Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.
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Capítulo 6
Capítulo 6
Nico en Bar Azul
El lunes por la mañana, Nico salió de su habitación y se detuvo frente a una puerta cerrada.
La puerta de Valentina.
En la Residencia Montero, su cuarto estaba justo enfrente del de él. Antes del accidente, ella tocaba sin avisar, entraba con apuntes, audífonos, vasos de yogur o cualquier excusa para pedirle que la llevara a la universidad. A Nico le molestaba. Decía que no tenía privacidad, que ella no sabía estar sola, que todo lo convertía en una emergencia.
Ahora nadie tocaba.
Nico apoyó los dedos en la manija. No la giró.
Desde el primer piso llegó la voz de Doña Mariana hablando con una empleada por teléfono. Estaba de viaje con Don Eduardo, pero seguía dando instrucciones sobre la casa como si estuviera sentada en la sala.
—Que no muevan nada del cuarto de Vale —decía—. Cuando vuelva, quiero revisarlo yo.
Nico retiró la mano de la puerta y bajó las escaleras.
En la cocina, abrió el refrigerador para tomar agua. Había seis vasos de yogur de fresa en la segunda repisa.
Se quedó mirando.
No recordaba haberlos pedido.
Pero la aplicación del supermercado seguía conectada a su tarjeta. Valentina tomaba yogur de fresa antes de clases, siempre el mismo. Cuando él cambiaba la marca, ella hacía una cara dramática y decía que eso era una traición.
Nico tomó uno.
La tapa rosa le pareció ridícula en su mano.
El timbre sonó.
Mateo Delgado entró cinco minutos después con una mochila, una consola portátil y la confianza de quien había llegado a esa casa demasiadas veces.
—Traje controles. Hoy sí te gano.
—No voy a jugar —dijo Nico.
Mateo fue directo al refrigerador.
—Entonces voy a robarte comida.
Sacó una lata de refresco, vio los yogures y levantó una ceja.
—¿Desde cuándo compras yogur de fresa?
Nico cerró la puerta del refrigerador con más fuerza de la necesaria.
—Desde nunca.
—Hay seis.
—Los voy a tirar.
Mateo miró el vaso que Nico todavía tenía en la mano.
—Eran de Valentina, ¿no?
Nico no contestó. Caminó hasta el bote de basura y tiró el yogur sin abrir.
Mateo dejó el refresco sobre la barra.
—Oye, no tienes que hacerte el fuerte conmigo.
—No me estoy haciendo nada.
—Claro. Por eso estás peleando con lácteos.
Nico soltó una risa corta, sin ganas.
—¿Viniste a jugar o a dar terapia?
—Vine a jugar, pero tu cara arruina el ambiente.
Nico pasó a su lado.
—Entonces vete.
Mateo no se fue. Se quedó en la cocina, mirando el bote de basura. No dijo nada más, y por eso Nico le agradeció en silencio. Cualquier pregunta directa lo habría hecho explotar.
En la Universidad del Valle, las cosas fueron peores.
Nico llegó tarde a una clase y no entró. Se quedó en el pasillo, sentado en una banca, con la mochila entre los pies. Dos chicas de su grupo pasaron hablando de Valentina.
—Dicen que sigue en La Hacienda.
—¿Con Sebastián Montero?
—Eso escuché.
Nico apretó el celular.
Lucía apareció al final del pasillo antes de que él pudiera irse. Venía caminando rápido, con una libreta bajo el brazo y la cara de quien ya había decidido pelear.
—Nico.
Él se puso de pie.
—Ahora no, Luchi.
—No me digas Luchi.
Nico respiró hondo.
—Lucía, entonces.
Ella se plantó frente a él.
—¿Por qué le dijiste eso?
—¿Qué cosa?
—No te hagas. Ella cree que siempre estuvo con tu hermano. Cree que el diario habla de Sebastián.
Nico miró hacia el patio. Había estudiantes entrando y saliendo de clase. Nadie les prestaba atención todavía.
—No le dije nada del diario.
—No hacía falta. Le diste la pieza que le faltaba para equivocarse.
—Está recuperándose.
—Está confundida.
—Por eso mismo.
Lucía bajó la voz, pero no la rabia.
—Tú sabes que ella te quería a ti.
Nico cerró los dedos sobre la correa de la mochila.
—No lo recuerda.
—¿Y eso te da permiso?
—Junto a mí solo le pasan cosas malas.
Lucía soltó una risa seca.
—Qué cómodo.
Nico la miró.
—¿Cómodo?
