En el escenario de la alta tecnología, la ambición no tiene escrúpulos y el amor es la moneda más peligrosa.
Linda Lennox es la heredera indiscutible de un imperio multimillonario, pero también la víctima de una coreografía de expectativas ajenas. Mientras ella se pregunta si su destino le pertenece, su hermana adoptiva, Thais, ejecuta en la sombra una fría venganza para arrebatarle su lugar y a su prometido.
Un exclusivo baile de máscaras será el punto de no retorno. Oculta tras un disfraz, Linda conocerá a James Darcy, el frío rival de su padre que no cree en las promesas vacías. Esa noche, la traición más dolorosa saldrá a la luz, obligando a Linda a descubrir quién es realmente y hasta dónde está dispuesta a llegar para reescribir su propio guion.
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CAPITULO 8. EL JUEGO DE LAS SOSPECHAS.
El aire dentro de la pequeña sala de reuniones privada del Platinum Palace se sentía denso, casi irrespirable. El contraste era brutal: afuera, el eco amortiguado de la música y el murmullo escandalizado de la élite tecnológica del país; adentro, un silencio sepulcral roto únicamente por la respiración agitada de Richard. Linda, James, Thais y Richard se miraban unos a otros como piezas de un tablero de ajedrez a punto de estallar. Cada uno procesaba la magnitud de la catástrofe a su manera.
Linda dio un paso al frente, clavando sus tacones en la alfombra. Aunque por dentro sentía el temblor helado de la incertidumbre y la punzada de la traición, se obligó a enderezar la espalda. Su rostro recuperó esa máscara de serenidad diplomática que había aprendido de su padre.
—No podemos dejar que el pánico nos controle —tomó la palabra, controlando el tono de su voz para que sonara firme, casi autoritaria—. Si alguien filtró esos documentos confidenciales en mitad del baile, nuestro deber es averiguar quién fue y por qué. No solo está en juego el prestigioso nombre de Lennox Technologies, sino el futuro entero de nuestra familia. No voy a permitir que destruyan lo que mi padre tardó décadas en construir.
Richard, que permanecía sentado con la cabeza entre las manos, asintió con torpeza. El sudor frío empapaba la frente de su esmoquin impecable.
—Te juro que no quería que esto pasara, Linda —balbuceó, con una voz rota que denotaba una profunda cobardía—. He estado recibiendo mensajes anónimos y encriptados durante semanas en mi teléfono personal. Me decían exactamente qué carpetas y qué informes de desarrollo querían. Amenazaban con arruinar mi carrera, con revelar fotos, con inventar mentiras que me dejarían en la calle si no cooperaba. No sé quién demonios está detrás, pero conocen cada uno de mis movimientos. Tienen acceso a datos muy sensibles de la empresa... y míos.
James Darcy, cuya mente analítica estaba acostumbrada a lidiar con crisis empresariales de alto nivel, intervino con una calma gélida. Sus ojos oscuros escanearon minuciosos la habitación, deteniéndose un segundo de más en Richard, evaluando si sus lágrimas eran reales o puro teatro.
—Analicemos esto con lógica —dijo James, cruzando los brazos—. ¿Hay alguien en el sector informático que tenga motivos personales para hacerte daño a ti, Richard? ¿O alguien dentro de la competencia directa que gane millones al atacar a la familia Lennox de esta forma tan pública? Esto no es un simple robo de información; es una ejecución pública de reputación.
Thais, que hasta ese momento había permanecido un paso por detrás, oculta en las sombras de la esquina superior de la sala, dio un paso hacia la luz. Sus dedos apretaban su copa de champán con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Por dentro, su corazón latía con una mezcla salvaje de culpa, miedo y una oscura satisfacción. Su plan maestro estaba funcionando, pero ver a Linda tan entera y decidida empezaba a ponerla nerviosa. Miró a su hermana con una calculada expresión de angustia y determinación.
