Nadie debía entrar al Faro de las Sombras.
Elena lo hizo.
Allí encontró a Dante, el último guardián… y descubrió que su llegada estaba relacionada con un secreto que llevaba treinta años oculto.
- Una leyenda.
- Dos familias enfrentadas.
-Un amor que podría cambiarlo todo.
Pero… ¿por qué el faro parecía estar esperándola?
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Capítulo 1: El camino hacia lo desconocido
El autobús avanzaba despacio, traqueteando sobre un asfalto que cada vez se veía más viejo y agrietado, como si el propio tiempo se hubiera detenido en esta parte del mundo. Elena Varela apretaba con fuerza el asa de su única maleta, la única cosa que le quedaba tras perderlo todo: su hogar, su reputación, la confianza en los demás… y hasta el nombre que durante años llevó con orgullo. El sol caía inclinado, teñía de oro pálido los campos secos y luego daba paso a la línea infinita del mar, de un azul tan oscuro que parecía guardar secretos en cada una de sus olas.
Habían pasado apenas tres meses desde que su vida se rompió en pedazos. Todo empezó cuando descubrió que el hombre con el que iba a casarse, aquel que le prometió amor eterno, había estado jugando con ella desde el principio: se había aliado con su mejor amiga para quedarse con la herencia que su abuela le había dejado en vida, difamaron su nombre en toda la ciudad diciendo que era mentirosa y codiciosa, y la empujaron a la calle sin un peso, sin un lugar donde ir, sin nadie dispuesto a creerle una sola palabra. —No tienes nada más —le dijeron con frialdad—. Nadie te va a ayudar. Estás sola.
Y lo estuvo, durante semanas largas, vagando de un sitio a otro, comiendo lo justo para sobrevivir, hasta que encontró, guardada entre las páginas de un libro viejo que su abuela le había regalado años atrás, una carta cerrada con un sello de cera desgastado por el tiempo. La abría por primera vez con manos temblorosas, y solo decía esto: “Si algún día te ves perdida, si todo se te va de las manos, ve a San Lluís. Busca a la familia Montalvo. Y recuerda: no te fíes de nadie, ni siquiera de ti misma. Lo que está escrito no se puede borrar… pero sí puedes elegir cómo vivirlo”.
No entendía nada entonces, y tampoco lo entendía del todo ahora, mientras el paisaje cambiaba de nuevo: los campos desaparecían para dar paso a acantilados altos y escarpados, donde el viento soplaba con fuerza, arrastrando siempre el olor salino y húmedo del océano. San Lluís apareció al final de la curva: un pueblo pequeño, de casas bajas construidas con piedra gris y madera oscura, calles estrechas que bajaban hacia el puerto, y un silencio extraño que lo envolvía todo, como si sus habitantes vivieran guardando algo que no se debía contar.
Cuando bajó del autobús, la gente que estaba cerca se detuvo de golpe. Los ojos de todos se clavaron en ella, largos y desconfiados, como si una extraña fuera algo casi prohibido en esas tierras. Elena se acomodó el abrigo, apretó más fuerte la maleta y se acercó a un tendero que limpiaba su mostrador:
—Disculpe… ¿podría decirme dónde queda la casa de los Montalvo?
El hombre se quedó inmóvil, sus manos dejaron de moverse. Miró a los lados, como si temiera que alguien lo escuchara, y luego bajó la voz hasta convertirla casi en un susurro:
—¿Los Montalvo? Nadie va allí por gusto, señorita. Esa familia lleva siglos cargando una maldición… dicen que quien se acerca demasiado termina desapareciendo, o peor. El último heredero, Dante, vive solo en la mansión grande sobre el acantilado. Nadie le habla, nadie se acerca… y nadie que haya ido a vivir allá ha vuelto a salir bien.
—¿Y nadie sabe por qué? —preguntó ella, aunque ya sentía un escalofrío recorrerle la espalda.
—Las historias cambian según quién las cuente —respondió él, apartando la mirada—. Pero lo único cierto es que esa casa, y sobre todo ese faro que tienen pegado, han visto cosas que ningún ojo humano debería ver. Vaya si quiere… pero no diga que nadie le advirtió.
Elena asintió, agradeció con un gesto y siguió caminando. No tenía miedo, o al menos no el miedo que siente quien tiene mucho que perder. Ella ya lo había perdido todo. Lo único que la guiaba era la necesidad de respuestas: ¿por qué su abuela le había mandado justo aquí? ¿Qué unía a su familia con esos Montalvo de los que todos hablaban con terror? ¿Qué verdad le habían ocultado toda su vida?
Caminó durante casi una hora, subiendo por un camino empedrado que se elevaba sobre el pueblo, hasta que al llegar a la cima la vio: la mansión era enorme, construida sobre la roca viva, con paredes altas y ventanales oscuros que parecían ojos vigilando el mar sin descanso. Y justo pegada a su ala derecha, se alzaba la estructura alta y blanca de un faro, cuya linterna llevaba apagada tantos años que nadie recordaba haberla visto funcionar… o al menos eso decían todos.
Pero mientras Elena se detenía al pie de la gran puerta de hierro, miró hacia arriba y contuvo el aliento: por una fracción de segundo, una luz tenue y dorada parpadeó en lo más alto de la torre, girando lento, como si la estuviera saludando… o avisándole que ya la esperaban.
Sacó la carta de su bolsillo, tocó el sello gastado, y respiró hondo antes de empujar la puerta. El camino había sido largo, duro, lleno de incertidumbre… pero apenas empezaba. Lo que ella no sabía todavía era que al cruzar ese umbral, no solo entraría en una casa nueva, sino que se adentraría en un laberinto de secretos antiguos, promesas olvidadas, y un destino que llevaba siglos esperando precisamente a ella.
Mientras avanzaba por el sendero de piedras que llevaba a la entrada principal, el viento sopló con más fuerza, llevando consigo un sonido que parecía una voz lejana, llamándola por su nombre. Y aunque no podía verlo todavía, sabía que al otro lado de esas puertas oscuras estaba él: Dante Montalvo, el hombre cuyo nombre todos temían, el guardián de lo que nadie se atrevía a nombrar… y la única llave para descubrir quién era ella en realidad.
Todo lo que creía saber sobre su vida, sobre su familia y sobre el mundo, estaba a punto de cambiar para siempre. Y lo que empezó como un viaje desesperado por sobrevivir, pronto se convertiría en una lucha mucho más grande: por la verdad, por su libertad, y por un amor que ni las sombras más antiguas podrían llegar a apagar.