Dulce Muñoz nunca pensó que una llamada equivocada la llevaría a la cama de Santiago Fuentes, el hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
Él era mayor, frío, rico y demasiado correcto para meterse con una chica como ella.
Pero también era el único que podía salvarla cuando su vida se estaba cayendo a pedazos.
Lo que empezó como un acuerdo terminó volviéndose deseo.
Santiago quería un heredero. Dulce necesitaba dinero.
Ninguno de los dos esperaba que entre noches ardientes, celos imposibles y secretos del pasado, el corazón también entrara en el trato.
Pero Santiago no es un hombre libre de enemigos.
Su familia quiere separarlos.
Leonardo Lozano, su rival, también parece conocer a Dulce desde antes.
Y mientras todos intentan decidir su destino, Santiago sólo tiene una certeza:
Dulce es suya.
Y esta vez no piensa soltarla.
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Capítulo 2
Capítulo 2
Santiago tomó una decisión esa misma noche.
Mientras Dulce seguía dormida en su cama, llamó a Andrés, otro de sus asistentes, y le pidió investigar todo sobre ella.
Antes sólo conocía un apodo: Dulcita.
No sabía su nombre completo. No sabía dónde vivía. No sabía qué había sido de aquella niña de la que nunca pudo olvidarse.
Ahora tenía una dirección.
Eso bastaba.
A las diez de la mañana, Andrés llegó con la información y con una vecina de Dulce: doña Rosa, una señora de carácter franco, manos trabajadas y ojos que se le llenaban de cariño cada vez que hablaba de ella.
Santiago escuchó en silencio.
Escuchó lo de la enfermedad de su madre. Los trabajos extra. Las deudas. Los préstamos en línea. Las veces que Dulce había vendido sangre. Las noches sin dormir. La forma en que, aun sin tener casi nada, todavía le llevaba comida a la vecina o le ayudaba con mandados.
Cada palabra le pesó.
Su niña había crecido demasiado pronto.
Doña Rosa miró hacia la cama, donde Dulce seguía dormida bajo las sábanas.
—Esa muchacha no ha descansado bien en años, señor Fuentes. Está flaquita, pero es bien aguantadora. Elena tiene mucha suerte de tener una hija así.
La señora suspiró.
Ella también tenía una hija, pero la suya llevaba años dándole dolores de cabeza. Tal vez por eso quería tanto a Dulce. Porque veía en ella una ternura que la vida no había logrado quitarle.
Después miró a Santiago con cuidado.
No era tonta.
En Ciudad de México, cualquiera que leyera noticias de negocios conocía a Santiago Fuentes. Joven, poderoso, absurdamente rico. También famoso por donar a hospitales, becas y programas para gente con pocos recursos.
Comparado con otros empresarios de sonrisa falsa, Santiago parecía casi un santo.
Y además, con esa cara, ni cómo ignorarlo.
Doña Rosa había vivido lo suficiente para reconocer cuando un hombre miraba distinto a una mujer.
—Señor Fuentes —preguntó al fin—, ¿a usted le gusta Dulce?
Santiago miró hacia la cama.
—Sí.
No dijo más.
No hizo falta.
La firmeza de sus ojos lo decía todo.
Doña Rosa sonrió, feliz de verdad.
—Yo sabía que a esa niña le esperaba algo bueno.
Santiago volvió a mirarla.
—Necesito que guarde esto en secreto. Por ahora no puedo dejar que ella lo sepa.
Doña Rosa tenía curiosidad, claro. Mucha. Pero también sabía cuándo cerrar la boca. Asintió varias veces y prometió no decir nada.
Santiago le pidió a Andrés que la llevara de regreso.
Con la información del hospital, llamó directamente al director. Le pidió que hicieran todo lo necesario por la madre de Dulce y cubrió los gastos pendientes.
Después siguieron las empresas de préstamos.
Una por una.
Cuando escucharon el apellido Fuentes, todos se volvieron amables. Demasiado amables. En cuanto supieron que Dulce estaba bajo su protección, aceptaron cancelar cobros abusivos y detener amenazas.
Para ella, aquello era una montaña imposible.
Para él, varias llamadas.
Cuando terminó, Dulce todavía dormía.
Santiago le pidió a la empleada que preparara un caldo nutritivo y, contra toda lógica empresarial, entró él mismo a la cocina.
Yo soñé que me ganaba la lotería.
