Lois y Cristopher se conocieron a los catorce años, sin imaginar que ese primer encuentro cambiaría sus vidas para siempre. Años después, cuando por fin están juntos, personas muy cercanas harán todo lo posible por separarlos. Entre el amor, las traiciones y las decisiones más difíciles, descubrirán que algunos corazones jamás dejan de elegirse.
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Capítulo 9: Días que se vuelven costumbre
Después de nuestro primer año juntos, todo empezó a sentirse distinto… pero a la vez tranquilo.
Ya no había esa incertidumbre del principio, ni la ansiedad de no saber qué éramos. Ahora todo era más claro. Más estable. Más nuestro.
Cristopher seguía siendo Cristopher.
Tranquilo, reservado, de pocas palabras. No era de grandes demostraciones ni de palabras exageradas, pero lo estaba. Siempre estaba. Y con el tiempo, entendí que esa era su forma de querer.
Yo también había cambiado.
Ya no era la misma de antes. Había aprendido a confiar más, a sentir sin tanto miedo, a no imaginar finales donde aún no existían.
Con él, me sentía un poco más en calma.
No todo era perfecto, pero ya no buscaba perfección.
Solo buscaba lo real.
Y lo real era él.
Nuestra relación empezó a volverse parte de la rutina. Y aunque suene simple, con él la rutina no era aburrida.
Era especial.
Ir al colegio, vernos en los recreos, caminar juntos, hablar de cosas sin importancia, reírnos de tonteras, acompañarnos sin necesidad de hacer mucho.
Todo eso empezó a ser normal.
Y lo normal con Cristopher se sentía bonito
Había días en los que no pasaba nada importante, pero aun así yo terminé el día con una sonrisa.
Solo por verlo.
Solo por estar con él.
Solo por saber que seguía ahí.
Cristopher no era de decir cosas grandes, pero tenía su forma de demostrar cariño.
Un mensaje corto.
Una espera sin apuro.
Una mirada que decía más que cualquier palabra.
Un “llegaste bien” que siempre me hacía sentir cuidada.
Y eso, sin darme cuenta, empezó a significar demasiado.
A veces caminábamos después del colegio sin rumbo fijo.
Hablábamos de cosas simples, del día, de cosas que nos daban risa o de silencios que no incomodaban.
Porque ya no necesitábamos llenar todo con palabras.
El silencio con él también era compañía.
Un día, mientras caminábamos, me di cuenta de algo sin decirlo en voz alta.
Cristopher ya no era solo alguien importante en mi vida.
Era parte de ella.
Sin esfuerzo.
Sin ruido.
Sin promesas exageradas.
Solo estando.
Y lo más extraño de todo era que yo tampoco quería que eso cambiara.
Porque en medio de los días normales, de la rutina, de lo simple…
Él se había convertido en mi costumbre favorita.
Y aunque a veces no lo decía en voz alta, me daba cuenta de lo mucho que lo necesitaba en mi día a día.
No de una forma exagerada.
Si no de esas formas silenciosas que se sienten sin explicarlas.
Como cuando no lo veía en el colegio y el día se sentía un poco más vacío.
O cuando no hablábamos por un rato y algo dentro de mí lo notaba.
Cristopher no era ruidoso en mi vida, pero sí constante.
Y esa constancia era lo que más me tranquilizaba.
Un día, mientras caminábamos después de clases, el cielo estaba un poco nublado y todo se sentía más lento de lo normal.
No hablábamos mucho, como ya era costumbre entre nosotros.
Pero no era incómodo.
Era tranquilo.
De esos silencios que no necesitan llenarse.
Yo lo miraba de reojo a veces, y él seguía mirando al frente, como si nada.
Pero de repente, sin decir nada importante, tomó mi mano.
Así, simple.
Natural.
Como si siempre hubiera sido así.
Yo no dije nada.
Y seguimos caminando.
En ese momento entendí que no necesitábamos grandes cosas para sentirnos bien.
Que lo nuestro no se basaba en promesas enormes ni en palabras perfectas.
Se basaba en estar.
En quedarse.
En elegirnos en lo simple.
Cristopher no hacía preguntas innecesarias, no forzaba conversaciones, no llenaba los silencios con nervios.
Solo estaba.
Y eso, con el tiempo, se volvió mi lugar seguro.
Seguimos avanzando sin rumbo fijo, como tantas otras veces, pero por dentro yo sabía que nada de eso era casualidad.
Porque cada día con él se sentía un poco más importante que el anterior.
Y aunque no sabía exactamente qué iba a pasar después…
sí sabía algo con certeza.
Que mientras Cristopher siguiera a mi lado, los días normales nunca iban a ser realmente normales.