Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 24
En la suite, Mateo se duchó primero.
Lucía se quedó sentada en la cama, abrazada a una almohada, pensando en la frase de Julia.
Este se acomoda para que vos comas.
Era una estupidez.
Y no.
Mateo salió del baño con ropa de entrecasa, el pelo húmedo y los lentes empañados. Dejó la toalla en una silla sin mirar demasiado.
—¿Qué querías contarme?
Lucía lo miró.
—¿No tenés nada para preguntarme?
—Sí.
—¿Qué?
Mateo se sentó a su lado, dejando una distancia correcta.
—¿Dos millones de pesos de regalo familiar es poco?
Lucía se quedó muda.
—¿Qué?
—Le dejé una tarjeta a Clara. Para gastos. No sé si estuvo bien.
—Mateo.
—Qué.
—Yo te preguntaba por mis amigas, por Julia, por La Despistada, por mi vida en Seúl. Y vos me hablás de plata.
—También quiero saber eso.
—¿Pero empezás por la tarjeta?
—Es lo que puede molestar primero.
Lucía lo miró como si fuera un caso clínico.
—No le dejes plata a mi mamá como si fuera una sucursal.
—No fue así.
—¿Cómo fue?
—Es tu madre. Quise estar.
La respuesta la desarmó un poco.
—Preguntame otra cosa.
Mateo apoyó el brazo en el respaldo.
—¿Ya terminó?
—¿Qué cosa?
La mirada de él bajó apenas hacia su abdomen.
Lucía le tiró la almohada.
—Sos un enfermo.
—Pregunté.
—No se pregunta así.
—¿Cómo se pregunta?
—No se pregunta.
Mateo aceptó el almohadazo sin moverse.
—Entonces no pregunto.
—Mejor.
Ella se metió bajo la manta con la cara ardiendo. Él no insistió. Se acostó del otro lado y apagó una luz.
La noche fue larga para los dos.
A la mañana siguiente, Lucía se puso un abrigo que Julia le había mandado: corte amplio, mangas con detalle de color, cuello limpio. Una pieza hermosa.
Mateo la miró desde la puerta.
—Ese diseño es de La Despistada.
Lucía se quedó con una mano en el cuello.
—No.
—Sí.
—Te equivocás.
—No.
Mateo se acercó. Observó la línea de la manga, la costura del hombro, el detalle mínimo que ella repetía desde hacía años.
—Lo vi en su última publicación.
Lucía sonrió como pudo.
—Julia me lo mandó. Capaz lo compró.
—Capaz.
—No me mires así.
—¿Cómo?
—Como si estuvieras armando una teoría.
—La estoy armando.
—Armate otra.
Mateo no la apuró. Eso la preocupó más.
En el desayuno del hotel, Nicolás se sentó frente a ella con demasiado entusiasmo. Simón y Mateo revisaban documentos. Blanca fue por café.
—¿Querés mi huevo? —preguntó Nicolás—. Pedí de más.
Lucía iba a rechazar, pero Nicolás ya lo había dejado en su plato.
—Gracias, pero no...
Mateo alargó la mano con los palillos, tomó el huevo y se lo comió de un bocado.
Lucía lo miró.
Simón dejó de leer.
Nicolás sonrió, incómodo.
—Señor Alcázar, no sabía que le gustaba.
—Me gusta.
Bajo la mesa, Mateo tomó la mano de Lucía y la sostuvo sobre su rodilla.
Ella casi se atragantó con el café.
—¿Todo bien? —preguntó Nicolás.
—Perfecto —dijo Lucía.
Simón no levantó la vista.
—El desayuno está cargado de proteínas y tensión.
—Simón —dijo Mateo.
—Callado.
Más tarde fueron al recinto de la semana de moda. La entrada estaba llena de cámaras, influencers, compradores, modelos y gente vestida para ser vista. Mateo permitió que el equipo se dispersara.
—Podemos recorrer —dijo Lucía, demasiado rápido.
—Vayan.
Ella se fue con Nicolás y Blanca unos metros, luego giró hacia los baños. De ahí se deslizó por un pasillo lateral.
Conocía ese lugar.
Conocía a la gente de backstage.
Y tenía que hablar con Julia antes de que Casa Alcázar la encontrara como La Despistada por la puerta equivocada.
No vio que Mateo la seguía.
Llegó hasta el acceso de diseñadores. Mostró un pase que Julia le había dejado. Entró.
Mateo quedó frenado por seguridad.
—Pase de trabajo —dijo el guardia en inglés.
Mateo miró el pasillo por donde Lucía acababa de desaparecer.
—Mi esposa está adentro.
El guardia no entendió o prefirió no entender.
—Sin pase, no.
Mateo retrocedió.
Llamó.
Lucía atendió casi de inmediato.
—¿Dónde estás? —preguntó él.
—En el baño.
Mateo miró la puerta de backstage.
—Claro.
—¿Qué?
—Nada. No tardes.
Cortó con una sonrisa mínima.
La mentira de Lucía no lo enfureció.
Le interesó.