En mi sueño, pagaba el hospital de mi mamá, liquidaba todas mis deudas y compraba una casa enorme para vivir con ella. Una casa con ventanas grandes, jardín y una cocina donde ella pudiera tomar café sin preocuparse por nada.
Desperté por el olor a comida.
Abrí los ojos despacio.
Había dormido tan profundo que al principio no recordé dónde estaba. La cama era suave, el cuarto silencioso, y por primera vez en mucho tiempo no desperté con el estómago apretado por la ansiedad.
Me estiré.
Luego vi la habitación desconocida.
Y me cayó encima la memoria.
La llamada.
El coche.
La villa.
Santiago.
La noche anterior.
Me tapé la cara con las manos.
No manches.
Había contactado a un hombre rico para pedirle dinero y había terminado en su cama.
¿De dónde me había salido tanta valentía? ¿O tanta desesperación?
No lo vi en la habitación, así que me levanté. El cuerpo me dolía un poco, de una manera que me hizo ponerme roja aunque estuviera sola. Seguí el olor hasta la cocina.
Y ahí estaba él.
Santiago Fuentes, con ropa casual y un delantal, sosteniendo una espátula frente a la estufa.
La escena era rarísima.
Un hombre con esa presencia, esa elegancia de oficina cara y reuniones de millones, parado en una cocina como si fuera lo más normal del mundo.
Pero, al mismo tiempo, se veía cálido.
Menos lejano.
Más peligroso para mi corazón.
Movía la espátula con práctica. No parecía alguien posando para impresionar a una mujer. Parecía alguien que sí sabía cocinar.
Qué injusto.
Rico, guapo, fuerte y además cocinaba.
Santiago terminó de saltear unos camarones con chile y los puso en un plato. De reojo me vio en la entrada.
—¿Tienes hambre?
Lo preguntó con tanta naturalidad que por un segundo me confundí.
Como si fuéramos pareja.
Como si él fuera mi marido preguntando algo de todos los días.
Mi estómago contestó por mí con un sonido vergonzoso.
Me llevé una mano al cuello y asentí.
—Un poco.
Mentira. Tenía muchísima hambre.
—Ya casi está. Ve a lavarte.
La empleada había comprado cosas para mí: cepillo de dientes, pasta, limpiador facial, toalla, hasta crema. Me llevó al baño y me las dejó sobre el lavabo.
El baño era al menos dos veces más grande que el cuarto donde yo vivía.
Me miré al espejo.
Tener dinero debía sentirse así: como si siempre hubiera una puerta abierta para ti.
Pensé en mi mamá en el hospital y la ilusión se me apagó.
Me lavé rápido y regresé a buscar a Santiago.
—Señor —dije desde la cocina—, quiero ir primero al hospital para pagar lo de mi mamá.
Él ya tenía un camarón pelado entre los dedos.
Lo acercó a mis labios.
—Ya hablé con el director médico y quedó pagado.
Me quedé congelada.
—¿De verdad?
La empleada, que estaba ayudando con los platos, soltó una risa suave.
—Nuestro jefe no necesita mentirte.
Sonreí sin poder evitarlo.
Tenía razón.
Santiago no parecía alguien que mintiera por una cosa así.
Ese era el poder del dinero y de los contactos. Para mí, pagar el hospital era una pared enorme. Para él, una llamada.
—El director médico prometió hacer todo lo posible por curar a tu mamá —agregó Santiago.
Sentí que el aire me entraba distinto.
Como si por fin pudiera respirar hasta el fondo.
Me senté a comer.
Y comí.
Mucho.
No recordaba la última vez que había tenido una mesa llena, comida caliente y permiso para no contar cada bocado. Me serví una vez. Luego otra. Luego una tercera.
Santiago me miraba con una sonrisa apenas visible.
—Come más si puedes. Me gustas con un poco más de carne.
La palabra gustas me golpeó el pecho.
Levanté los ojos con cuidado.
Cuando me sonreía así, me daba la ilusión de que le gustaba de verdad. Como si me hubiera esperado mucho tiempo. Como si no hubiera aparecido en su vida por error, sino por destino.
Pero no.
No podía pensar así.
Seguro él era cálido con todos. Los hombres ricos podían darse el lujo de ser generosos sin que eso significara amor.
Me serví media porción más y sonreí, torpe.
—Cocina muy rico. Si como todos los días lo que usted prepara, voy a subir rápido.
—Entonces voy a cocinarte todos los días.
