Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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EL PRECIO DE UNA PROMESA
La noche parecía más tranquila de lo habitual.
Las calles se habían vaciado poco a poco, las luces de las casas brillaban detrás de las ventanas y una brisa fresca recorría los árboles de la plaza. Alison caminaba junto a Hades con los dedos entrelazados con los de él, intentando decidir si debía sentirse satisfecha por haberlo recuperado o enfadada porque todavía le ocultaba demasiadas cosas.
Probablemente ambas.
—Tengo una pregunta —anunció.
Hades giró la cabeza hacia ella.
—Eso nunca es una buena señal.
—Puedes fingir que no te preocupa, pero sé que estás escuchando.
—Desafortunadamente, tienes razón.
Alison le dio un pequeño golpe en el brazo.
—¡Eres insoportable!
—Y, aun así, continúas caminando conmigo.
—Estoy empezando a cuestionar mis decisiones.
Hades sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero auténtica, y Alison sintió esa satisfacción absurda que comenzaba a experimentar cada vez que conseguía arrancarle una reacción espontánea.
Entonces recordó su pregunta.
—¿Cuántas cosas me estás ocultando?
La sonrisa de Hades desapareció lentamente.
Había esperado preguntas sobre su ausencia, sobre sus responsabilidades o sobre la extraña manera en que a veces parecía conocer cosas que nadie le había contado. Pero aquella pregunta era mucho más difícil de responder.
—Más de las que debería —admitió.
Alison dejó de caminar.
—¿Y piensas contármelas algún día?
Hades se volvió hacia ella.
—Sí.
—¿Cuándo?
Él guardó silencio.
Alison soltó su mano.
—No puedes pedirme que confíe en ti mientras sigues decidiendo cuánto merezco saber.
—No es una cuestión de lo que mereces.
—Entonces, ¿de qué se trata?
Hades miró a su alrededor. La plaza estaba prácticamente vacía, y el sonido del agua parecía llenar el espacio entre ambos.
Podría haberle contado una parte de la verdad. Podría haberle explicado que su vida no era como la de los demás hombres, que su ausencia no se debía a una familia corriente ni a un trabajo que pudiera abandonar cuando quisiera.
Pero no sabía cómo empezar sin arrastrarla a un mundo que quizá nunca podría comprender.
—Hay responsabilidades de las que no puedo escapar —dijo—. Personas que dependen de mí y decisiones que afectan a más gente de la que imaginas.
Alison cruzó los brazos.
—Eso suena como algo que diría un rey.
Hades se quedó inmóvil.
Ella no pareció darse cuenta de la reacción que había provocado.
—No te estoy llamando rey —añadió—. Solo digo que hablas como si llevaras el peso de un reino entero sobre los hombros.
Por un instante, él olvidó cómo respirar.
No porque Alison hubiera descubierto su secreto, sino porque había estado peligrosamente cerca de nombrarlo.
—A veces —respondió con cautela—, las responsabilidades de una persona pueden parecerse mucho a eso.
Alison lo observó con atención.
—¿Y no puedes renunciar a ellas?
—No.
—¿Ni siquiera por alguien a quien quieres?
La pregunta lo golpeó con una fuerza que ella no podía imaginar.
Hades pensó en su reino, en las almas que necesitaban su guía y en el equilibrio que debía mantener entre los mundos. Pensó también en Alison, en lo fácil que sería abandonar todas sus obligaciones durante unas horas más para seguir caminando a su lado.
Pero no podía dejar de ser quien era.
Ni siquiera por ella.
—No siempre —contestó.
Alison apartó la mirada.
—Entonces supongo que algún día tendrás que elegir qué lugar ocupa cada cosa en tu vida.
Hades quiso responder que ya había comenzado a elegirla a ella.
Sin embargo, decirlo habría sido una promesa que todavía no sabía cumplir.
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Al día siguiente, Alison intentó concentrarse en sus tareas habituales.
No quería pasar cada hora preguntándose qué hacía Hades cuando no estaba con ella. Tenía una vida propia, sueños que no pensaba abandonar y suficientes preocupaciones para no añadir un hombre misterioso a la lista.
Pero había algo en su presencia que la desarmaba.
Con otras personas, Alison sabía exactamente cómo comportarse. Podía ser sarcástica, obstinada o distante sin sentir que estaba ocultando una parte importante de sí misma.
Con Hades, en cambio, cada conversación parecía abrir una puerta hacia algo que no alcanzaba a ver.
Y ella quería saber qué había detrás.
