Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.
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CAPÍTULO 10: La Revelación Incompleta
El calor abrasador de la chimenea comenzó a diluirse a sus espaldas a medida que Alistair la guiaba fuera del Comedor de Invierno. La mano del rey mantenía un agarre firme pero delicado sobre los dedos de Elena, entrelazándolos con una familiaridad posesiva que hacía que la joven caminara a su lado sin la menor sombra de resistencia.
A travesaron una arcada de piedra flanqueada por dos enormes candelabros de forja medieval. Ante ellos se abría un pasillo largo y monumental, una galería cuya existencia parecía haber sido esculpida en las entrañas mismas de la montaña sobre la que reposaba el palacio: la Galería de los Inmortales.
El ambiente en este pasillo era distinto. El suelo de mármol negro carecía de alfombras, devolviendo el eco claro de los tacones de Elena y los pasos inaudibles de Alistair. Las paredes no estaban cubiertas por paneles de caoba, sino por bloques de piedra desnuda, pulida hasta obtener un brillo de espejo. Entre cada ventanal ojival —que revelaba la tormenta de nieve y niebla arreciando afuera sobre el abismo— colgaban retratos al óleo de proporciones descomunales.
Elena, con la piel del cuello aún ardiendo por los besos recientes de Alistair y los labios visiblemente hinchados por la pasión compartida frente al fuego, no pudo evitar detenerse a mitad del pasillo.
Su ojo entrenado de historiadora y conservadora de arte se activó por instinto.
Los cuadros retrataban a un solo hombre. En distintas épocas, con diferentes vestimentas y bajo los estilos pictóricos de cada centuria, la figura inmortalizada en el lienzo era inconfundible.
Un retrato al óleo con el estilo minucioso del Renacimiento italiano mostraba a Alistair vistiendo jubón de terciopelo negro y encaje veneciano, con una espada de cazoleta al cinto. Más adelante, un lienzo de trazos oscuros y dramáticos del Barroco lo retrataba sobre un corcel negro en mitad de un campo de batalla cubierto de bruma. Y más allá, una pintura del Romanticismo del siglo XIX lo capturaba junto a un ventanal, con la misma mirada intensa, melancólica y de una belleza sobrehumana que la observaba en ese preciso instante.
—Estos retratos... —susurró Elena, soltando levemente la mano de Alistair para dar dos pasos hacia un lienzo fechado en el año 1542—. No son pinturas de tus antepasados, ¿verdad? No hay variaciones genéticas, no hay rasgos heredados... Es la misma estructura ósea. La misma mirada. La misma cicatriza imperceptible en el pómulo izquierdo.
Alistair se colocó a su espalda. La sombra de su figura imponente se proyectó sobre el lienzo iluminado por las antorchas de pared.
—Los historiadores buscan patrones en los documentos para explicar lo inexplicable —dijo Alistair, su voz bajando a un murmullo grave que retumbó en la piedra—. Pero tú no necesitas documentos, Elena. Tu intuición siempre ha estado años luz por delante de la ciencia común.
Elena se giró lentamente para encararlo. La seda roja borgoña de su vestido ondeó sobre sus caderas, y la luz de las antorchas hizo destellar el rubí de plata que descansaba en su escote.
—¿Quién eres realmente, Alistair? —preguntó, sintiendo que un escalofrío helado, pero cargado de una fascinación sin límites, le recorría la columna vertebral.
La confesión de las eras
Alistair no desvió la mirada. Sus ojos ámbar, que durante toda la velada habían brillado con la calidez del oro fundido, comenzaron a sufrir una metamorfosis aterradora y fascinante. La luz dorada de sus pupilas se concentró, intensificándose hasta volverse casi luminosa en la penumbra de la galería.
—Soy el principio y el fin de tu propia historia, Elena —comenzó el rey, dando un paso lento hacia ella—. Soy una criatura que no pertenece al ciclo del nacimiento y la muerte. Soy lo que los hombres mortales llaman en sus mitos un monstruo, un demonio... un vampiro.