Santiago levantó la mano y me quitó un grano de arroz que tenía en la comisura de los labios.
Luego, como si nada, se lo llevó a la boca.
Me ardió la cara.
Eso era un beso indirecto.
Aunque, claro, después de lo de anoche, ¿qué importancia tenía un grano de arroz?
Aun así, me puse nerviosa.
Había una pregunta dándome vueltas desde que desperté.
—Señor...
—Santiago —corrigió él, tranquilo.
Me dio más pena.
—Santiago —repetí bajito—. Si tengo una niña y no un niño... ¿igual me ayudaría?
En mi cabeza, los ricos siempre querían hijos varones para heredar empresas y apellidos. Eso salía en todas las novelas, en todas las noticias, en todos los chismes.
Santiago tomó la servilleta y se limpió los labios.
—Claro. De hecho, preferiría una niña.
—¿De verdad?
—Una hija también puede heredar todo. Y a mí me gustan más las niñas.
Se me aflojó el cuerpo.
Entonces seguí comiendo.
Con más ganas.
Después de desayunar, Santiago dijo que me llevaría al hospital a ver a mi mamá. Cuando subimos al coche, su celular empezó a sonar.
Vi de reojo la pantalla.
Abuelo.
La expresión de Santiago cambió apenas. No era miedo, pero sí fastidio.
¿No quería contestarle?
El teléfono siguió sonando unos segundos más. Al final, respondió en altavoz, como si ya tuviera esa costumbre.
—Abuelo.
En la casa de los Fuentes, don Ernesto estaba sentado en la sala viendo un programa de citas para adultos mayores. El volumen de la televisión estaba tan alto que se colaba por la llamada.
—Santi, ven a cenar esta noche. Quiero presentarte a una amiga.
Santiago cerró los ojos un segundo.
Por supuesto.
Su abuelo veía demasiados programas de citas. Y cada vez que veía uno, recordaba que tenía un nieto soltero al que podía atormentar.
—Sí. Ya entendí.
—Si no vienes, te rompo las piernas.
La llamada terminó.
Yo me quedé quieta.
Su abuelo sonaba imponente.
También entendí lo de “presentarte a una amiga”. Una cita. Una mujer adecuada. Alguien de su círculo. En las familias ricas, el amor casi siempre venía con apellido, empresa y conveniencia.
Si Santiago iba a casarse con otra mujer, ¿por qué necesitaba que yo tuviera un hijo suyo?
Quise preguntar.
No me atreví.
Cuando el coche avanzó, miré por la ventana.
Me dio una tristeza tonta.
Tonta porque yo no tenía derecho a sentirla.
Santiago y yo pertenecíamos a mundos distintos. Eso estaba claro desde que vi su casa. Yo no iba a soñar con casarme con un millonario. Ni siquiera quería casarme. Cuando mi mamá sanara, me la llevaría de vuelta al pueblo y viviríamos tranquilas.
Con ella me bastaba.
Sentí que Santiago observaba mi perfil.
Yo miraba hacia afuera y evitaba verlo. Él no parecía entender por qué me había apagado de pronto, así que se acercó un poco.
—¿Qué pasa?
Sacudí la cabeza rápido.
—Nada.
No quería que leyera mi vergüenza.
Él entendió que no quería hablar y no insistió.
Al pasar frente a una florería, pidió detener el coche. Bajó y volvió con un ramo de claveles.
Me lo entregó.
—No tenía que gastar en esto.
—Si voy a fingir ser tu novio, al menos debo cumplir con lo básico.
Lo miré sorprendida.
—¿Fingir ser mi novio?
—Apareces de pronto con el hospital pagado. ¿No crees que tu mamá va a preguntarse de dónde salió el dinero?
Me quedé helada.
Tenía razón.
Mi mamá pensaría lo peor. Pensaría que me vendí. Que alguien me mantenía. Que hice algo terrible por salvarla.
Y no estaba tan lejos de la verdad, pero aun así me dolía imaginar su cara.
—Pensó en todo —murmuré.
Santiago escuchó ese tono de admiración y, sobre todo, la forma en que Dulce todavía lo llamaba señor. Le gustaba. Le recordaba el pasado. Aunque a él lo hiciera sonar mayor de lo que era, en labios de ella le gustaba demasiado.
Aun así, levantó una ceja.
—¿Piensas seguir llamándome señor todo el tiempo? Si tu mamá pregunta, sería raro que ni siquiera sepas el nombre de tu novio.