Mientras ordenaba algunos libros en su habitación, encontró una pequeña flor que él le había entregado días atrás. No recordaba el momento exacto en que la había colocado entre las páginas de un volumen, pero al verla sintió una calidez inesperada.
Sonrió antes de poder evitarlo.
Después se reprendió en voz baja.
—Alison Benet, tienes que recuperar la cordura.
Dejó la flor sobre la mesa y volvió a sus ocupaciones.
No obstante, cuando alguien llamó a la puerta poco después, su corazón reaccionó antes que ella.
Abrió con una sonrisa que desapareció casi inmediatamente.
No era Hades.
Era la mujer que había comenzado a aparecer en su vida con una insistencia cada vez más incómoda.
Perséfone.
—Buenos días, Alison.
La joven permaneció en el umbral.
—¿Qué quieres?
La sonrisa de Perséfone no se alteró, aunque sus ojos se volvieron más fríos.
—Veo que todavía no confías en mí.
—No recuerdo haberte dado motivos para que pienses lo contrario.
—Quizá podríamos empezar de nuevo.
Alison apoyó una mano en la puerta.
—¿Para qué?
Perséfone miró el interior de la casa.
—Me gustaría hablar contigo. Sin interrupciones.
—Ya hablamos. Varias veces, de hecho.
—Y en ninguna de ellas me has permitido explicarme.
Alison soltó una risa incrédula.
—¿Explicarte qué? ¿Por qué estás tan interesada en mi relación con Hades? ¿Por qué apareces cada vez que intento disfrutar de mi tiempo con él? ¿O por qué hablas como si supieras algo sobre mi vida que yo misma desconozco?
Por primera vez, la expresión de Perséfone vaciló.
La mortal era más observadora de lo que había supuesto.
—Solo intento evitar que salgas herida —respondió.
—Entonces deja de buscarme.
Alison comenzó a cerrar la puerta, pero Perséfone habló antes de que pudiera hacerlo.
—¿Él te ha contado quién es realmente?
La mano de Alison se detuvo.
El silencio se prolongó durante varios segundos.
—¿Qué significa eso?
Perséfone inclinó ligeramente la cabeza.
—Significa que Hades no es el hombre que imaginas.
Alison sintió que la irritación se mezclaba con una inquietud que no quería reconocer.
—No sabes lo que imagino.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Perséfone la observó como si intentara descubrir hasta dónde llegaba su confianza.
—Entonces pregúntale por qué puede desaparecer durante días y regresar como si nada hubiera ocurrido. Pregúntale qué responsabilidades lo obligan a marcharse. Pregúntale por qué nunca te lleva al lugar del que viene.
Alison sintió un nudo en el estómago.
No porque Perséfone hubiera revelado algo que ella no supiera, sino porque había pronunciado en voz alta las mismas dudas que llevaba días intentando ignorar.
—Se lo preguntaré cuando considere que ha llegado el momento —respondió.
Perséfone dejó escapar un suspiro.
—Eres más obstinada de lo que creía.
—Y tú eres más entrometida de lo que imaginaba.
Alison cerró la puerta.
Esta vez, no esperó a que Perséfone contestara.
Apoyó la espalda contra la madera y respiró profundamente. Quería creer que aquella mujer intentaba manipularla, que sus advertencias nacían de los celos o de alguna disputa personal que Alison no tenía por qué resolver.
Pero una parte de ella no podía ignorar la pregunta.
¿Quién era realmente Hades?
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En el inframundo, el nombre de Alison Benet comenzó a aparecer en los pensamientos de Hades con una frecuencia que incluso él encontraba preocupante.
Mientras revisaba los informes de su reino, descubrió que llevaba varios minutos mirando la misma línea sin comprender una sola palabra.
Cerró el documento con fastidio.
—Esto es absurdo.
—¿Qué cosa?
Hades levantó la cabeza.
Una figura alta acababa de entrar en la sala. Era uno de sus consejeros más antiguos, una criatura que había servido bajo sus órdenes durante siglos y que conocía su carácter lo suficiente para no temerle a sus silencios.
—Nada que te concierna —respondió Hades.
El consejero observó los documentos abandonados sobre la mesa.
—Lleváis días distraído, mi señor.
—¿Has venido a cuestionar mi capacidad para gobernar?
—He venido a informaros de que algunas almas están esperando una decisión. Pero, si preferís discutir sobre vuestra capacidad para gobernar, puedo hacerlo también.
Hades lo miró con una expresión tan severa que el consejero bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
—Ten cuidado.
—Siempre, mi señor.
Hades se reclinó en el asiento.
—¿Qué sabes sobre los rumores que circulan en el Olimpo?
El consejero perdió su expresión divertida.
