Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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La primera jugada
La sirvienta cerró la puerta con sumo cuidado y se apresuró por los corredores hasta el gran comedor. Allí encontró al mayordomo, quien supervisaba con meticulosa precisión la disposición de la mesa.
—Señor Jaime —murmuró, inclinando la cabeza—, la esposa del emperador ha solicitado que se le informe que tomará la cena en su habitación… y ha vuelto a preguntar por sus pertenencias.
Antes de que el mayordomo pudiera responder, una voz intervino desde la cabecera.
—Ocupaos de la cena —ordenó la emperatriz, sin dignarse a girarse—. Yo misma informaré a mi hijo.
Jaime inclinó la cabeza en silencio y se retiró.
La emperatriz tomó asiento con absoluta naturalidad, como si nada de aquello tuviese relevancia alguna, y alzó apenas la mano.
—Servid.
El Antiguo Emperador la observó unos instantes antes de hablar.
—Lucrecia, deberíamos esperar a Emilia.
Ella sonrió con una cortesía que no alcanzaba sus ojos.
—Querido, la joven ha expresado su deseo de cenar en su habitación. Parece no encontrarse del todo cómoda compartiendo la mesa.
Los platos comenzaron a desfilar.
La conversación prosiguió… como si Emilia no existiera.
—Hijo —dijo el Antiguo Emperador tras unos minutos—, mañana partiré hacia las tierras que me han sido asignadas. Hemos dispuesto que, mientras no haya una nueva emperatriz formalmente reconocida, Lucrecia continúe al frente de las gestiones del palacio. Tu hermana permanecerá a su lado.
Kael apenas alzó la vista.
—Me es indiferente quién administre esos asuntos.
El silencio se volvió denso.
—Hijo —insistió su padre—, es momento de dejar atrás lo ocurrido con Anelis. Fue mejor descubrirlo antes del matrimonio.
—Habría sido un escándalo —añadió Lucrecia con ligereza—. Una infidelidad imperial habría sido… incómoda.
—Basta, Lucrecia —la interrumpió él.
Luego volvió su mirada hacia su hijo.
—Emilia no tiene culpa alguna. Ni tú tampoco. Convivirán dos años. Lo más sensato sería que procuréis entendimiento.
Kael dejó los cubiertos con precisión.
—No volveré a hablar de Anelis —dijo, con una frialdad absoluta—. Y en cuanto a Emilia… no te preocupes. No la devoraré.
Hizo una breve pausa.
—No soy un lobo.
Su padre lo observó con gravedad.
—Inténtalo, Kael. Por tu propio bien.
La cena concluyó sin más palabras.
Al alba, el Antiguo Emperador partió.
Y yo… desperté.
Con el cuerpo aún tenso.
Y el ánimo peor.
Llamé a una sirvienta.
—¿Sí, señora? —respondió, inclinándose.
—Ayer se me aseguró que mis pertenencias serían traídas. Luego se me repitió lo mismo. Sin embargo, no tengo ropa, ni objetos personales… y dormí con lo puesto. ¿Pueden explicarme qué sucede?
La joven bajó la mirada.
—Yo… no lo sé, señora.
La observé con detenimiento.
Sus manos temblaban.
—Mirame —ordené.
Intentó retroceder.
Me adelanté.
Y me interpuse entre ella y la puerta.
—Mírame a los ojos… y dime la verdad.
—No sé nada —repitió, apenas audible.
Respiré con lentitud.
Saqué unas monedas de oro y las sostuve a la vista.
—Si hablas, quedará entre nosotras. Y serás recompensada.
La sirvienta tragó saliva.
—No deseo problemas…
—No los tendrás —respondí—. Yo no hablaré. Y tu ganaras más de lo que imaginas.
Vaciló.
Un instante.
Dos.
—La emperatriz… —confesó finalmente, en un susurro—. Fue ella quien ordenó que no se le entregasen sus pertenencias.
Sonreí.
Apenas.
Así que ese era el juego.
Extendí la mano y le entregué las monedas.
—Este es vuestro pago. Y si eres discreta… y observadora… habrá más.
La joven asintió con nerviosismo, guardando el oro con rapidez.
—Te puedes retirar.
La puerta se cerró.
Y el silencio regresó.
Apoyé las manos sobre la mesa.
Y dejé escapar una risa baja… sin alegría.
—Muy bien, emperatriz… —murmuré—. Si deseas jugar…
juguemos.
Porque toda guerra…
comienza con un primer movimiento.
Y el suyo…
ya había sido realizado.