Aurora rescató a Eric de las cenizas de un viejo desamor, transformando la gratitud en un matrimonio cálido y prometedor. Sin embargo, dos años de felicidad se derrumban en cuestión de meses cuando Patricia, la expareja que lo abandonó, reaparece con artimañas y una codicia disfrazada de nostalgia. Atrapado en la red de manipulaciones, Eric traiciona a la mujer que le devolvió la vida.
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Capítulo 10: La estocada legal
El lunes amaneció despejado, con un sol brillante que recortaba las columnas de mármol del Palacio de Justicia contra el cielo azul. A las siete y media de la mañana, media hora antes de que abrieran las puertas al público, Aurora subía las escalinatas principales con paso firme.
Vestía un traje sastre impecable, zapatos de tacón medio que resonaban con autoridad sobre las baldosas y un maletín de cuero donde reposaba el expediente definitivo. Valeria caminaba a su lado, sosteniendo una carpeta de sellos notariales y una determinación férrea en la mirada.
—¿Estás completamente segura de no darle una advertencia previa? —preguntó Valeria en voz baja mientras cruzaban el control de seguridad—. Podrías llamarlo, obligarlo a firmar un acuerdo privado y evitarte el desgaste judicial.
—Los acuerdos privados se firman entre caballeros que cometen errores, no con traidores que vacían las cuentas de su propia casa para complacer a una amante —respondió Aurora sin detenerse, con una serenidad que helaba los huesos—. Si le advierto, vaciará lo poco que queda en los plazos fijos y buscará transferir bienes a nombre de terceros. A un depredador no se le avisa que se le va a disparar: se le quita el arma de las manos antes de que apriete el gatillo.
En la Mesa de Entradas del Juzgado de Familia de Primera Nominación, el empleado judicial abrió los ojos con desmesura al recibir el bibliorato de más de ciento veinte fojas. Sobre la carátula, mecanografiada con pulcritud milimétrica, rezaba la demanda:
> «PÉREZ, AURORA C/ MÉNDEZ, ERIC S/ DIVORCIO VINCULAR POR CAUSA GRAVE, DAÑO MORAL, RENDICIÓN DE CUENTAS Y MEDIDAS CAUTELARES URGENTES»
>
Aurora no había dejado nada librado al azar. Había interpuesto la demanda ejerciendo su propio patrocinio letrado, adjuntando tres anexos demoledores: el informe del perito informático con transcripciones certificadas, las fotografías notariadas en hoteles y restaurantes, y el peritaje contable que acreditaba la distracción dolosa de los fondos gananciales en beneficio de Patricia Albarracín.
Para garantizar la efectividad del proceso, Aurora solicitó tres medidas cautelares de ejecución inmediata:
* Inhibición general de bienes y embargo preventivo sobre todas las cuentas corrientes y cajas de ahorro a nombre de Eric Méndez.
* Revocación inmediata de todos los poderes de administración y disposición que Eric ostentaba sobre los casos compartidos y el inmueble sede del despacho.
* Fijación de audiencia de ratificación en plazo perentorio de veinticuatro horas, bajo apercibimiento de rebeldía y sentencia inmediata en rebeldía.
A las nueve de la mañana, el juez de turno, ante la contundencia documental y el riesgo inminente de insolvencia fraudulenta, firmó la providencia inicial ordenando las medidas cautelares y habilitando día y hora para la notificación personal mediante oficial de justicia.
La trampa estaba cerrada.
A esa misma hora, en el piso octavo del edificio corporativo donde funcionaba el estudio jurídico, Eric disfrutaba de un café recién servido mientras revisaba su agenda. Tenía los pies cruzados sobre el escritorio y una sonrisa relajada en los labios. Patricia le había enviado un mensaje temprano felicitándolo por ser «el hombre más brillante de la ciudad», y él se sentía intocable, amo y señor de su propio universo.
De pronto, la puerta de su privado se abrió sin que mediara anuncio alguno.