La palabra resonó en el aire de la galería con la fuerza de un trueno lejano.
Elena no retrocedió. Su mente de académica intentó buscar una explicación lógica, pero los recuerdos de las últimas veinticuatro horas se agolparon en su pensamiento: la frialdad inicial de su piel que se encendía solo a su contacto, la velocidad sobrenatural con la que se movía, el aura de dominación absoluta que rodeaba cada uno de sus gestos y la forma en que los colmillos de Alistair habían rozado la vena de su cuello en la penumbra del museo.
—Un vampiro... —repitió ella en un susurro penoso, casi sin aliento.
—El último gran monarca de mi especie —corrigió Alistair, deteniéndose a solo centímetros de ella—. He gobernado en las sombras durante más de ochocientos años. He visto caer reinos, he visto imperios convertirse en cenizas y he caminado entre los hombres como un depredador sin alma, condenado a la eternidad de una existencia vacía, fría e insípida.
Alistair elevó ambas manos y tomó el rostro de Elena entre sus palmas. Sus dedos, que minutos antes transmitían un calor abrasador, se tornaron fríos como el hielo de la montaña, pero la ternura con la que sostenía sus mejillas era la de un hombre adorando a su diosa.
—Hasta que naciste tú —continuó el rey, y por primera vez Elena detectó una nota de vulnerabilidad pura en su voz de barítono—. Te dije en la mesa que tu nacimiento cambió el aire de este planeta, y no era una metáfora poética. Cuando tu alma regresó a este mundo hace veintidós años, el fuego en mi sangre volvió a encenderse. Eres mi tuo cantante, Elena. La única mujer en la historia de la creación cuya existencia le da sentido a la mía. Eres mi única razón de ser.
Elena sintió que el corazón le martilleaba la caja torácica con una violencia desmedida. Thump-thump. Thump-thump. El ritmo agitado de su pulso era una invitación directa a la naturaleza predadora de la criatura que la sostenía.
—Alistair... si eres lo que dices ser... —Elena tragó saliva, mirando sus labios carnosos—. ¿Por qué no me has hecho daño? ¿Por qué me miras como si fuera lo más sagrado que existe?
La demostración del poder y el juramento
Alistair esbozó una sonrisa triste, una curva de labios que reveló, por una fracción de segundo, la punta afilada y perfecta de sus colmillos superiores, blancos como el marfil y diseñados para desgarrar.
—Porque destruirte a ti sería destruirme a mí mismo —respondió él.
Para demostrarle la dimensión de la criatura que tenía enfrente, Alistair soltó su rostro y dio dos pasos hacia el centro de la galería.
En un parpadeo —un movimiento tan ridículamente rápido que el ojo humano de Elena solo percibió un borrón de sombra negra—, Alistair desapareció de su vista.
Antes de que Elena pudiera ahogar un grito de sorpresa, sintió el viento helado generarse en el pasillo. Alistair ya no estaba a dos metros; se encontraba al fondo de la galería, a más de treinta metros de distancia, apoyado casualmente junto a una de las columnas de piedra. Un segundo después, sin que se escuchara el menor impacto de sus botas contra el suelo, el rey volvió a aparecer directamente frente a ella, a escasos milímetros de su rostro.
La velocidad era inhumana. El poder que emanaba de su figura en ese instante era abrumador, una masa de energía oscura y dominante que hizo que el aire en los pulmones de Elena se volviera pesado.
Alistair elevó su mano derecha hacia la antorcha de hierro que ardía en la pared lateral. Sin tocar el fuego, cerró el puño. Con un simple chasquido de sus dedos, la llama de la antorcha se extinguió al instante, sumiendo ese tramo de la galería en una penumbra dorada que solo era rota por la luz incandescente de sus propios ojos ámbar.
Elena contuvo la respiración, con la mano apoyada en la pared de piedra para mantener el equilibrio. Las curvas de su cuerpo temblaban bajo la seda borgoña del vestido. Tenía frente a sí a la criatura más peligrosa de la Tierra, un ser capaz de arrebatarle la vida en el lapso de un microsegundo.
