Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El tirano
La espada pesaba. No por el acero, sino por la sangre.
Sara se apoyó en ella como en una muleta, con el peso repartido entre los brazos temblorosos y una rodilla que ya no respondía. A su alrededor, el campo de batalla se extendía como una herida abierta: cráteres humeantes, armaduras partidas, cuerpos que alguna vez fueron sus compañeros. Kael, con la lanza en el pecho. Maren, con los ojos abiertos mirando un cielo que ya no importaba. Theron. Yuki. Aldric. Todos habían caído.
Solo ella seguía en pie. Y apenas.
Escupió sangre. Un hilo rojo le resbaló por la barbilla.
—No —dijo, con la voz rota—. No, maldición, no.
El mundo no podía caer. No así. No por culpa de él.
Y entonces lo escuchó. Pasos. Lentos. Medidos. Un ritmo tranquilo, casi elegante, como si no caminara entre cadáveres sino por un jardín.
Una punta de acero apareció bajo su mentón. Fría. Le levantó el rostro con una delicadeza obscena, como quien inclina una flor para olerla.
—Oh —dijo una voz desde arriba—. Así que aún queda una de esas basuras que cree que puede desafiarme.
Sara lo miró. Augustus Reinold. El destructor de naciones. El esclavizador del mundo. Estaba de pie frente a ella con la espada baja, casi aburrido, como si matarla fuera un trámite. Una sonrisa ladeada le cruzaba el rostro.
—Guerrera —dijo, saboreando la palabra—. ¿En algún momento pensaste que te tendría así? ¿A mi merced?
Sara escupió. La sangre le salpicó la bota.
—Eres un maldito. ¿Cómo puedes hacerle esto a todos?
Augustus rió. Una risa corta, seca, como una moneda sobre mármol.
—¿Y por qué no? El más fuerte gana. Los demás agachan la cabeza. ¿Cuál es el problema?
—Desgraciado —siseó ella—. Alguien te pondrá en tu lugar.
—Lo dudo. —Levantó la espada, abarcando el campo entero—. Los que podrían han sido muertos por mi espada. Y de ellos solo quedas tú.
Lo dijo con una sonrisa. Como un cumplido.
Sara miró alrededor. Era cierto. No había refuerzos. No había milagro.
Levantó la espada. Le pesaba como una montaña.
—Con todo el rencor y el dolor de mi corazón —dijo—, espero que encuentres a alguien que te haga pagar todo lo que has hecho, Augustus.
Augustus ladeó la cabeza. Casi con ternura.
El filo fue limpio. Casi delicado. Como quien corta una flor para un jarrón.
Sara sintió el frío del acero antes que el dolor. Después, el dolor no llegó. Llegó la ligereza. Su cuerpo se desplomó, pero ella ya no estaba en él. Estaba girando. El cielo daba vueltas —azul, gris, azul otra vez— y el campo se alejaba como un mapa que alguien enrolla. Vio su propio tronco arrodillado, la sangre en un géiser oscuro, y pensó, con una calma obscena:
Así que esto es.
Si tuviera una oportunidad. Una sola. Antes de que todo pasara. Daría la mitad de mi vida. Solo para que este monstruo no exista.
El azul se volvió negro.
Un pupitre. Una pizarra con ecuaciones a medio borrar. El olor a tiza y a desinfectante barato. Risas. El arrastrar de sillas.
—¿Sara? Sara, ¿qué te pasa?
Sara abrió los ojos. Frente a ella, una chica con dos coletas y un uniforme un poco grande la miraba con las cejas fruncidas.
—¿Carmen?
—Sí, Carmen. ¿Quién más? Llevas tres minutos con la mirada perdida. ¿Te llevo a la enfermería? Estuviste con fiebre.
Sara no respondió. Miró sus manos. Jóvenes. Sin cortes. Sin callos. Sin la cicatriz que Kael le dejó a los veintitrés. Manos de niña.
Levantó la vista. Carmen. Dos coletas. Pecas. Viva. Carmen, que había muerto a los veintidós con una lanza en el pecho. Carmen estaba viva y le preguntaba si quería ir a la enfermería.
—Carmen —dijo, y la voz le tembló—. ¿Qué día es hoy?
Carmen le tomó la mano.
—Ay, no, Sara. Sigues enferma. Vamos.
La levantó y la guió a la puerta. El profesor las observó.
—¿A dónde van, señoritas?
—Es Sara, profesor. Sigue enferma. La llevo a la enfermería y regreso.
El hombre asintió y salieron al pasillo. Sara caminaba como en un sueño. Quince años, pensó. Quince años atrás.
En la enfermería, una mujer regordeta la acostó y le puso un termómetro.
—Treinta y nueve y medio. Fiebre alta. Hemos avisado a tus padres.
Le puso un paño frío y se retiró.
Sara miró el techo. Blanco. Limpio. Sin sangre. Vio su mochila rosa, con el llavero de un gato que le regaló Carmen. Sacó su celular viejo, de pantaLla rayada. Miró la fecha.
Era correcto. Quince años. Todavía nada había pasado.
Pero ¿por qué?
La puerta se abrió de golpe.
—¡Sara! ¡Mi pequeña!
Su madre entró corriendo. Detrás, su padre, ajustándose la corbata.
—¿Qué tienes? —Su madre le tomó la cara—. ¿Qué te pasó?
Sara los miró. A los dos. Vivos. Enteros. Sin miedo.
—Fiebre —dijo la enfermera—. Treinta y nueve y medio. Debe descansar. Entreguen esto en su escuela.
Los padres asintieron y se llevaron a Sara.
El cuarto era rosa pálido. Las sábanas, rosa a juego. Los peluches alineados como una guardia de honor. Un póster de una banda que Sara no escuchaba desde hacía quince años.
Sara se sentó en la cama y sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Aún tengo a mis padres, pensó. El mundo aún es luminoso.
Su madre le acomodó el pelo.
—Descansa, Sara. Vendré en una hora con tus medicamentos, mi amor.
Su padre apareció en el marco de la puerta, todavía con la corbata a medio hacer. Olía a esa colonia de limón que Sara recordaba de memoria y que, durante quince años de guerra, había intentado rescatar del olvido sin conseguirlo.
—Sara, hija, ya te lo dije esta mañana. Si te sientes mal, no vayas. Pero tú, terca como una mula, tienes que hacer tu santa voluntad. Siempre.
Lo dijo sin mirarla, concentrado en el nudo, como si regañarla fuera un trámite más.
Sara sintió que algo se le partía detrás del esternón. Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas.
—Ya, ya, Sara. No es necesario que llores, pequeña. No es para tanto.
¿No es para tanto?, pensó Sara, mirando a su padre vivo, a su padre que dentro de catorce años iba a morir en la segunda caída de la capital, con las manos vacías y los ojos abiertos.
No, papá. No es para tanto. Es para todo.