaba prácticamente vacío. Los cajones habían sido arrancados y había papeles quemados en una chimenea.

Pero sobre el escritorio había una pequeña caja metálica.

La reconocí al instante.

—Era de mi padre.

Me acerqué y levanté la tapa.

Dentro había una llave diminuta y una nota escrita a mano.

«Si algún día encuentras esto, Valentina, significa que no pude protegerte de la verdad. Busca el expediente azul. No confíes en la primera versión de los hechos, ni siquiera en la mía».

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Mi padre sabía que esto podía ocurrir.

Sebastián tomó la nota y la leyó.

—Parece que quería que descubrieras la verdad por ti misma.

Examiné la caja y encontré una pequeña inscripción en la base: Archivo 17.

—¿Qué significa?

Sebastián miró la llave que había dentro.

—Puede que abra un cajón oculto.

Buscamos en el escritorio hasta que él descubrió una cerradura detrás de uno de los paneles laterales.

La llave encajó perfectamente.

Se escuchó un clic.

Un compartimento secreto se abrió bajo el escritorio.

Dentro había un sobre azul oscuro.

Lo saqué con manos temblorosas.

En la portada, escrito con tinta negra, aparecían nuestros nombres.

VALENTINA RÍOS Y SEBASTIÁN MONTENEGRO.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Por qué nuestros nombres están juntos?

Sebastián abrió el sobre.

Dentro había informes médicos, fotografías, registros de llamadas y una copia de la denuncia presentada después del accidente.

Pero el primer documento era el que nos dejó sin palabras.

Era un informe sobre el accidente ocurrido once años atrás.

En el apartado de personas involucradas aparecían nuestros nombres.

Valentina Ríos: ocho años.

Sebastián Montenegro: diez años.

Y debajo, una anotación:

«Los menores no fueron víctimas accidentales. Su presencia en el lugar estaba prevista».

Me cubrí la boca.

—No puede ser.

Sebastián siguió leyendo.

—Aquí dice que alguien organizó el encuentro entre nuestros padres y que ambos niños fueron trasladados al lugar antes de que comenzara la operación.

—¿Por qué nos llevarían allí?

Él pasó a la siguiente página.

Era una lista de transferencias bancarias.

Una cantidad de dinero había sido enviada a una cuenta vinculada a una empresa de seguridad privada.

El nombre del beneficiario aparecía claramente.

Alejandro Ferrer.

Sebastián se quedó inmóvil.

—No…

—Puede que la transferencia fuera para proteger a Mariana —dije, intentando encontrar una explicación.

Él negó lentamente con la cabeza.

—No es eso.

Me mostró la fecha.

La transferencia se había realizado tres días antes del accidente.

Y el concepto decía:

«Traslado y custodia de los menores».

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Alguien pagó para que nos llevaran allí?

Sebastián continuó revisando los documentos.

Entonces encontró una hoja doblada al final del expediente.

Era una declaración firmada por mi padre.

La leí en voz alta, con la voz temblorosa.

—«Acepté trasladar a mi hija al lugar indicado porque me aseguraron que sería la única manera de garantizar la seguridad de mi familia. Nunca imaginé que utilizarían a los niños para obligarnos a guardar silencio».

Me quedé paralizada.

Mi padre había aceptado llevarme allí.

Aunque hubiera creído que estaba protegiéndome, había tomado una decisión que puso mi vida en peligro.

Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.

—Me mintió.

Sebastián me rodeó con los brazos.

—Valentina…

—Toda mi vida me dijo que había hecho todo lo posible por salvarme. Pero sabía que me estaba llevando a una situación peligrosa.

—Quizá no sabía lo que iba a ocurrir.

—¿Y cómo puedo saberlo? ¡Todos tienen una explicación para sus mentiras!

Me aparté de él y limpié mis lágrimas.

No quería que Sebastián me viera derrumbarme, pero ya era demasiado tarde.

Él me tomó suavemente de la mano.

—No tienes que defenderlo. Puedes estar enfadada con él y seguir queriéndolo. Las dos cosas pueden ser ciertas.

Lo miré.

—¿Y si descubrimos que nuestros padres nos utilizaron desde el principio?

