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Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Prometida con un Salvatierra, deseando al otro

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencuentro / Dejar escapar al amor / Hija rica en bancarrota / Romance oscuro / Completas
Popularitas:9.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Estoy comprometida con Sebastián Salvatierra. El problema es que el único hombre que todavía sabe cómo hacerme perder el control es Gael, su medio hermano… y mi exnovio.
Tres años atrás abandoné a Gael sin despedirme y desaparecí de su vida. Creí que un heredero como él no tardaría en olvidarme.
Me equivoqué.
Para pagar el tratamiento de mi abuela, acepté un compromiso por conveniencia con Sebastián Salvatierra. No había amor entre nosotros, solo un acuerdo que beneficiaba a nuestras familias. Todo debía ser sencillo.
Hasta que Gael regresó de Estados Unidos la noche de nuestra fiesta de compromiso.
Ahora estudia en mi universidad, controla cada lugar al que intento escapar y disfruta llamándome cuñadita mientras se acerca demasiado. Dice que solo quiere vengarse por haberlo abandonado, pero sus manos, sus celos y la forma en que todavía recuerda cada reacción de mi cuerpo cuentan una historia diferente.
Sé que debería mantenerme lejos.
Sé que pertenece a la misma familia del hombre con quien voy a casarme.
Pero cada vez que Gael me toca, recuerdo que antes de convertirme en la prometida de un Salvatierra, fui completamente suya.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9

Esperé hasta que los pasos de Sebastián y Mateo desaparecieron por completo. Solo entonces asomé la cabeza desde el pecho de Gael.

Todavía tenía los brazos alrededor de su cintura y los dedos temblaban por el susto.

—Te odio —protesté, haciendo un pequeño puchero.

Volví a esconder el rostro contra él. Mi queja sonaba más a una caricia mimada que a verdadero enojo.

Gael dejó escapar una risa.

—¿Otra vez? —preguntó, mirando a su princesa—. ¿No te gustó cómo te besé?

—No.

Decidí llevarle la contraria. Me molestaba que siempre dijera aquellas cosas sin la menor vergüenza.

Gael arqueó una ceja. No creyó ni una palabra y enseguida se le ocurrió una nueva forma de atormentarme.

Pegó los labios a la punta de mi oreja. Su aliento caliente descendió por mi cuello.

—Entonces tendremos que besarnos mucho más, bebé. La práctica hace al maestro.

El cosquilleo me hizo reír y encogerme entre sus brazos.

—¡Eres insoportable!

Sabía perfectamente que no soportaba las cosquillas.

Gael rio durante un largo rato. Cada vez que me provocaba, yo terminaba sonrojada y buscando refugio contra su pecho. Le parecía irresistible.

—Ya vete.

Le di un golpe en el hombro.

—No quiero que nos vean salir juntos.

Cuando acordamos aquella relación, Gael dijo que sería mi amante secreto, que tendríamos citas y nos besaríamos. Nunca mencionó que pensara anunciarlo delante de todos.

Tal vez él se cansaría y regresaría a Estados Unidos. Yo, en cambio, tendría que continuar viviendo en Ensenada después del escándalo.

Necesitaba protegerme.

—Está bien.

Esta vez no insistió. Alisó el traje arrugado y caminó hacia la puerta. Antes de salir, añadió:

—No olvides cerrar bien la bata.

No pensaba permitir que nadie más contemplara el cuerpo de su mujer.

En cuanto me quedé sola, caí sobre el sofá sin fuerzas.

Mis dedos seguían temblando. Lo peor era admitir que empezaba a dejarme arrastrar por aquella relación prohibida.

Una parte de mí también encontraba excitante el secreto.

Estaba mal.

Me lo repetí varias veces. Gael tenía dinero, poder y un lugar al cual regresar si todo salía mal. Yo no tenía ninguna de esas cosas.

Debía ser extremadamente cuidadosa.

Recogí la bata del suelo, me la puse y até el cinturón con varios nudos. Al comprobar en el espejo que todo mi cuerpo estaba cubierto, asentí satisfecha.

