Cuatro años atrás, Lara Rivas lo perdió todo en una sola noche: su familia, su prometido, su nombre y casi la vida. Traicionada por su propia hermana, desapareció sin mirar atrás.
Ahora vuelve a Buenos Aires con otro rostro, otro nombre y dos hijos que son todo su mundo. Solo quiere recuperar lo que le arrebataron y hacer caer a quienes la destruyeron.
Pero Sebastián Ferrer aparece otra vez.
Frío, poderoso y acostumbrado a que nadie le diga que no, Sebastián no logra entender por qué esa mujer le resulta tan familiar. Tampoco por qué sus hijos se parecen tanto a él.
Entre secretos, heridas viejas y una atracción que ninguno de los dos pidió, Lara intenta mantenerse lejos.
El problema es que sus hijos ya eligieron bando.
Y esta vez, el pasado no piensa quedarse enterrado.
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Capítulo 9
Nicolás conocía demasiado bien a su hermano.
Sebastián podía tener la misma cara que una pared, pero Nicolás distinguía los cambios mínimos. Ese modo de dejar los cubiertos, esa quietud en los ojos.
Estaba molesto.
Y el motivo era Lara.
—La llevo yo —dijo Nicolás.
Lara levantó una mano.
—No hace falta. Estamos en el mismo complejo. Después tomo un taxi a Dawn.
—De ninguna manera. Te hicimos venir en tu horario de almuerzo para cocinar. Lo mínimo es que un chofer te lleve.
—Señor Ferrer...
—Nico —la corrigió él—. Si me decís señor Ferrer no sé si hablás de mí o de mi hermano.
—Nicolás, entonces.
—Nico. Y yo te digo Lara.
—No.
—Lari.
—Menos.
—¿Lara entonces?
—Lara está bien.
Nicolás sonrió como si hubiera ganado algo.
—Listo. Amigos.
—No somos amigos.
—Todavía.
Lara lo miró sin expresión.
—Gracias por llevarme.
—Así me gusta.
Sebastián escuchó desde la mesa. Vio a Lara quedarse sin palabras ante la insistencia absurda de Nicolás y, por alguna razón, el malhumor se le aflojó.
Lara se fue con Nicolás hasta la entrada.
En cuanto la puerta se cerró, Dulce se acercó a Sebastián con los ojos brillantes y la boca manchada de salsa.
—Señor Sebastián.
—Decime.
—¿Vos querés salir con mi mamá?
Sebastián casi se atragantó.
Dulce apoyó los codos en la mesa.
—Te vi cómo la mirabas. Es la misma cara de los hombres que quieren chamuyársela.
Sebastián dejó el vaso.
—¿Muchos hombres quieren salir con tu mamá?
—Un montón. Mi mamá es hermosa. Como yo.
—Modesta.
—¿Eso es bueno?
—Depende.
Dulce no se detuvo.
—Pero mamá dice que los hombres son todos unos... ¿cómo era? ¿Patitas de chancho?
Sebastián la miró.
—¿Qué?
—Algo así. ¿Por qué dice eso? ¿Porque son ricos para comer?
Nicolás habría llorado de risa. Sebastián no.
Le interesó otra cosa.
—Dijiste que yo me parezco a tu papá.
—Sí.
—¿Lo conocés?
—No. Nací y no lo vi nunca. Mamá dice que sobre su tumba creció pasto altísimo.
Sebastián quedó callado.
El padre de Dulce estaba muerto.
Eso explicaba que Lara criara sola a la nena.
Y quizás esa frase sobre los hombres también.
Dulce ya había pasado de la tragedia al plato.
Comía fideos fríos con una felicidad feroz. La salsa le brillaba en los labios, las mejillas se le inflaban como si escondiera tesoros.
Sebastián miró el plato.
De pronto tuvo hambre.
Probó un bocado.
Dulce levantó la cabeza enseguida.
—¿Rico?
—Rico.
Ella se iluminó.
—Obvio. Mamá cocina mejor que nadie. Probá el pollo. La salsa es secreta.
Sebastián probó el pollo.
Después las papas.
Después la carne con morrón.
No dijo mucho, pero siguió comiendo.
Cuando Nicolás volvió de dejar a Lara, se quedó parado en la puerta del comedor.
El plato de fideos de Sebastián iba por la mitad.
Además había probado todos los acompañamientos.
Nicolás sintió que le ardían los ojos.
Si esto funcionaba con Sebastián, Mateo también podía mejorar.
Solo había que traerlo.
En la puerta de Dawn, Candela estaba sentada en su auto.
No había podido trabajar tranquila desde que escuchó el nombre de Lara Rivas. La noche anterior soñó con ella saliendo del río, empapada, pálida, con los ojos abiertos.
Había ido al set por la mañana, pero no pudo concentrarse. Cada toma le salió mal.
