Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
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Capítulo 9: El pacto de la escarcha
El silencio que descendió sobre la explanada del Santuario Celestial tras las palabras de Derek era tan denso que parecía solidificar el aire. El Alpha Supremo permanecía de rodillas, con las manos hundidas en la superficie helada que reflejaba la pálida luz de la luna. Cada respiración le costaba un esfuerzo titánico, expulsando jirones de vapor blanco que se disipaban rápidamente ante la pureza del entorno. Frente a él, Elena lo observaba desde la altura del primer peldaño de piedra, con una impasibilidad que recordaba a las estatuas de los mitos antiguos. Sus ojos de azul eléctrico no mostraban alegría por la humillación de su antiguo opresor, pero tampoco un ápice de debilidad humana.
El aroma de Derek —pino, tierra mojada y chocolate amargo— estaba tan degradado por el frío babilónico que se sentía como una fogata a punto de extinguirse bajo un diluvio. Su lobo interno apenas emitía un pulso intermitente en los confines de su mente, una criatura herida que suplicaba la clemencia de la Luna Celestial.
—Exiges una tregua en nombre de los inocentes, Derek Blackwood —pronunció Elena, y su voz mística, cargada de una resonancia polifónica, vibró en el pecho del Alpha como un trueno amortiguado—. Hablas de la destrucción de tu imperio como si las fronteras que construiste con el sufrimiento de los omegas y el desprecio a los débiles merecieran ser salvadas. Olvidas que, hace apenas unos días, tú mismo me considerabas un error insignificante que debía ser borrado del diseño del destino.
—Lo sé... —consiguió articular Derek, apretando los dientes mientras una nueva oleada de dolor gélido le recorría el esternón—. Cometí un error... un error ciego. Fui un estúpido cegado por el orgullo militar y las leyes de una raza que solo entiende de garras. Pero si mi corona cae mañana ante Silas o Cassandra, las manadas del norte serán masacradas. No habrá justicia para nadie, Elena. Solo caos.
Elena descendió los últimos peldaños con pasos lentos y regios. El dobladillo de su túnica de seda blanca rozaba el suelo congelado, haciendo que pequeñas runas geométricas destellaran brevemente a su paso. Se detuvo a escasos centímetros de Derek. La diferencia de altura que antes la intimidaba en el salón de la manada Luna Plateada se había disuelto; ahora, la presencia espiritual de la reina celestial empequeñecía la imponente anatomía del guerrero.
Lentamente, Elena extendió su mano derecha y colocó las puntas de sus dedos sutilmente sobre la frente de Derek.
El contacto físico provocó una descarga instantánea. Derek ahogó un grito cuando un torrente de energía azul eléctrico penetró en su sistema nervioso. No era un ataque; era el reflujo de la energía celestial reconfigurando los canales del lazo rechazado. El frío agónico que devoraba sus arterias comenzó a estabilizarse, transformándose en una corriente fresca y vivificante que devolvió el calor a sus extremidades y permitió que su lobo interno exhalara un suspiro de alivio en su psique. Sus ojos grises recuperaron parte de su brillo metálico original, desprovistos ya de la fiebre de la hipotermia.
—He estabilizado el lazo por ahora, Alpha Supremo —sentenció Elena, retirando la mano. Su mirada seguía siendo indomable—. Pero la tregua que solicitas no es un regalo. Es un pacto de sangre y escarcha, y las condiciones dictarán el futuro de tu corona.
Derek se puso de pie con dificultad, apoyándose en sus muslos antes de enderezar por completo su espalda. Aunque la vitalidad regresaba a su cuerpo, la lección de sumisión había quedado grabada a fuego en su alma.
—Nombra tus condiciones —respondió Derek, con la voz firme pero desprovista de arrogancia.
—La primera —declaró Elena, alzando la barbilla— es que la Fortaleza de Hierro y la manada Sangre de Hierro reconocerán al Santuario Celestial como la autoridad espiritual y soberana suprema de todo el continente. Tus leyes de sumisión brutal quedan abolidas en mis fronteras. Cualquier esclavo, omega o paria que busque refugio en este valle será considerado un ciudadano libre bajo mi protección, y tu ejército defenderá este territorio si es necesario.
Derek tensó la mandíbula. Aceptar aquello significaba ceder la soberanía absoluta que su familia había defendido por generaciones. Sin embargo, al mirar hacia el horizonte del bosque, donde la traición de los demás Alphas ya se cocinaba, supo que no tenía otra opción legítima para salvar a su pueblo.
—Acepto —dijo el Alpha Supremo, inclinando la cabeza en una señal de vasallaje voluntario—. Mi ejército será el escudo de tu santuario.
—La segunda condición —continuó Elena, y un destello peligroso cruzó sus pupilas azules— es que actuarás como mi mano ejecutora ante el Consejo de las Cinco Manadas. Silas, Cassandra y los líderes del este creen que estás debilitado. Intentarán atacarte en tu propia fortaleza para apoderarse de tu territorio. Regresarás al norte, mantendrás la fachada de tu debilidad y dejarás que muerdan el anzuelo. Cuando la traición de las manadas se consume, tú y yo destruiremos sus linajes de tiranos desde dentro.
Derek observó a la mujer que tenía delante. La evolución psicológica de Elena lo dejaba sin aliento; ya no quedaba un solo rastro de la sirvienta asustada que limpiaba los suelos. Se encontraba ante una estratega cósmica, una reina que utilizaba el propio orgullo de sus enemigos para diseñar su caída.
—Silas planea un ataque nocturno antes de que termine el ciclo lunar —reveló Derek, dando un paso al frente y sintonizando su mente con la estrategia de Elena—. Cree que mi lobo está muerto. Atacará los almacenes de la frontera sur de la Fortaleza de Hierro para cortar nuestros suministros antes de marchar hacia el castillo.
—Perfecto —respondió Elena, y una sonrisa gélida y calculadora iluminó su rostro—. Dejaremos que entren hasta el corazón de tus almacenes. Mis guardianes rúnicos marcharán contigo en las sombras, ocultos bajo el manto de la nieve que yo misma enviaré sobre tus tierras. Cuando Silas intente reclamar tu trono, descubrirá que el hierro de tu manada ahora está templado con el hielo de las estrellas.
El pacto había sido sellado en la oscuridad de la noche. El destino del continente ya no dependía de la fuerza brutal de los Alphas tradicionales, sino de la alianza secreta entre un Supremo redimido por la necesidad y una Loba Celestial que reclamaba su trono por derecho divino. La cacería se había transformado en una partida de ajedrez geopolítico, y el primer movimiento estaba a punto de ejecutarse en las frías tierras de la Fortaleza de Hierro.