Yulian, un estudiante universitario harto de su gris y monótona vida, encuentra su único refugio en una novela gráfica de fantasía titulada El amanecer del amor. Aunque la trama sigue el romance tradicional entre la heroína Clara y el noble Albert, Yulian está perdidamente obsesionado con el antagonista: Eric, el brillante, incomprendido y temido Señor de la Torre Mágica, cuya trágica obsesión por Albert lo lleva a la locura y a una muerte injusta.
Tras una rabieta de frustración por el final del último capítulo, Yulian sufre un accidente mortal desde el balcón de su apartamento. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de Daniel, el hermano mayor de la protagonista y oficial de la guardia real. Decidido a reescribir el destino y evitar la trágica muerte de su personaje favorito, Daniel se infiltra en el mundo de la novela con un solo propósito: amar y salvar al hechicero malvado, cueste lo que cueste.
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Capítulo 19: La sombra que gobierna al Maestre
El incidente en el pasillo del piso noventa se propagó entre los círculos internos de la Torre Mágica como una plaga de pólvora. En cuestión de horas, todos los magos, sirvientes y alquimistas comprendieron una verdad aterradora: Lord Daniel no era un prisionero ni una diversión pasajera. Era la persona con el poder de manipular al Señor de la Torre a su antojo.
El hecho de que Daniel hubiera detenido una ejecución inminente con solo una frase, y que Eric hubiera obedecido de inmediato canalizando su furia en un castigo menor, demostró quién ostentaba el verdadero control sobre la mente del mago más peligroso del continente.
A partir de ese día, el trato hacia Daniel dentro de la fortaleza cambió drásticamente.
Cuando Daniel caminaba por los jardines colgantes o las salas de alquimia, los magos se inclinaban con reverencias profundas, apartándose de su camino con el mismo pavor que le profesaban a Eric. Nadie se atrevía a sostenerle la mirada. Los arcanistas más ancianos murmuraban en susurros que Daniel era una especie de demonio encantador que había sometido la voluntad del Maestre mediante magia negra desconocida.
Daniel disfrutaba intensamente de esa dinámica. Mientras caminaba entre los anaqueles de la gran biblioteca, viendo cómo los aprendices temblaban si él simplemente les pedía un libro, una oscura satisfacción llenaba su pecho.
—Te leen como si fueras un tirano —comentó Eric una tarde, apareciendo detrás de Daniel y rodeando su cintura con sus largos brazos, apoyando la barbilla en su hombro.
—Déjalos que piensen lo que quieran —respondió Daniel, reclinando la cabeza contra el pecho del mago—. Mientras sepan que no deben interponerse entre nosotros, pueden temerme tanto como a ti.
—Me gusta como suena eso... —murmuró Eric, dándole un mordisco suave en la oreja—. Mi pequeño rey de sombras.
Sin embargo, la paz relativa dentro del santuario estaba a punto de ser quebrantada por el mundo exterior que Daniel había decidido ignorar.
A la mañana siguiente, las alarmas arcanas del perímetro exterior resonaron por toda la torre con un tono agudo y constante.
Eric, que dormía plácidamente abrazado a la cintura de Daniel, abrió los ojos de golpe. Las runas de su cuerpo brillaron con un tenue fulgor violeta. Con un gesto de su mano, hizo aparecer una pantalla de agua en el aire de la alcoba, mostrando la entrada principal de la fortaleza.
A las puertas de la barrera de protección se encontraba un contingente de más de cincuenta caballeros de la Guardia Real, luciendo armaduras doradas y estandartes imperiales. Al frente de ellos, montando un corcel blanco y con el rostro contraído por la furia y la preocupación, estaba Clara.
—Daniel... despierta —dijo Eric con voz baja, acariciando la espalda desnuda del joven.
Daniel se frotó los ojos, mirando la imagen reflejada en la pantalla de agua. Al reconocer a Clara y a los caballeros que solían ser sus subordinados, un chasquido de molestia se escapó de sus labios.
—Tu hermana ha venido en persona —informó Eric, estudiando el rostro de Daniel con cautela—. Está exigiendo tu liberación. Afirma que el imperio entrará en conflicto con la Torre si no te entrego en este instante.
—Qué insoportable es... —murmuró Daniel, incorporándose en la cama y estirando los brazos—. No entiende que no quiero ser rescatado.
—¿Quieres que los desintegre? —preguntó Eric en un tono frío y plano, como si estuviera sugiriendo limpiar el polvo de un mueble—. Puedo reducir a toda la unidad a cenizas en cinco segundos.
—No —respondió Daniel, ponéndose de pie y buscando su ropa de montar—. Saldré yo mismo. Es hora de cortar este drama de raíz.