Ahora solo faltaba enfrentar a Sebastián.

***

La cubierta del yate estaba llena. Los invitados participaban en juegos y competencias mientras el champán salpicaba por todas partes.

No conocía a nadie. Miré a mi alrededor, preguntándome cómo rechazaría a Sebastián si volvía a invitarme a la piscina.

Entonces escuché una conversación cercana.

—Dicen que Sebastián se cayó y tuvieron que llevárselo en ambulancia.

—Rodó por las escaleras desde el cuarto piso. La rodilla quedó destrozada; seguro tiene varias fracturas.

—Nadie sabe si resbaló o si alguien lo empujó. Justo las cámaras de esa zona dejaron de funcionar.

Se me helaron los dedos alrededor de la bata.

¿Sebastián estaba en el hospital?

Había sucedido de forma demasiado repentina y conveniente.

Recordé la promesa que Gael murmuró en el vestidor:

*No tendrá oportunidad de verte.*

Sebastián no podría verme con el traje de baño ni obligarme a hacer algo que yo no quisiera.

¿Gael lo había provocado?

Al oír la descripción de sus heridas, el miedo se instaló dentro de mí. Por primera vez comprendí que nunca había conocido por completo la parte oscura y obsesiva de Gael.

En mis recuerdos se comportaba con docilidad. No parecía el heredero violento y posesivo del que todos hablaban.

Retrocedí con las piernas débiles y me dispuse a abandonar la cubierta.

Cuando me volví, vi a Gael en la entrada.

No se había cambiado. Seguía vestido con el elegante traje negro y sostenía una copa de vino tinto. Descansaba contra el cristal mientras el atardecer encendía reflejos luminosos en su cabello plateado.

Sus ojos encontraron los míos desde lejos, pero no se acercó ni dejó que el rostro revelara demasiado.

Era el amante sin reconocimiento. Solo podía quedarse en un rincón, consumiéndose de celos.

Mateo se aproximó con calma y siguió la dirección de su mirada.

—No puedo creer que hayas venido. ¿Ya superaste el trauma?

Gael bebió un poco de vino.

—Mientras no me acerque demasiado al agua, estaré bien.

La mano izquierda que ocultaba detrás del cuerpo temblaba.

Gael tenía miedo al agua.

A los ocho años, unos secuestradores lo capturaron durante un viaje en barco y lo arrojaron al mar. El agua helada lo cubrió mientras escuchaba a su madre gritar.

Nunca supo si había tiburones en aquella bahía de Alaska ni recordaba con claridad cómo lo rescataron.

Desde entonces, el océano oscuro y sin fondo era su peor pesadilla.

—Escuché que al principio no pensabas venir —comentó Mateo—. Un yate, el mar y una fiesta en la piscina… Parece que alguien diseñó el evento pensando en tus traumas.

—No iba a venir.

Gael apoyó la frente contra el cristal y contempló el polvo de sus zapatos.

Pero si se quedaba lejos, ¿quién protegería a Valeria?

Sebastián se dejaba dominar por el deseo. Podía intentar tocarla, drogarla o aprovechar cualquier oportunidad para forzarla.

—Te preocupa muchísimo —dijo Mateo, apoyándose en su hombro—. Solo tenías que pedírmelo. Como buen amigo, yo habría cuidado de tu cuñadita.

Enfatizó la última palabra.

El trauma ya tenía a Gael al límite. Aquella provocación terminó de irritarlo.

—No hace falta —respondió con frialdad—. Ocúpate de conquistar a tu propia madrastra.

Lo recorrió con una mirada burlona.

—Al menos mi problema no es tan grave como el tuyo.

Mateo apretó la mandíbula.

Para él, el verdadero amante era quien no recibía amor.

Desde lejos no podía oír lo que discutían. Solo vi a Gael volverme la espalda y apoyarse en el vidrio. Su cuerpo parecía temblar.

¿Se sentía mal?

Apreté la bata y avancé para acercarme.

Una mujer se interpuso en mi camino.

