Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
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Capítulo 9
Capítulo 9
Secretos compartidos
Valentina no pudo dormir.
Se quitó el vestido azul, se puso una camiseta vieja y se metió a la cama con las cobijas hasta la barbilla, pero su cerebro se negaba a apagar la luz. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la voz de Sebastián pronunciando "paroxetina" como si fuera una oración en un idioma que no debería conocer.
Él sabía. Desde hacía meses, quizá más de un año, Sebastián Montero sabía que ella tomaba antidepresivos y no había dicho nada. No se lo había echado en cara. No lo había usado como arma. Lo había guardado como quien guarda una carta que no sabe si enviar.
A la una de la mañana, su celular vibró.
Un mensaje de un número sin nombre pero que ya reconocía.
"¿Sigues despierta?"
Valentina miró el techo. Miró el celular. Miró el techo otra vez.
Escribió: "Sí."
Treinta segundos de silencio. Luego:
"Yo tampoco puedo dormir."
Valentina se sentó en la cama. Las cortinas estaban abiertas y la luz naranja de la calle le pintaba sombras largas en las paredes. Pensó en no responder. Pensó en bloquear el número. Pensó en las mil razones por las que tener una conversación nocturna con Sebastián Montero era una idea terrible.
Escribió: "¿Estás bien?"
El teléfono sonó. No un mensaje: una llamada.
Valentina contestó con el corazón en la garganta.
—¿Sebastián?
—No me preguntes si estoy bien. —Su voz era diferente por teléfono. Sin la armadura de la oficina, sin el eco de las salas de juntas. Solo una voz cansada, un poco ronca, como si hubiera estado fumando—. Nadie está bien.
—Entonces, ¿por qué llamaste?
Silencio. Valentina escuchó el chasquido de un encendedor al otro lado de la línea. Luego el sonido de una exhalación lenta.
—Porque hoy hiciste algo que nadie más hace —dijo él—. Me contestaste la verdad.
Valentina parpadeó.
—Te pregunté por la paroxetina y me dijiste que sí. —Otra pausa—. Cualquier otra persona habría mentido. Habría dicho "no sé de qué hablas" o se habría puesto a la defensiva. Tú dijiste la verdad sin pensarlo dos veces.
—No fue sin pensarlo.
—Pero lo dijiste.
Valentina jaló las cobijas con la mano libre. El departamento estaba frío. Siempre estaba frío.
—¿Por qué importa eso? —preguntó.
Sebastián no respondió de inmediato. Cuando habló, su voz había bajado un tono, como si estuviera diciendo algo que no quería que nadie más escuchara, aunque estuvieran solos los dos en sus respectivas oscuridades.
—Porque yo llevo cinco años rodeado de gente que me miente. —Inhaló—. Mi madre me miente sobre cuánto dolor tiene. Mi padre me miente sobre lo que sabe. La gente de la oficina me miente sobre los números, sobre los plazos, sobre todo. Todos creen que no me doy cuenta, pero me doy cuenta de todo. —Otra exhalación—. Y tú te sientas en mi coche, te pregunto algo que debería haberte humillado, y me dices la verdad como si fuera lo más normal del mundo.
Valentina sintió un nudo en la garganta. No de tristeza. De reconocimiento. Porque ella también vivía así: rodeada de gente que le preguntaba "¿cómo estás?" y esperaba que dijera "bien", gente que no quería la verdad sino la comodidad del silencio.
—¿Y tú? —dijo ella—. ¿Tú estás bien? Y no me digas "nadie está bien". Dime la verdad.
Un silencio largo. El más largo de la noche.
—A veces pienso que ese día, todos morimos un poco.
La frase le cayó a Valentina como agua helada. No era una metáfora poética. Era un diagnóstico. El día que Lucía saltó del quinto piso, algo murió en cada persona que la quería: en Carmen, en Eduardo, en Mateo, en Valentina. Y en Sebastián, que la sostuvo en la ambulancia mientras ella se iba.
—Sí —susurró Valentina—. Todos morimos un poco.
Escuchó algo al otro lado de la línea que podría haber sido un suspiro o podría haber sido el sonido de alguien tragándose algo que no quiere decir. Luego:
—Cuando la encontré... —Sebastián se detuvo. Lo intentó de nuevo—. Cuando llegué y ella estaba en el piso... tenía los ojos abiertos. Me miraba. Y yo le hablaba pero no me escuchaba. Le decía "ya viene la ambulancia, aguanta, no te vayas" pero ella ya no estaba ahí. Sus ojos me veían pero no me veían.
