Isabella Dalmavere eligió una vida de fe, convencida de que su corazón había encontrado por fin un lugar al que pertenecer. Entre los muros de un antiguo convento, las oraciones y el silencio, creyó que podría mantenerse alejada de todas aquellas emociones que alguna vez despertaron su curiosidad por el mundo.
Hasta que conoció a Dorian Virelli.
Rico, elegante y acostumbrado a conseguir cuanto desea, Dorian nunca había encontrado una mujer capaz de despertar tanto su interés como aquella novicia de mirada dulce y voluntad inquebrantable. Isabella no se impresiona con su fortuna, no se deja seducir por sus palabras y, sobre todo, no está dispuesta a renunciar a sus convicciones por un hombre al que apenas conoce.
Pero Dorian no sabe aceptar una negativa.
Sus visitas se vuelven cada vez más frecuentes. Sus conversaciones, más personales. Y lo que comienza como una atracción inesperada se transforma en una obsesión que amenaza con derribar las barreras que Isabella ha construido alrededor de su corazón.
Él le pedirá una oportunidad una y otra vez. Ella se la negará, decidida a proteger la vida que ha elegido.
Hasta que Dorian tome una decisión que cambiará sus destinos para siempre: llevársela por la fuerza, arrancándola del único mundo que conoce y enfrentándola a una realidad que jamás imaginó.
Volumen 1 de la saga Virelli.
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La mujer que desafía sus deseos
Dorian Virelli había pasado toda su vida aprendiendo a conseguir lo que quería. En su familia, las decisiones se tomaban con firmeza, los problemas se resolvían sin vacilaciones y las debilidades se mantenían ocultas detrás de una apariencia impecable. Desde joven había comprendido que el dinero podía abrir casi todas las puertas y que la determinación permitía atravesar las que permanecían cerradas. Por eso, la resistencia de Isabella Dalmavere comenzaba a convertirse en algo más que una simple frustración. No soportaba la idea de que ella pudiera seguir con sus días sin dedicarle siquiera un pensamiento, mientras él encontraba cualquier excusa para regresar al convento.
El viernes por la mañana, Dorian recibió una llamada de la madre superiora. La restauración de la capilla había comenzado y necesitaban su autorización para modificar una parte del presupuesto. La petición era legítima, pero él aprovechó la oportunidad para confirmar que podía acudir personalmente. Cuando colgó, su asistente, Matteo Renzulli, dejó una carpeta sobre el escritorio y lo observó con una expresión divertida.
—Podrías enviar la autorización por correo electrónico.
—Podría.
—O pedirle al arquitecto que se encargue.
—También podría.
Matteo esperó unos segundos, pero Dorian no añadió nada.
—Entiendo. Vas a ir porque quieres verla.
Dorian levantó la mirada con una expresión fría.
—¿Tienes algún problema con eso?
—Ninguno. Solo me pregunto cuánto tardarás en admitir que una mujer que no quiere conocerte no va a cambiar de opinión porque aparezcas cada tres días.
Dorian cerró la carpeta que estaba revisando.
—No espero que cambie de opinión de inmediato.
—Entonces, ¿qué esperas?
La pregunta quedó suspendida en el despacho. Dorian podría haber respondido que deseaba conquistarla, pero aquella palabra ya no le parecía suficiente. Quería que Isabella lo mirara como miraba a las personas en quienes confiaba. Quería escucharla hablar sin la cautela que aparecía cada vez que él se acercaba. Y, aunque sabía que no tenía derecho a exigirlo, deseaba ser la persona a la que ella buscara cuando necesitara compañía.
—Todavía estoy intentando averiguarlo —respondió.
A media mañana llegó a Santa Lucía. Encontró a varios trabajadores descargando herramientas junto a la capilla y a las religiosas organizando las actividades del día. La madre superiora lo recibió con gratitud y lo acompañó hasta la oficina donde revisarían el presupuesto. Dorian firmó los documentos, hizo algunas preguntas y terminó antes de lo previsto. Entonces escuchó unas voces procedentes del corredor contiguo.
