Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.
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Capítulo 9: Crítica gastronómica por sorpresa
El amanecer en Villa Delicia trajo consigo una luz grisácea que disolvió la calidez de la madrugada. A las ocho de la mañana, el crujido metálico de las persianas al subir marcó el fin oficial de la tregua del lavavajillas. Ramiro, vistiendo un delantal pulcro y rígidamente almidonado, empujó la estructura de hierro de su entrada con una fuerza innecesaria. Al mirar hacia la acera de enfrente, vio que Penélope hacía exactamente lo mismo. Ya no quedaban rastros de la masa rosa ni de los pantalones de lino gigantes; ella lucía su habitual chaqueta pastelera con ribetes fucsia y el cabello recogido en una coleta perfecta. Se cruzaron una mirada rápida, un destello de reconocimiento que duró apenas un segundo antes de que ambos apartaran la vista con fingida indiferencia. El orgullo profesional, restablecido con el café de la mañana, volvía a levantar los muros de Berlín entre las dos aceras.
Sin embargo, la rutina del pueblo se quebró antes de las nueve. Un automóvil negro, reluciente y de gama alta, aparcó justo en el espacio neutral entre ambos establecimientos. De la puerta del conductor descendió una silueta que congeló el aliento de los pocos transeúntes que caminaban por la avenida: Don Augusto.
El hombre era una leyenda negra en la provincia. Con su característico sombrero de ala ancha que le ensombrecía la mirada, una gabardina oscura impecable y una libreta de cuero negro sujeta entre sus dedos enguantados, Don Augusto era el crítico gastronómico más implacable y temido de las redes sociales. Sus reseñas tenían el poder de llenar un local hasta la bandera o de obligar a un negocio a colgar el cartel de liquidación en menos de veinticuatro horas. No usaba estrellas; usaba adjetivos que cortaban como cuchillos de cerámica.
Ramiro sintió un vuelco en el estómago, una descarga de adrenalina que le heló las manos. Limpió el mostrador con un paño por tercera vez consecutiva, con el pulso acelerado. Enfrente, a través de los cristales, vio que Penélope se había llevado una mano a la garganta, con los ojos abiertos de par en par, mientras recolocaba a toda prisa la pirámide de dónuts del escaparate. El juez supremo de la cocina había llegado, y no venía a hacer prisioneros.
Don Augusto cruzó el umbral de "El Trigo de Oro" con la parsimonia de un verdugo elegante. El tintineo de la campana sonó casi fúnebre. No saludó; se limitó a recorrer el espacio con sus ojos afilados, deteniéndose en las cestas de mimbre. Ramiro, manteniendo una rigidez militar detrás del mostrador, tragó saliva pero forzó una inclinación de cabeza respetuosa.
—Buenos días, Don Augusto. ¿Qué puedo ofrecerle? —preguntó, intentando que su voz no delatara el temblor de sus nervios.
El crítico no respondió. Señaló con el índice una hogaza rústica de masa madre de tres harinas, el orgullo de la casa. Ramiro la cortó con una precisión milimétrica, sirviendo una rebanada en un plato de porcelana blanca. Don Augusto agarró el pan, lo acercó a su oído y lo presionó con los dedos; el crujido de la corteza resonó en el local en silencio. Luego, se llevó un trozo a la boca. Mastico lentamente, con los ojos cerrados, manteniendo una expresión completamente neutra.
Ramiro sentía que el aire no le llegaba a los pulmones. El sudor le corría por la nuca. Don Augusto abrió los ojos, sacó una estilográfica estilizada de su bolsillo y escribió dos líneas rápidas en su libreta de cuero. Miró a Ramiro por encima de sus gafas de lectura con una frialdad matemática.
—Corteza perfecta, alveolado técnicamente impecable —dijo con una voz monótona que carecía de cualquier entusiasmo—. Pero tan aburrido que casi me duermo en la mesa. Es un pan arqueológico, una pieza de museo que carece de alma contemporánea. Buenos días.
Sin esperar réplica, Don Augusto dio media vuelta, su gabardina ondeando en el aire, y salió de la tienda dejando a Ramiro con el rostro pálido y los puños apretados sobre el mármol, devorado por una mezcla de rabia e impotencia.
El crítico cruzó la calle sin mirar a los lados y se adentró en el festival de colores que era "LaGlase". El hilo musical de tecno-pop bajó de volumen de inmediato por orden de una Penélope que intentaba disimular el temblor de sus manos ajustándose el delantal. Don Augusto se detuvo ante la vitrina de metacrilato, contemplando el dónut gigante con glaseado brillante y virutas de colores.