—Se dice que vuestra ausencia ha despertado la curiosidad de varios dioses. Algunos creen que estáis preparando algo. Otros piensan que habéis encontrado una razón para permanecer más tiempo en el mundo mortal.
Hades no respondió.
—¿Es cierto? —preguntó el consejero.
—No es asunto suyo.
—Entonces supongo que es cierto.
Hades se levantó.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan insolente?
—Desde que mi señor comenzó a descuidar sus informes por pensar en una mortal.
El silencio que siguió fue absoluto.
El consejero comprendió demasiado tarde que había ido más lejos de lo conveniente.
—Mi señor, yo…
—Fuera.
La orden no fue pronunciada a gritos. No lo necesitaba.
El consejero inclinó la cabeza y abandonó la sala.
Hades permaneció junto a la mesa, furioso consigo mismo.
No por las palabras del otro, sino porque no había podido negarlas.
Pensaba en Alison. Pensaba en ella cuando estaba en su reino, y cuando estaba con ella, una parte de su mente seguía vigilando las sombras en busca de cualquier señal de peligro.
Aquello no era solo una distracción.
Era una vulnerabilidad.
Y los dioses tenían una larga historia de convertir las vulnerabilidades ajenas en armas.
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Aquella tarde, Hades regresó al mundo mortal.
No había planeado hacerlo tan pronto. Zeus esperaba su presencia y Perséfone continuaba observando cada uno de sus movimientos. Pero, después de recibir un mensaje de uno de sus guardianes, había descubierto que su ausencia no era el único problema.
Alguien había preguntado por la joven que vivía cerca de la plaza.
No sabía quién había sido ni con qué intención lo había hecho.
Eso bastó para que abandonara el inframundo.
Encontró a Alison sentada junto a la fuente, con un libro abierto sobre las rodillas.
Ella lo vio acercarse y cerró el libro lentamente.
—Mira quién ha decidido aparecer.
Hades se sentó a su lado.
—¿Debo entender que no te alegras de verme?
—Estoy decidiendo si debo alegrarme o recordarte que las personas suelen avisar cuando desaparecen.
Él aceptó el reproche sin discutir.
—Tienes razón.
Alison lo miró con sospecha.
—¿Otra vez estás de acuerdo conmigo? Esto empieza a preocuparme.
Hades sonrió, pero su expresión cambió cuando notó que ella no parecía dispuesta a dejar pasar el asunto.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
Alison vaciló.
No sabía si debía contarle la visita de Perséfone. No quería convertirse en alguien que provocara discusiones entre ambos, pero tampoco pensaba permitir que aquella mujer continuara apareciendo sin explicaciones.
—La mujer que conocimos en la plaza vino a buscarme.
Hades se puso rígido.
—¿Perséfone?
—Sí. ¿Por qué has reaccionado así?
Él apartó la mirada durante un instante.
—¿Qué quería?
—Decirme que no eres quien yo creo que eres.
El rostro de Hades se volvió inexpresivo.
—¿Eso dijo?
—También me preguntó si me habías contado quién eres realmente.
La plaza pareció quedarse en silencio.
Hades había sabido que aquella conversación llegaría algún día. Lo que no había esperado era que Perséfone se adelantara de aquella manera.
Alison cerró el libro y lo dejó a un lado.
—No voy a exigirte que me cuentes todos tus secretos esta tarde. Pero necesito saber algo, Hades.
Él se volvió hacia ella.
—Pregúntame.
Alison respiró profundamente.
—¿Hay algo en ti que podría hacerme arrepentirme de haberte conocido?
Hades sintió que el mundo se detenía.
Podía responder que sí. Podía advertirle que su existencia estaba rodeada de peligros que ella no podía imaginar. Podía pedirle que se marchara antes de que fuera demasiado tarde.
Pero, al mirar sus ojos, comprendió que no quería asustarla para protegerse de sus propios sentimientos.
—Hay cosas de mí que quizá te cueste comprender —respondió con honestidad—. Cosas que pueden cambiar la manera en que me ves.
Alison sostuvo su mirada.
—Eso no es lo mismo que decir que me arrepentiré.
—No.
—Entonces todavía quiero conocerte.
La sencillez de aquella respuesta lo dejó sin palabras.
Alison extendió la mano y tomó la suya.
—Pero no voy a perseguirte para conseguir respuestas. Si quieres que forme parte de tu vida, tendrás que dejarme entrar.
Hades miró sus dedos entrelazados.
—No sabes cuánto deseo hacerlo.
—Entonces deja de comportarte como si fuera imposible.
Él levantó la mirada.