Tenía labios rojos, el cabello largo y ondulado y un rostro atractivo. La reconocí: era la mujer que había estado con Sebastián en el salón privado de Marea.

Sofía León cruzó los brazos y me examinó con arrogancia.

—¿Tú eres la prometida de Sebastián?

Su mirada hostil recorrió mi aspecto. Al parecer, yo encajaba con el tipo de universitarias inocentes que le gustaban a Sebastián. Sin embargo, Sofía me consideró demasiado aburrida para representar una amenaza.

—Solo es un acuerdo entre familias —expliqué, esforzándome por conservar la calma—. No pienso interferir en su vida.

—Ni siquiera podrías hacerlo —me interrumpió—. Los Salvatierra ya te hacen un favor reconociendo el compromiso. No sigues creyéndote la gran heredera de los Montes, ¿verdad?

Comprendí que únicamente quería humillarme.

—¿Qué buscas exactamente?

Sofía arqueó una ceja y sonrió.

Los pequeños cascabeles sujetos a su tobillo sonaron cuando se acercó. Me rodeó los hombros con un brazo y bajó la voz junto a mi oído.

—No seas ambiciosa, querida. Ya ocupas el lugar de prometida de Sebastián. ¿Por qué también intentas seducir a Gael?

—¿Qué…?

No alcancé a comprender la acusación.

Sofía me empujó con todas sus fuerzas.

El mundo giró. Perdí el equilibrio y caí a la piscina.

El agua helada me envolvió.

No sabía nadar. Intenté pedir ayuda, pero el agua encontró la entrada y me quemó los pulmones.

—Auxi…

Mis movimientos se volvieron cada vez más débiles. Las figuras de los invitados se desdibujaron sobre la superficie mientras estiraba una mano hacia la luz.

Los párpados comenzaron a cerrarse.

Otro cuerpo entró al agua.

Una silueta negra llenó mi campo de visión y, desde la cubierta, alguien gritó con terror:

—¡Gael!

Él había reconocido el sonido de una persona cayendo al agua.

Se volvió por instinto. Donde un instante antes estaba Valeria, solo vio a una mujer forcejeando en la piscina.

Los demás invitados observaban con una indiferencia cruel.

Gael no dudó. Corrió y saltó al agua, dejando atrás su propio terror.

—¡Gael!

Mateo intentó atraparlo, pero sus dedos no alcanzaron la tela del traje.

—¡Carajo!

Conocía la fobia de su amigo. Podían burlarse uno del otro a diario, pero no iba a quedarse mirando cómo se ahogaba.

Se quitó la costosa chaqueta y saltó detrás de él.

El agua de otoño estaba helada.

Con la poca fuerza que me quedaba, abrí los ojos y traté de reconocer al hombre que nadaba hacia mí sin vacilar.

Traje negro, cejas marcadas, nariz recta y labios delgados.

Gael.

La emoción me hizo toser y tragué más agua. Una mano atrapó mi muñeca.

Al instante siguiente, su boca cubrió la mía y me entregó aire.

La suavidad de sus labios llegó antes que el alivio de mis pulmones.

Cuando salimos a la superficie, seguía abrazada a su cintura. Me aferré a él mientras respiraba con desesperación. El pecho, la garganta y los pulmones dolían como si alguien los hubiera cortado por dentro.

—Gael…

El intento terminó en otra serie de tos. Las lágrimas escaparon por la reacción física.

—No tengas miedo. Estoy aquí.

Besó las lágrimas de mis ojos. Después me levantó entre sus brazos y avanzó hacia la escalera, sosteniéndome con una mano mientras utilizaba la otra para salir de la piscina.

El traje empapado se pegaba a su cuerpo. El cabello plateado caía sobre su frente y su expresión era tan sombría que nadie se atrevió a acercarse.

Jimena lo esperaba con una toalla. La colocó sobre mi cuerpo, que ya había perdido el conocimiento.

—La ambulancia está aquí.

—Bien.

Los ojos de Gael se volvieron tan fríos como el agua.