Isabella estaba allí, sosteniendo una pila de libros contra el pecho. Una mujer mayor le explicaba cómo clasificar los volúmenes antiguos, y ella escuchaba con atención, haciendo preguntas de vez en cuando. Dorian se quedó observándola hasta que Isabella levantó la cabeza y lo descubrió al otro lado del arco de piedra.
Su expresión se endureció ligeramente.
—¿Ha venido por más documentos? —preguntó cuando la mujer se alejó.
—He venido a revisar el presupuesto de la capilla.
—¿Y ya terminó?
—Sí.
—Entonces supongo que tendrá otras cosas que hacer.
Dorian dejó escapar una risa breve, aunque no había humor en ella.
—¿Siempre intenta deshacerse de mí tan rápido?
—Solo cuando alguien no entiende que no deseo que me visite por motivos personales.
La respuesta le molestó, pero también despertó una admiración que prefería no reconocer. Isabella no bajaba la mirada para complacerlo ni suavizaba sus palabras para proteger su orgullo. Era amable con los demás, paciente con las religiosas y generosa con su tiempo, pero no le ofrecía a él un trato especial por su riqueza.
—¿Qué tendría que hacer para que me concediera una oportunidad? —preguntó.
Isabella respiró profundamente antes de contestar.
—Dejar de pedírmela.
Dorian se quedó inmóvil.
—¿Eso es todo?
—No. También tendría que comprender que mi decisión no es un desafío que deba superar. No estoy intentando hacerlo sufrir ni quiero demostrar que soy más fuerte que usted. Simplemente no deseo una relación.
Él apartó la mirada hacia el patio. Por un instante sintió el impulso de responder que podía darle una vida extraordinaria, llevarla a conocer lugares que jamás había imaginado y ofrecerle todo aquello que otras personas pasarían años intentando conseguir. Pero algo en la expresión de Isabella le indicó que ninguna de esas cosas cambiaría su respuesta.
—¿Nunca ha sentido curiosidad por saber cómo sería una vida diferente? —preguntó finalmente.
—Por supuesto que sí. Pero tener curiosidad no significa que quiera abandonar lo que he elegido.
Dorian volvió a mirarla. Aquella respuesta le recordó que Isabella tenía un mundo propio, lleno de decisiones y razones que él desconocía. Hasta ese momento había pensado en lo que deseaba conseguir de ella, sin detenerse demasiado a preguntarse qué podía perder si intentaba imponerle su voluntad.
—No me gusta que me rechacen —confesó, con una honestidad que pareció sorprenderlos a ambos.
—Entonces tendrá que aprender a aceptarlo.
Isabella recogió sus libros y se dispuso a marcharse. Dorian quiso detenerla, pero mantuvo las manos a los costados. La vio alejarse por el corredor y sintió que aquella distancia era mucho más difícil de soportar de lo que había previsto.
Esa noche, en su residencia, se sirvió una copa de agua y permaneció junto a los ventanales de su despacho. La ciudad brillaba bajo el cielo oscuro, pero su pensamiento regresaba al convento. Había conseguido que Isabella hablara con él, aunque cada conversación terminaba recordándole que no tenía ningún lugar asegurado en su vida.
Y esa incertidumbre estaba comenzando a despertar su lado más obstinado.
Dorian quería tenerla cerca. Quería que dejara de mirarlo como a un desconocido y que algún día eligiera permanecer a su lado. Sin embargo, cuanto más comprendía que no podía obligarla a sentir algo por él, más inquietante se volvía la posibilidad de perderla antes de haberla conocido de verdad.
Todavía no había tomado ninguna decisión que pudiera cambiar el destino de ambos. Pero, mientras observaba las luces de la ciudad, una certeza comenzó a instalarse en su mente: no iba a conformarse con ser un visitante ocasional en la vida de Isabella Dalmavere.
Y cuando el deseo de tenerla cerca terminara imponiéndose sobre su razón, tendría que enfrentarse a las consecuencias de lo que estuviera dispuesto a hacer.