Sebastián me acarició la mejilla.

—Entonces tendremos que decidir qué hacemos con esa verdad. Pero lo que nosotros sentimos no nació en aquel accidente, Valentina. Nació después. Cuando empezamos a conocernos, cuando discutíamos, cuando nos buscábamos aunque intentáramos alejarnos.

Apoyé la frente contra su pecho.

—Tengo miedo de que todo esto nos destruya.

Él me levantó suavemente el rostro.

—No voy a permitir que el pasado decida nuestro futuro.

Me besó.

Y durante un instante conseguí respirar de nuevo.

Hasta que escuchamos un ruido en el pasillo.

Sebastián se apartó inmediatamente y guardó el expediente dentro del sobre.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió.

Entonces una voz masculina surgió desde la entrada del despacho.

—Veo que encontraron lo que buscaban.

Alejandro Montenegro apareció en el umbral.

No llevaba armas visibles, pero su expresión era tan fría que sentí un escalofrío.

Sebastián se colocó delante de mí.

—¿Dónde está mi padre?

Alejandro no respondió.

Sus ojos se dirigieron al expediente azul que Sebastián sostenía.

—Dámelo.

—Primero dime dónde está.

—No estás en posición de negociar conmigo.

Sebastián soltó una risa amarga.

—Eso mismo me decías cuando era niño. Ya no soy ese niño.

Por primera vez, algo parecido al dolor cruzó el rostro de Alejandro.

Pero desapareció enseguida.

—No tienes idea de lo que estás haciendo.

—Entonces explícame por qué nuestros nombres aparecen en un informe que dice que nuestra presencia en aquel accidente estaba prevista.

Alejandro guardó silencio.

—¿Quién organizó aquello? —insistí.

Él me miró.

—Tu padre y el mío no fueron los únicos que participaron.

—¿Quién más?

Alejandro dio un paso hacia nosotros.

—La persona que diseñó todo el plan sigue viva. Y si entregan ese expediente a las autoridades, esa persona no será la única que caerá.

Sebastián apretó el sobre.

—No me importa.

—Debería importarte. Porque hay una razón por la que tú sobreviviste y Valentina también.

Se me heló la sangre.

—¿Cuál?

Alejandro sostuvo mi mirada.

—Porque alguien necesitaba que ustedes dos crecieran.

El silencio fue absoluto.

—¿Para qué? —preguntó Sebastián.

Alejandro respiró profundamente.

—Para que, llegado el momento, uno de ustedes pudiera destruir al otro.

Sentí que el corazón se me detenía.

Antes de que pudiéramos reaccionar, un teléfono comenzó a sonar en el bolsillo de Alejandro.

Él contestó.

Escuchó durante unos segundos.

Después, su expresión cambió por completo.

—¿Qué quieres decir con que escapó?

Nos miró, pálido.

—No. No la dejes salir de allí.

La llamada terminó.

—¿Qué ocurrió? —pregunté.

Alejandro bajó lentamente el teléfono.

—Mateo tiene a Clara y a tu padre. Pero acabo de recibir una noticia.

Sebastián dio un paso hacia él.

—¿Cuál?

Alejandro levantó los ojos.

—Mariana ha desaparecido del circuito.

Y antes de que pudiera decir algo más, una detonación sacudió la casa.

Las ventanas estallaron.

Sebastián me cubrió con su cuerpo mientras el polvo llenaba el despacho.

Cuando conseguimos levantarnos, Alejandro había desaparecido.

Y el expediente azul ya no estaba en las manos de Sebastián.

En el suelo solo quedaba una hoja arrancada.

La recogí con dedos temblorosos.

Tenía una última anotación escrita a mano:

«El plan solo funcionará si Valentina se enamora de Sebastián. Cuando llegue el momento, él tendrá que elegir: matarla o verla morir».

Levanté la mirada hacia Sebastián.

Él leyó la frase por encima de mi hombro.

Y por primera vez desde que nos conocíamos, no supe qué decirle.

Porque alguien había planeado nuestro encuentro mucho antes de que nos enamoráramos.

Y quizá nuestro amor formaba parte de una trampa que llevaba once años preparándose.

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