Entró su secretaria, pálida como un papel, seguida por un hombre de traje gastado con un portafolios bajo el brazo y una credencial metálica colgada de la solapa.
—Doctor Méndez… perdone que interrumpa —balbuceó la secretaria con las manos temblorosas—. El oficial de justicia insiste en ingresar de manera urgente.
Eric frunció el ceño, divertido por la escena. Se incorporó con lentitud, acomodándose la corbata con condescendencia profesional:
—¿Un mandamiento judicial a esta hora? Debe haber un error, oficial. Mi estudio solo litiga en el fuero civil y comercial. No tenemos medidas de secuestro pendientes.
—No hay ningún error, doctor Méndez —respondió el oficial con voz monótona e impersonal, sacando un fajo de hojas selladas y un bolígrafo—. Notificación judicial de carácter personal e inaplazable. Juzgado de Familia de Turno. Firme aquí el recibido y la hora exacta, por favor.
Eric sonrió con ironía mientras tomaba el documento:
—¿Familia? Mis clientes no litigan en…
Las palabras se le murieron en la boca.
Su mirada se clavó en las letras negras del encabezado: PÉREZ, AURORA C/ MÉNDEZ, ERIC.
El corazón de Eric dio un vuelco violento contra sus costillas. El aire se volvió de plomo. Con manos que de pronto comenzaron a temblar de forma visible, dio vuelta la primera foja. Luego la segunda.
La sangre se le heló en las venas.
Allí estaban, ampliadas a página completa y con una nitidez escalofriante, las fotografías de él saliendo del hotel boutique con Patricia, besándola en el automóvil, entrando al departamento de ella con bolsas de compras de lujo. Más adelante, los extractos de sus transferencias bancarias desglosadas al centavo, con sellos de escribanía que certificaban el desvío ilícito de fondos.
Cada mentira, cada coartada, cada noche en que juró estar trabajando en los tribunales estaba desglosada día por día, hora por hora, con una frialdad y una precisión jurídica que no dejaba ni un solo milímetro para la defensa.
—¿Qué… qué es esto? —susurró Eric, sintiendo que el suelo se inclinaba bajo sus pies y que las paredes de su elegante oficina se cerraban sobre él como una prensa hidráulica—. Esto… esto es una locura… no puede ser legal…
—Firme la cédula, doctor —insistió el oficial, imperturbable—. Queda usted formalmente notificado de la medida de embargo sobre sus fondos y de la intimación para comparecer en veinticuatro horas. Buenos días.
El oficial se retiró, dejando a la secretaria petrificada en la puerta antes de salir y cerrar con discreción.
Eric se quedó solo. El temblor de sus manos era tan violento que las hojas cayeron desparramadas sobre la alfombra. Sacó frenéticamente su teléfono del bolsillo y marcó el número de Aurora.
«El número al que usted llama se encuentra apagado o fuera del área de cobertura», repitió la voz metálica de la grabadora.
Marcó al teléfono de la casa. El tono sonó indefinidamente sin que nadie levantara el auricular. Marcó a la madre de Aurora, al despacho común, al celular de Valeria. Nada. Silencio absoluto.
En ese instante de pánico ciego, Eric recordó con una claridad dolorosa la frase que Julián le había advertido días atrás: «El día que Aurora se entere de toda la verdad, no va a hacer un escándalo. Te va a borrar de su vida como si hubieras sido una pesadilla».
Desesperado, arrojó el teléfono sobre el sofá, tomó las llaves del auto y salió corriendo por el pasillo del edificio hacia el estacionamiento, empujando a quien se cruzara en su camino. Necesitaba llegar a la casa, necesitaba inventar una explicación, arrodillarse, mentir, rogar o hacer lo que fuera necesario para frenar la maquinaria implacable que Aurora acababa de poner en marcha.
No sabía que en ese mismo instante, a varios kilómetros de allí, la puerta de su departamento ya estaba cerrada con doble llave, y el perfume de Aurora ya empezaba a disiparse en el aire para siempre.