Valentina cerró los propios. Las lágrimas le bajaron por las sienes porque estaba acostada y las lágrimas no sabían que ella no quería llorar.
—En la ambulancia me agarró la mano —continuó él, y su voz ya no era la voz de un CEO ni la de un hombre de hielo, era la voz de un hermano de veintiún años que no pudo salvar a su hermana—. Me apretó tan fuerte que me dejó marcas. Y luego soltó.
Valentina se cubrió la boca con la mano para no hacer ruido. Lloraba sin sonido, como había aprendido a llorar en los años de departamentos pequeños con vecinos que escuchaban todo.
—No te estoy contando esto para que me tengas lástima —dijo Sebastián—. Te lo cuento porque tú eres la única persona que entiende.
—Sebastián...
—No te estoy perdonando. —Su voz se endureció un grado, como si necesitara poner esa barrera antes de decir lo siguiente—. Pero tampoco quiero que te pase nada.
Valentina abrió los ojos. El techo de su departamento estaba ahí, con la mancha de humedad que llevaba meses sin arreglar, con la luz naranja de la calle, con el silencio de la una de la madrugada en Coyoacán.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—Quiero decir que cuando vi ese frasco de paroxetina, sentí miedo. Y no tengo derecho a sentir miedo por ti, pero lo sentí.
Valentina no supo qué responder. No existían palabras para eso. Para el hombre que te culpa de la muerte de su hermana pero que tiene miedo de que tú también te rompas.
—Toma tu medicamento —dijo Sebastián. Su voz había vuelto a la normalidad, o a lo que pasaba por normalidad en él—. No dejes de tomarlo.
—No lo voy a dejar.
—Bien.
Otro silencio. Este más suave. Como el que hay entre dos personas que acaban de cruzar un puente que no sabían que existía.
—Buenas noches, Valentina.
Era la primera vez en cinco años que la llamaba por su nombre.
—Buenas noches, Sebastián.
Colgó. Se quedó con el celular contra el pecho, acostada en la oscuridad, con las lágrimas secándose en las sienes y una sensación nueva instalándose entre las costillas: no era perdón, no era amor, no era siquiera esperanza. Era algo más primitivo. El reconocimiento de que otra persona ha visto tu herida más profunda y no ha salido corriendo.
Se durmió a las tres de la mañana con el celular todavía en la mano.
Al día siguiente, llegó a la oficina a las ocho como siempre. Se sentó en su escritorio, encendió la computadora, revisó los correos.
Sebastián pasó a su lado sin mirarla. Llevaba el traje gris oscuro, la corbata perfecta, la expresión de piedra. Ningún rastro del hombre que la noche anterior le había contado cómo su hermana le soltó la mano en la ambulancia.
—El informe de Aguilar. En mi escritorio. Para las diez. —Y siguió caminando.
Valentina apretó los labios. Ahí estaba. El otro Sebastián. El de siempre. El que convertía cada amanecer en una oportunidad para fingir que la noche anterior no había existido.
Pero cuando bajó la vista a su escritorio, había algo que no estaba ahí cuando llegó.
Un vaso térmico de chocolate caliente. Y una caja pequeña de galletas de canela, de las que venden en la panadería del mercado de Coyoacán —su mercado, no uno de Polanco o Santa Fe—. Sin nota. Sin nombre. Solo el chocolate y las galletas, puestas con precisión en la esquina izquierda de su escritorio, donde no estorbaban pero donde era imposible no verlas.
Carolina se asomó desde su cubículo.
—Oye, ¿quién te mandó eso?
Valentina miró el chocolate. Miró la caja de galletas. Miró hacia la oficina de Sebastián, donde él ya estaba sentado con la puerta cerrada y la vista en la pantalla.
—No sé —dijo.
Pero sí sabía. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que los girasoles eran de Lucía y que la lluvia en la Ciudad de México siempre llegaba cuando menos la necesitabas.
El hombre que no la perdonaba le había comprado galletas de su mercado.
Lo que significaba que sabía cuál era su mercado.
Lo que significaba que la había estado observando mucho más de lo que ella imaginaba.