Al mediodía volvió a la empresa para probar a Jane.
La esperó en el estacionamiento.
Y la vio bajar de un auto de la familia Ferrer.
Candela se quedó helada.
Ese vehículo era de Sebastián.
No podía equivocarse.
Jane acababa de volver a Buenos Aires. No debería conocer a Sebastián. ¿Qué relación tenían? ¿Y si era Lara? ¿Y si sabía que aquella noche en el hotel el hombre había sido Sebastián Ferrer y había ido a buscarlo?
No.
No podía permitirlo.
Arrancó el auto y siguió al chofer que había dejado a Lara.
A mitad de camino, lo encerró con el suyo.
El hombre frenó, sobresaltado.
—Señorita Candela.
Ella bajó.
—¿Conocés a Lara Rivas?
El chofer se puso incómodo.
—Señorita, el señor pidió que no hablemos de cosas de la casa.
—¿Yo soy de afuera?
Candela dio un paso hacia él.
—Soy la madre de Mateo. La señora Ferrer me reconoce como futura nuera. ¿Querés perder tu trabajo por esconderme algo?
El chofer dudó.
Hacía poco habían echado a una empleada por pasarle información a Candela. No quería terminar igual.
Ella suavizó la voz.
—Solo quiero saber qué pasa. No voy a decir que me lo contaste.
El miedo al futuro pudo más que la prudencia.
El chofer habló.
Le dijo que Jane no tenía relación romántica con Sebastián. Que la hija de ella, Dulce, ayudaba con el apetito del señor. Que la habían llevado a cocinar porque la nena solo quería comida de su mamá.
Candela respiró.
Jane tenía una hija de tres años.
Eso reducía la posibilidad de que fuera Lara.
Lara solo había pasado una noche con Sebastián. Aunque hubiera quedado embarazada, después su padre mandó a matarla, la apuñalaron, cayó al río. Ningún bebé habría sobrevivido a eso.
Y Lara, con esa mentalidad conservadora de antes, no habría buscado otro hombre apenas después.
Pero la calma duró poco.
Jane seguía siendo una amenaza.
Sebastián no soportaba mujeres cerca. Aun así permitía que esa mujer entrara en su casa y comía lo que ella cocinaba.
Con esa cara, con ese cuerpo, con esa forma de aparecer justo ahora.
Candela no podía dejarla crecer.
Tenía que pensar algo.
A las cinco de la tarde, Nicolás esperaba a Dulce en el living de la residencia.
Sebastián había mandado al chofer a buscar a Lara a Dawn. El chef preparaba ingredientes, por si la directora de diseño volvía a cocinar.
Dulce jugaba en la alfombra.
Nicolás la observaba con el mentón apoyado en la mano.
—Cada vez que te miro, más conocida me resultás.
Dulce no levantó la vista.
—Me parezco al señor Sebastián.
—No a mí, obvio.
La nena lo miró con una seriedad que dolía.
—No.
—Qué sinceridad cruel.
Nicolás volvió a estudiarla.
No era solo Sebastián.
Las cejas.
Los ojos.
Algo en la expresión.
Mateo.
Se parecía a Mateo.
—A partir de ahora no me digas señor Sebastián a mí —dijo Nicolás—. Si no, no sé a quién llamás.
—¿Entonces?
—Decime tío Nico.
Dulce pensó.
Si Sebastián era su papá, Nicolás era su tío de verdad.
Así que sonrió.
—Tío Nico.
Nicolás se llevó una mano al pecho.
—Me adoptaste. Listo.
El teléfono sonó.
Era la vieja residencia Ferrer de San Isidro.
Nicolás atendió.
Su cara cambió al instante.
—¿Qué?
Colgó y corrió al despacho sin golpear.
—Sebastián, mal. Mateo no come desde anteayer. Tu mamá quiso que le pusieran suero y armó un desastre. No se deja tocar.
Sebastián cerró la notebook.
—Vamos.
Los dos salieron rápido.
Al pasar por el living, Dulce se quedó parada.
—¿Pasó algo?
Sebastián le tocó la cabeza.
—Lo arreglo.
—Yo espero.
—Bien.
Se fueron.
Marta, la empleada, vio a Dulce mirando la puerta y le trajo un postre.
—No te preocupes, mi amor. Fueron a buscar al nene.
—¿Qué nene?
—Mateo. El hijo del señor Sebastián. Pero eso es cosa de la familia, ¿sí?
entonces no es la madre de Sebastián
ahora o nunca !!!
pero un poquito más y sacan a la diabla que lleva por dentro /Facepalm//Facepalm//Facepalm/
deja de meterme relleno a la historia y empieza a acomodar las cosas entre Sebastian y Lara, 60 capítulos y no avanzan
busquen ...rápido