A Marian se le fue arrebatado todo lo que tenía, incluso su libertad. Fue encerrada y maltratada durante un año en el que no pudo ver la luz del sol, su padre le ofrece un trato para salvarla del infierno en el que está, casarse con el duque Lion a cambio de sacarla de aquel maldito lugar, ella acepta sin dudar.
Cuando piensa que por fin podrá ser feliz, se entera que sobre su matrimonio hay una maldición, ella morirá al cabo de un año. Ella decide que un año en libertad era mejor que muchos presa en una pequeña habitación y decide disfrutar su tiempo junto a su dulce y tierno esposo, quien termina enamorándose locamente de ella.
Una maldición que amenaza un apasionante amor y la bendición de un hada que quizás sea lo que los libere, pero siempre con un precio alto por pagar.
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Capítulo 5. Cicatrices
Marian se dio la vuelta para regresar al balcón, pero antes de que pudiera alejarse del todo, el duque la sujetó con cuidado del brazo. Había visto algo que lo inquietó profundamente: el camisón estaba manchado de sangre en la espalda.
—Quítate el camisón —dijo, con voz grave, aunque insegura.
Marian se giró, desconcertada.
—¿Qué?
—No pienses mal —se apresuró a aclarar—. Estás sangrando. No puedo ver qué tan grave es mientras lo llevas puesto.
Hubo un instante de duda, breve pero cargado. Marian obedeció. Se desató el camisón con manos tranquilas, como si aquel gesto no tuviera ya ningún peso para ella, y lo dejó caer al suelo. No era la primera vez que alguien miraba su cuerpo sin pedir permiso, pero sí era la primera en mucho tiempo que no había violencia en la intención.
El silencio se hizo espeso.
El duque bajó la mirada y entonces las vio: cicatrices antiguas, algunas profundas, otras mal cerradas, marcando su piel como un mapa de sufrimiento. No dijo nada. No pudo. Alargó la mano sin pensarlo y rozó una de ellas, la que cruzaba su vientre, áspera bajo sus dedos.
Marian se estremeció.
—Tus manos están frías.
Él retiró la mano de inmediato, avergonzado, como si acabara de cruzar un límite invisible.
—Lo siento… no pretendía…
Rodeó a Marian con cautela para observar su espalda, y al verla se quedó sin aliento. La piel estaba abierta, enrojecida, aún sangrante. Heridas recientes sobre otras mucho más antiguas. Lo que lo horrorizó no fue solo la brutalidad, sino el hecho de que ella no se hubiera quejado ni una sola vez.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó al fin, con la voz quebrada—. ¿Fue tu padre?
—No —respondió ella, con una calma que dolía—. Fue en el lugar donde estuve encerrada durante un año. Nunca supe el nombre de quien me castigaba.
El duque apretó los puños.
—¿Eras… una esclava?
Marian soltó una breve risa sin humor.
—No. Si lo hubiera sido, tal vez mi vida habría sido menos desafortunada. Soy noble, aunque no lo parezca. Mi padre es el marqués Cailend. Mi madre era hija del conde Raz… pero murió hace años.
Él no podía comprenderlo.
—Si eres noble, ¿cómo pudieron hacerte esto?
Ella encogió los hombros.
—Supongo que no fui una hija muy querida. Y ahora… si ya has visto suficiente, déjame vestirme. Empiezo a tener frío.
Solo entonces el duque cayó en la cuenta de que todas las ventanas seguían abiertas. Se apresuró a cerrarlas, pero Marian habló con urgencia.
—No, por favor. No las cierres. Odio sentirme encerrada.
Él asintió de inmediato.
—Está bien. Pero recuéstate en la cama. Hay que curar esas heridas.
Marian obedeció y se tumbó boca abajo. Él cubrió con una manta la parte inferior de su cuerpo, con extremo cuidado de no rozar su espalda. La cama era demasiado blanda, casi ajena, y a Marian le resultó incómoda, pero no dijo nada. No quería despertar lástima.
El duque salió al pasillo y ordenó a una sirvienta que llevara agua caliente y paños limpios. Cuando regresó, fue él mismo quien limpió la sangre con manos firmes, pero delicadas. Marian rompió el silencio.
—Eres extraño, ¿lo sabías?
—¿Por qué dices eso?
—Porque te ocupas de mis heridas. Los nobles no suelen hacer eso.
—Lo hago porque desde hoy eres mi esposa —respondió—. Y porque te prometí que te trataría como tal.
Algo se movió en el pecho de Marian, un calor leve, casi doloroso. Había pasado tanto tiempo desde que alguien se preocupara por ella que aquel gesto le parecía irreal. Quizá, pensó, su familia había sido la excepción… no la norma.
El duque permaneció a su lado hasta que llegó el médico. Este curó las heridas y las vendó con esmero. Antes de marcharse, pidió hablar a solas con el duque.
En el despacho, el médico fue directo.
—La joven señora presenta fracturas mal curadas, heridas antiguas y signos claros de desnutrición. Solo he podido tratar las más recientes. Sería recomendable llamar a un mago.
El duque sintió cómo el estómago se le cerraba. Los magos eran escasos y caprichosos. Además, su familia cargaba con una antigua maldición impuesta por uno de ellos, y desde entonces todos se habían negado a ayudarles, asegurando que era un castigo merecido.
Aun así, pensó en Marian.
—Gracias, doctor. Haré lo necesario.
Cuando el médico se marchó, envió un mensajero a la torre de los magos solicitando ayuda.
Luego regresó a la habitación. Marian dormía, vencida por la medicina. Él la cubrió con otra manta y apartó con cuidado un mechón de cabello de su rostro. Recordó cómo, al conocerla, le había parecido extraño que siempre fuera tan cubierta, incluso en primavera. Nunca imaginó que aquellas capas eran un escudo para ocultar su dolor.
Lo que más le sorprendió fue darse cuenta de que a Marian no parecía importarle que vieran sus cicatrices. Había sido él quien había querido cubrirla, protegerla.
Y mientras la observaba dormir, frágil y silenciosa, comprendió que deseaba protegerla de todo… aunque supiera que, debido a la maldición que pesaba sobre su linaje, lo más probable era que ella no sobreviviera a ese mismo año.