Me reí con nervios.
—Entonces... ¿cómo se llama?
Arturo, al volante, casi se rió.
¿Cómo era posible que esa muchacha no supiera quién era su jefe? Santiago Fuentes era más famoso que muchos actores. Cada vez que salía en tendencias, la gente le rogaba que abriera redes sociales.
Pero él nunca había estado interesado en convertirse en celebridad.
Santiago tomó mi mano.
Yo me quedé tiesa.
Con el dedo, escribió sobre mi palma:
Santiago Fuentes.
Repetí el nombre por dentro.
Santiago Fuentes.
Me sonaba. Lo había visto alguna vez en noticias o tendencias, pero yo casi no revisaba redes. Entre trabajos, hospital y deudas, no tenía tiempo para famosos, empresarios ni chismes.
Pensé en lo raro que era todo.
¿Cómo terminé marcándole a él?
Si no me hubiera equivocado, ¿qué habría pasado conmigo?
Tal vez el cielo sí ayuda a las personas buenas.
Cuando llegamos al hospital, ya tenía preparada la historia.
El director médico acababa de salir de su oficina cuando vio a Santiago entrar al área de hospitalización. Caminó hacia nosotros casi corriendo.
—Señor Fuentes...
Lo saludó con una deferencia que me hizo apretar el ramo.
En este mundo, si tenías posición, todos se inclinaban un poco.
El director médico me miró entonces. Por primera vez me miró de verdad, no como a la hija pobre de una paciente más. Seguro se preguntaba cómo una mujer tan común había llamado la atención de Santiago Fuentes.
Los hombres entendían ciertas cosas.
Y él también vio que Santiago me miraba diferente.
Santiago le pidió que nos llevara a la habitación de mi mamá.
Mi mamá, Elena Muñoz, estaba acostada en la cama con el rostro cansado. Tenía los ojos húmedos. Luego supe que había estado llorando.
Mi mamá cargaba culpa por enfermarse. Decía que, a su edad, si no se podía curar, yo no debía sacrificar mi vida por ella.
Pero también tenía miedo de morirse y dejarme sola.
Yo no era su hija de sangre. Me había encontrado y criado como suya. Pero para mí, ella era mi mamá. Mi única mamá.
Escuché un sollozo detrás de la puerta y entré de golpe.
—Mamá, ¿qué pasa? ¿Te duele?
Ella se limpió las lágrimas de inmediato y me sonrió como si nada.
Eso me dolió más.
Me senté junto a ella y le tomé la mano.
—Mamá, no llores. Conseguí un novio con mucho dinero. Él pagó lo del hospital y también va a ayudar con el tratamiento.
No tuve que jalarlo ni hacerle señas.
Santiago entró detrás de mí y se colocó a mi lado, con una naturalidad que me dejó sin reacción.
—Mamá —dijo.
Lo dijo como si llevara años siendo mi novio.
Como si de verdad perteneciera ahí.
Puso los claveles en la mesa y también una bolsa de fruta que había comprado en la entrada del hospital. Luego se inclinó y tomó la mano de mi mamá, cubriendo también la mía con la suya.
—No se preocupe por nada. Usted sólo concéntrese en recuperarse.
El director médico asintió enseguida.
—Exacto. Mantener buen ánimo ayuda mucho al tratamiento.
Mi mamá nos miró a mí, a Santiago y después al director médico.
Con el director médico ahí, ya no podía dudar del pago.
Pero yo conocía esa mirada.
Estaba preocupada.
Una hija pobre apareciendo de pronto con un novio rico era demasiado raro.
Apreté su mano.
—Sé lo que estás pensando, mamá. Pero no es eso. ¿Te acuerdas que una vez dijiste que una señora que leía las cartas aseguró que yo estaba destinada a casarme con un hombre rico?
Me giré hacia Santiago y lo miré con todo el cariño falso que pude reunir.
Aunque, para ser sincera, no todo se sintió falso.
—Cuando más lo necesitaba, apareció mi verdadero amor.
Mi mamá empezó a llorar otra vez.
Esta vez de alegría.
—Entonces sí era cierto —susurró—. Esa señora sí sabía leer las cartas.
Santiago bajó los ojos hacia mí.
Yo seguía sosteniendo el ramo y fingiendo seguridad.
Pero mi corazón iba demasiado rápido.
Porque, por unos segundos, esa mentira sonó peligrosamente bien.