—Sí. La alejas, te dices que es por su bien, y de paso te queda libre el camino para Camila.
El nombre le pegó donde debía.
—No metas a Camila.
—Tú la metiste cuando empezaste a mirar a otra chica mientras Vale te seguía esperando.
Nico dio un paso hacia ella.
—No sabes lo que pasó.
Lucía no retrocedió.
—Sé que Vale despertó y tú la empujaste hacia Sebastián con una mentira.
—Sebastián la cuida mejor.
—Puede ser. Pero no por eso deja de ser mentira.
Nico no tuvo respuesta.
Lucía respiró por la nariz, intentando calmarse.
—¿Y si se enamora de él de verdad?
Esa pregunta sí lo dejó quieto.
Nico miró el piso. En una grieta pequeña del mosaico había polvo acumulado. Lo pisó con la punta del zapato.
—Entonces será mejor que junto a mí.
Lucía lo miró como si quisiera abofetearlo.
—No estás siendo noble, Nico. Estás siendo cobarde.
Se dio media vuelta y entró al edificio antes de que él pudiera decir algo.
El celular de Nico vibró por la tarde.
Mamá.
Contestó desde su habitación, acostado sobre la cama, con un brazo cubriéndole los ojos.
—Hola.
—Nicolás, ¿cómo está Valentina? Nana Carmen me dijo que Sebastián la llevó a La Hacienda.
Nico se incorporó.
—Está bien. El médico dijo que necesita calma.
—¿Y por qué calma con tu hermano y no contigo?
Nico miró la puerta de Valentina, cerrada al otro lado del pasillo.
—Porque Sebastián tiene más espacio. Y personal. Y puede llevar médicos a casa.
—No me hables como si yo no conociera a mi propia familia.
Nico se quedó callado.
Doña Mariana bajó el tono.
—Ella debería estar contigo, Nico. Tú eres el que ella quería.
La frase le cayó encima sin aviso.
—Mamá...
—No me digas mamá con esa voz. Valentina perdió la memoria, no el lugar que tenía en esta casa.
—Está mejor allá.
—¿Eso lo dices tú o lo dice Sebastián?
Nico apretó el celular.
—Lo digo yo.
Doña Mariana guardó silencio un segundo.
—Cuando vuelva, voy a hablar con tu hermano.
—No hagas eso.
—No me digas qué hacer. Esa niña no es un paquete que se manda de una casa a otra.
Nico cerró los ojos.
—Ya sé.
—Entonces compórtate como si lo supieras.
La llamada terminó.
Nico lanzó el celular contra la almohada. Rebotó y cayó al piso sin romperse.
Esa noche fue a Bar Azul solo.
Pidió una cerveza, luego otra. No quería emborracharse; quería dejar de revisar el teléfono cada cinco minutos. No funcionó.
Abrió la galería.
La foto estaba entre las primeras: Valentina y él en El Malecón, riéndose frente a la cámara. Ella llevaba el cabello suelto por el viento y sostenía un vaso de yogur de fresa como si fuera un trofeo. Nico tenía un brazo sobre sus hombros.
El botón de eliminar apareció en la parte inferior de la pantalla.
Nico puso el pulgar encima.
No tocó.
—Patético —murmuró.
Bloqueó el celular y lo dejó boca abajo en la barra.
—¿Montero?
La voz femenina llegó desde su derecha.
Nico giró.
Isabella Castellanos Ruiz estaba en la entrada del bar, con un vestido rojo, tacones altos y un bolso pequeño en la mano. No parecía una mujer que hubiera entrado por casualidad a Bar Azul. Parecía alguien que hacía que cualquier lugar intentara verse más caro.
Ella lo observó con una sonrisa educada.
—¿El pequeño?
Nico tomó la cerveza.
—Nicolás.
—Claro. Nicolás.
Isabella se sentó a dos bancos de distancia, pidió agua mineral y lo miró como si ya hubiera escuchado la mitad de una historia.
—Te ves terrible.
—Gracias.
—Problemas familiares.
No fue pregunta.
Nico soltó aire por la nariz.
—Mi hermano mayor se está quedando en La Hacienda con una chica que debería estar en otra parte.
La mirada de Isabella cambió.
Fue rápido. Nico lo notó tarde.
—¿Sebastián? —preguntó ella.
Nico bebió otro trago.
—¿Cuántos hermanos mayores crees que tengo?
Isabella sostuvo el vaso entre los dedos.
—¿Y la chica?
Nico miró el celular boca abajo.
—Valentina.
Isabella no preguntó nada más.
Sonrió apenas.