Durante un instante, estuvo a punto de contarle la verdad. Sintió las palabras formándose en su mente, el secreto de su identidad acercándose peligrosamente a sus labios.
Pero antes de que pudiera hablar, un dolor agudo le atravesó el pecho.
Hades soltó la mano de Alison y se puso de pie de golpe.
—¿Hades?
El mundo mortal pareció oscurecerse a su alrededor.
Por un instante, vio los corredores de su palacio, las puertas de obsidiana y una sombra que se movía al otro lado de ellas. Después, la visión desapareció.
Hades se llevó una mano al pecho.
Aquello no era una herida.
Era una llamada.
Una exigencia de su propio reino, un recordatorio de que no podía permanecer allí indefinidamente.
Alison se levantó y se acercó a él.
—¿Qué te pasa? Estás pálido.
Él la miró.
No podía explicarle lo que acababa de ocurrir. No sin abrir una puerta que todavía no sabía cómo cerrar.
—Tengo que irme.
La decepción apareció en el rostro de Alison.
—¿Ahora?
Hades quiso maldecir a los dioses, a su reino y a todas las obligaciones que lo separaban de ella.
—Lo siento.
Alison bajó la mirada hacia sus manos.
—No tienes que disculparte por tener una vida, Hades. Pero algún día voy a necesitar saber dónde desapareces y por qué.
Él asintió lentamente.
—Lo sé.
Hades dio un paso hacia ella, dudó y finalmente le apartó un mechón de cabello del rostro.
—No dejes que nadie te convenza de que no mereces respuestas.
Alison lo miró, sorprendida por la seriedad de sus palabras.
—Entonces no seas tú quien me las niegue siempre.
Él no encontró una respuesta.
Se marchó sin añadir nada más.
Y esta vez, Alison no intentó detenerlo.
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Cuando Hades regresó al inframundo, encontró a Perséfone esperándolo junto a las puertas de su palacio.
No parecía sorprendida por su llegada.
—Has vuelto pronto —comentó.
Hades se detuvo frente a ella.
—¿Qué has hecho?
Perséfone alzó las cejas.
—¿Perdón?
—Has ido a buscar a Alison.
La reina no respondió inmediatamente.
Después sonrió con una calma que le provocó a Hades un escalofrío de desconfianza.
—Solo quería conocerla mejor.
—No vuelvas a acercarte a ella sin mi permiso.
La sonrisa de Perséfone desapareció.
—¿Tu permiso? ¿Desde cuándo necesito tu autorización para caminar por el mundo mortal?
—Desde que utilizas tus visitas para intimidar a una persona que no tiene nada que ver con nuestros problemas.
—¿Nada que ver? —repitió ella—. Hades, mírate. Has salido de tu reino únicamente para verla y ahora pretendes darme órdenes por haber hablado con ella.
—No sabes nada de lo que ocurre entre nosotros.
—Precisamente ese es el problema. No sé qué ocurre porque nunca me había importado tan poco lo que hicieras. Pero ahora te marchas, vuelves y vuelves a marcharte, como si tu propio reino fuera una molestia que debes soportar entre una visita y otra.
Hades apretó la mandíbula.
—Mi reino no tiene nada que ver con Alison.
Perséfone lo observó con una expresión sombría.
—Eso es lo que te dices a ti mismo.
Él dio un paso hacia ella.
—Te lo advierto por última vez. Déjala fuera de esto.
Perséfone sostuvo su mirada.
Había conocido su ira durante siglos. Había visto a Hades enfrentarse a criaturas que habrían hecho retroceder a otros dioses. Pero nunca lo había visto defender a una mortal con semejante intensidad.
Y aquella certeza terminó de apagar la poca paciencia que le quedaba.
—Como quieras, Hades —dijo suavemente—. No volveré a hablar con ella.
Él no confió en aquella promesa.
No podía hacerlo.
Perséfone pasó a su lado y desapareció por el corredor.
Cuando estuvo sola, su expresión cambió.
No volvería a hablar con Alison.
No volvería a advertirle.
No volvería a intentar convencerla de que se alejara de Hades.
Si la mortal era incapaz de comprender el peligro que representaba aquella relación, Perséfone encontraría otra manera de hacer que lo comprendiera.
Y esta vez no sería una conversación.
Porque había algo que la reina del inframundo empezaba a entender: Hades podía soportar que los dioses lo desafiaran, que su reino lo reclamara y que el mundo entero lo temiera.
Pero quizá no soportaría que alguien pusiera en peligro a Alison.
Y Perséfone estaba a punto de descubrir hasta dónde llegaba aquella debilidad.