—No podemos descartar a nadie, James —dijo Thais, suavizando la voz para sonar como la hermana menor preocupada—. Hay demasiadas personas con acceso a la red central de la empresa. Programadores, directivos, secretarios... Pero si me lo preguntan, creo que deberíamos empezar de inmediato por revisar los registros físicos de acceso al servidor central de los últimos tres días, además de rastrear las comunicaciones internas. Si el culpable estuvo aquí esta noche y usó la red local del hotel para lanzar la filtración en las pantallas del salón, tuvo que haber dejado un rastro digital.
Linda asintió, volviéndose hacia su hermana. Por un breve instante, sintió una profunda gratitud por el apoyo de Thais, aunque en el fondo de su mente, una pequeña e inexplicable alarma de desconfianza persistía en su pecho. Decidió ignorarla; el enemigo estaba afuera, no adentro.
—James... —Linda se giró hacia el joven CEO, mirándolo con un deje de vulnerabilidad que rara vez mostraba a un extraño—. ¿Podrías ayudarnos a analizar esos registros? Tu experiencia en seguridad informática y tu sistema de encriptación son los mejores del país. Eres la única persona de fuera en la que puedo confiar ahora mismo.
James sostuvo la mirada de Linda. En sus ojos azul oscuro vio una determinación de hierro que lo cautivó. No era la típica heredera malcriada que lloraba ante los problemas; era una guerrera.
—Por supuesto que te ayudaré, Linda —respondió James, dando un paso hacia ella y acortando la distancia—. Pero debemos actuar con pies de plomo y con extrema rapidez. Si el culpable siente que lo estamos acorralando o que descubrimos su juego, podría entrar en pánico e intentar hacer un daño mucho peor. Borrar el código fuente, por ejemplo.
Mientras terminaban de trazar las líneas del plan de emergencia, Linda sintió cómo una extraña metamorfosis ocurría en su interior. Una punzada de orgullo y pesada responsabilidad le llenó el pecho. Era la primera vez en sus veinticuatro años que lideraba una crisis de tal magnitud, sin la sombra protectora de su padre. Aunque el miedo la rondaba como un lobo, descubrió que no tenía ganas de huir. Estaba preparada.
De repente, el agudo sonido del teléfono de Thais rompió la atmósfera. El aparato vibró violentamente sobre la mesa de madera. Thais miró la pantalla táctil y, de un segundo a otro, todo el color desapareció de su rostro. Sus labios temblaron.
—Es... es un mensaje. De un número oculto —susurró Thais, girando la pantalla para mostrársela a los demás.
En letras blancas sobre el fondo negro, se leía una advertencia escalofriante:
«No busquen culpables donde no les conviene. Si siguen investigando, lo perderán absolutamente todo. El juego acaba de empezar».
Un silencio helado, denso como la niebla, se apoderó por completo de la sala de reuniones. Richard ahogó un gemido de terror, ocultando el rostro de nuevo. Sin embargo, el efecto en Linda fue el opuesto. La amenaza encendió una furia ardiente en sus venas. Tomó aire, llenando sus pulmones de valor, y sentenció con voz de acero:
—No vamos a ceder ante amenazas baratas de cobardes que se esconden en la sombra. Ahora más que nunca, debemos estar unidos.
James se acercó por completo a ella y colocó una de sus grandes manos sobre el hombro de Linda. El calor de su palma atravesó la tela de su vestido azul, transmitiéndole una corriente de seguridad y confianza que la hizo estabilizarse.
—Vamos a descubrir la verdad, Linda. Cueste lo que cueste y caiga quien caiga —le prometió James con voz baja, pero con una promesa inquebrantable en la mirada.
Mientras caminaban en grupo hacia la salida de la sala para reunirse de urgencia con el equipo técnico y los jefes de seguridad, Linda comprendió algo con absoluta claridad: el idílico baile de máscaras había terminado para siempre. Las apariencias ya no servían de nada. A partir de ese segundo, todos en su vida se verían obligados a mostrar su verdadero rostro.
Y ella, por primera vez en su vida, estaba lista para luchar con uñas y dientes por su familia, por el imperio Lennox y, sobre todo, por reclamar su propia identidad. La noche aún estaba en su punto más oscuro, y el destino de todos los Lennox dependía de la siguiente carta que decidieran jugar.