—Averigua quién fue. No dejes fuera a nadie.

Recorrió a los presentes con una mirada que era amenaza y advertencia. Quería recordarles exactamente a quién habían atacado.

La princesa que él protegía no estaba a su alcance.

Gael no sentía obligación alguna de respetar las reglas de la élite mexicana. Con la influencia empresarial y política de su familia estadounidense, destruir a una persona le resultaba demasiado fácil.

Mateo seguía flotando en la piscina cuando lo vio marcharse.

—¿Desde cuándo sabe nadar ese imbécil?

Había saltado detrás de él para nada.

Se pasó una mano por el rostro y, al abrir los ojos, vio a Lucía en la orilla. Ella sostenía una bata de baño y lo observaba con auténtica preocupación.

Mateo arqueó una ceja. Una sonrisa apareció en sus labios.

Tal vez el salto no había sido una pérdida completa.

***

El olor del desinfectante me llenó la nariz. Las lámparas del hospital resultaban demasiado brillantes.

Me costó varios intentos abrir los ojos.

Al reconocer el sensor colocado en mi dedo, los recuerdos regresaron poco a poco.

Alguien me había sacado del agua. Era alto y fuerte; me sostuvo por la cintura, me levantó con un solo brazo y besó las lágrimas de mis ojos mientras repetía:

*No tengas miedo. Estoy aquí.*

El rostro de rasgos mixtos se volvió cada vez más nítido en mi memoria.

Gael.

Él me había salvado.

Me incorporé, desesperada por saber si estaba herido. Entonces distinguí una figura en la sala contigua.

La habitación privada tenía un gran espejo de cuerpo entero. A través del reflejo podía ver a Gael cambiándose de ropa.

Parecía recién salido de la ducha. Todavía no llevaba camisa. El abdomen firme estaba marcado por músculos definidos. Sus pectorales pálidos, con un tenue tono rosado, parecían suaves al tacto, como si la piel fuera a hundirse al presionarla con un dedo.

Sus dedos abrocharon el cinturón. Debajo se extendían unas piernas largas y rectas.

Se puso una camisa blanca y comenzó a cerrar los botones sin saber que yo lo observaba.

Mis ojos recorrieron con demasiado interés aquel cuerpo fuerte y agresivamente atractivo. La imaginación empezó a traicionarme.

Tragué saliva.

Tal vez tenía fiebre. Sentía todo el cuerpo ardiendo.

—Gael.

Mateo entró con el teléfono en la mano. Al ver mi expresión asustada, siguió la dirección de mi mirada.

El espejo.

Gael sin camisa.

Mateo comprendió de inmediato. Levantó una ceja y soltó varias risas divertidas.

Me escondí bajo las cobijas, muerta de vergüenza. Sus carcajadas continuaron desde la otra habitación.

—¿Qué te pasa? —preguntó Gael mientras cerraba uno de los puños de la camisa.

Mateo no respondió. Se limitó a señalar la cama.

—¿Despertó?

Gael corrió hacia mí.

Solo encontró un bulto escondido entre las cobijas y dos orejas tan rojas que parecían a punto de arder.

Entrecerró los ojos. Después vio el espejo y entendió.

—Ah…

La pequeña gata había estado espiándolo mientras se cambiaba y Mateo la sorprendió.

Gael ocultó una risa y le indicó a su amigo que se marchara. Después arrastró una silla hasta la cama, haciendo ruido a propósito para anunciarse.

Se sentó con calma. Sus dedos cálidos tocaron la punta de mi oreja y luego comenzaron a jugar con un mechón de mi cabello.

—Bebé —preguntó con una voz baja y tentadora—, ¿te gustó el cuerpo de tu novio?

No contesté.

Sabía que intentaba esconderme y aun así había ido a provocarme. Gael era incorregible.

Silbó por lo bajo y acercó la boca a mi oreja, fingiendo una enorme consideración.

—Si quieres ver alguna parte en particular, solo tienes que pedírmelo.

Una risa vibró en su garganta.

—Contigo no soy nada tímido.

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