—Un "Donut-Volcán", supongo —dictaminó el crítico con un deje de ironía en la voz.
—Recién horneado, Don Augusto. Una experiencia sensorial interactiva —respondió Penélope, intentando proyectar una seguridad que no sentía; por dentro, su corazón golpeaba con fuerza sus costillas.
Le sirvió la pieza en un plato rosa pastel. El crítico observó el dónut con una ceja arqueada, cortó una porción con un tenedor dorado y se la llevó a los labios. Al masticar la densa crema de chocolate y avellana, un sutil pliegue de desagrado le cruzó la frente. Penélope contuvo la respiración, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
Don Augusto dejó el tenedor con un clic seco sobre la porcelana. Abrió de nuevo su libreta y su pluma se deslizó sobre el papel con un rasgueo que a Penélope le sonó a sentencia de muerte.
—Visualmente es un parque de atracciones, una fantasía pop atractiva para los ojos —sentenció el hombre, mirándola fijamente—. Pero en el paladar es una agresión. Tiene tanto dulce industrial y tanto aditivo innecesario que mi dentista acaba de ponerse a llorar en otra provincia. Es pura fachada sin equilibrio culinario.
Se levantó, se ajustó el sombrero de ala ancha y abandonó el local con paso firme. Penélope se quedó apoyada contra la vitrina, con la respiración entrecortada y una abrumadora sensación de fracaso quemándole las mejillas. Sus luces LED ya no brillaban; la realidad del veredicto la había dejado desnuda.
A las once de la mañana, la calle principal parecía sumida en un letargo tenso. Don Augusto ya se había marchado en su coche negro, pero el ambiente seguía cargado con la electricidad de su paso.
Ramiro estaba de pie junto a su mesa de trabajo, mirando fijamente la rebanada de pan que el crítico había rechazado, cuestionándose cada hora de sueño perdida y cada gramo de su fórmula tradicional. En la acera opuesta, Penélope limpiaba mecánicamente el mostrador, con la mirada perdida en las luces parpadeantes de sus dónuts, sintiendo que la innovación de la que tanto se enorgullecía se había transformado en un chiste de mal gusto.
Un sonido idéntico y simultáneo rompió la atmósfera. ¡Bzzz!
Los teléfonos móviles de ambos comerciantes vibraron en sus bolsillos. Era la notificación de la cuenta oficial de Don Augusto, una alerta que la mitad de los habitantes de Villa Delicia tenían activada.
Ramiro sacó el dispositivo con dedos torpes. Penélope desbloqueó la pantalla con un movimiento rápido y nervioso. Ambos se acercaron a sus respectivos escaparates, buscando la luz del día para leer el mensaje que acababa de lanzarse al ciberespacio.
El tuit rezaba lo siguiente:
"Villa Delicia tiene dos panaderos con un talento innegable, pero trágicamente atrapados en sus propios egos. Por separado, ambos son proyectos incompletos: uno ofrece un pasado rígido que bosteza; la otra, un futuro ruidoso que empacha. Una decepción comercial absoluta."
El impacto del tuit fue inmediato. Ramiro sintió el golpe directamente en su orgullo ancestral. La mención a su "pasado rígido" le dolió más que cualquier insulto personal; era una enmienda a la totalidad del legado de su abuelo. Sus hombros se hundieron levemente, y el teléfono pareció pesarle una tonelada en la mano.
Al levantar la vista, vio a Penélope. Ella sostenía el móvil a la altura del pecho, con los labios apretados en una línea fina y los ojos brillantes, inundados por una mezcla de rabia contenida y humillación profunda. La etiqueta de "futuro ruidoso" había desmantelado su armadura de marketing moderno en un solo segundo.
Los dos rivales se miraron a través del cristal de sus escaparates, compartiendo por segunda vez en el día una conexión que no deseaban. El dolor de la crítica mutua había igualado las fuerzas de la peor manera posible. El pueblo entero estaba leyendo ese tuit, las reservas para el festival pendían de un hilo y sus identidades profesionales acababan de ser reducidas a cenizas digitales por el hombre del sombrero de ala ancha. El orgullo de las dos aceras estaba por los suelos, y la guerra comercial ya no parecía tan divertida desde el fondo del foso.