Y sin embargo, cuando miró sus ojos dorados, no encontró amenaza. Encontró una devoción abrumadora.
Alistair se hincó de rodillas sobre el mármol negro frente a ella.
El monarca milenario, el rey inmortal ante el que reinos enteros habían temblado en el pasado, se arrodilló al pie de Elena, elevando la mirada hacia sus ojos avellana. Tomó la mano derecha de la historiadora y posó la palma de ella sobre su propio pecho, justo encima de su corazón.
—Te he mostrado mi verdadera naturaleza para que no haya mentiras entre nosotros —dijo Alistair, la voz baja, solemne y cargada de la fuerza de un juramento sagrado—. Sé lo que soy. Sé que soy la sombra y que tú eres la luz pura. Pero juro sobre la eternidad de mi sangre, sobre las cenizas de mis antepasados y sobre mi propia existencia, que jamás te haré daño, Elena.
El rey apretó la mano de ella contra su pecho, haciéndola sentir la firmeza de su anatomía.
—Mi fuerza existe únicamente para protegerte —continuó el monarca, besando la palma de su mano con una devoción reverencial—. Mis garras y mis colmillos se alzarán contra cualquiera que intente tocarte un solo cabello. Tu voluntad es mi mandato. Si me pides que me aleje, me retiraré a las sombras y sufriré la eternidad en silencio... pero no me pidas que deje de adorarte, porque eso es físicamente imposible.
La revelación incompleta
Elena miró al hombre —al rey, al monstruo— arrodillado a sus pies.
El impacto de la revelación debería haberla llevado a huir aterrorizada hacia el carruaje de Marcus, pero el vínculo que los unía era una fuerza gravitatoria demasiado potente. En lugar de alejarse, Elena acarició el cabello denso y negro de Alistair con los dedos de su otra mano, sintiendo la suavidad de las hebras entre sus yemas.
—Ponte de pie, Alistair —pidió en un susurro suave.
El rey se levantó con esa gracia etérea, quedando nuevamente a su altura.
—¿No me tienes miedo? —preguntó él, escudriñando su rostro sonrosado.
—Debería tenerlo —confesó Elena, dando un paso hacia él hasta que su pecho rozó la camisa desabotonada del monarca—. Cualquier mujer en mi lugar estaría gritando. Pero cuando te miro... no veo a un monstruo. Veo al hombre que me besó junto a la chimenea. Veo al hombre que me hizo sentir la mujer más deseada del mundo.
Alistair dejó escapar un suspiro de alivio que pareció liberarlo de un peso de siglos. Envolvió la cintura de Elena con un brazo, pegando sus caderas exuberantes contra las suyas una vez más.
—Hay cosas que aún no entiendes, Elena —susurró él, rozando con sus labios la línea de su pómulo—. Hay fragmentos de nuestra historia que aún no estás lista para escuchar. Tu alma ha regresado a mí, pero tu memoria terrenal aún debe despertar despacio. No puedo revelártelo todo esta noche sin poner en riesgo tu cordura.
Elena frunció el ceño levemente, apoyando las manos en los hombros firmes del rey.
—¿A qué te refieres? ¿Nos conocíamos antes? ¿En otra vida?
Alistair sonrió con misterio, inclinándose para depositar un beso abrasador en la comisura de sus labios, interrumpiendo las preguntas de la joven con la tentación de su carne.
—El pasado es un libro que iremos deshojando juntos, mi dulce tentación —dijo él contra su boca, devorando sus palabras en un beso lento, profundo y posesivo que hizo que Elena olvidara cualquier duda racional—. Por ahora, solo concéntrate en esto. En este palacio. En mi fuego. Y en la certeza de que a partir de esta noche, le perteneces al Rey de la Noche... tanto como él te pertenece a ti.
Elena se entregó al beso, rodeando el cuello del vampiro con sus brazos mientras la seda borgoña de su vestido se agitaba bajo el viento helado de la galería, sabiendo que acababa de cruzar un punto de no retorno hacia un mundo de sombras, pasión y misterios eternos.