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Mil Montañas entre Nosotros

Mil Montañas entre Nosotros

Status: Terminada
Genre:CEO / Secuestro y encarcelamiento / Romance oscuro / Completas
Popularitas:11.3k
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Mil Montañas entre Nosotros
— o La Jaula de Cristal —

Nieves Solano tiene dieciocho años, los padres muertos y ningún lugar al que ir.

Cuando Adrián Montalvo —el CEO más temido de Ciudad de México— le ofrece un trato, ella no tiene opción: vivir en su penthouse de Polanco a cambio de que su tío no termine en prisión. Lo que él no le dice es por qué. Lo que ella no imagina es que ese hombre guarda un odio antiguo contra su familia… y un secreto mucho más peligroso que el odio.

Durante tres años, Nieves sobrevive entre las paredes de cristal de un departamento que parece un palacio y se siente como una cárcel. Adrián es frío, controlador y cruel. Pero a veces —solo a veces— ella descubre grietas: un perro llamado Cariño que solo ella puede acariciar, flores frescas que aparecen cada semana en su habitación, y un celular privado que guarda únicamente su nombre.

Cuando por fin recupera su libertad, Nieves jura no volver jamás.

Pero el destino no ha terminado con ella.

Un favor desesperado la lleva de regreso a sus brazos. Un pacto de treinta días. Una casa de playa donde el hombre que la destruyó le muestra, por primera vez, quién es realmente. Y una red de mentiras tejida por la esposa de él —Regina Valcárcel— que amenaza con destruirlos a ambos.

Cuando la verdad explote, Nieves tendrá que elegir: salvar al hombre que la enjauló… o salvarse a sí misma.

Y en el fondo de una maleta vieja, un celular esconde tres palabras que él nunca tuvo el valor de decir en voz alta.

Género: Dark Romance / CEO Romance / Drama
Tono: Angst · Slow Burn · Enemies-to-Lovers
Contenido: Temas maduros (16+). Relaciones tóxicas, coerción, trauma. No apto para lectores sensibles.

NovelToon tiene autorización de DulceSilencio para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12. La prueba

Yo no sabía nada de Sofía Santana esa mañana.

No sabía que Adrián estaba preparando otra mentira para cubrirme de otra mujer. No sabía que Regina miraba desde lejos. No sabía que Emilio llevaba más verdades escondidas en el bolsillo que las que yo podía soportar.

Lo único que sabía era que llevaba tres días despertando con náuseas.

Al principio culpé al estrés. Era fácil. El cuerpo, después de la publicación, se había vuelto un animal asustado: no dormía bien, no toleraba comida, saltaba con cada vibración del teléfono. Valentina insistía en que comiera pan tostado. Rosario dejaba té. Adrián, cuando coincidíamos en la sala, me miraba como si quisiera decir algo y luego elegía dar una orden.

—Come.

—Duerme.

—No salgas sola.

Yo obedecía algunas cosas y otras no. Era mi manera pobre de seguir existiendo.

El cuarto día, en el baño de La Nacional, vomité agua.

No había comido nada.

Me quedé con las manos apoyadas en el lavabo, mirando mi cara en el espejo. Una chica entró, se detuvo al verme y salió sin lavarse las manos. Después del escándalo, incluso la compasión parecía contagiosa.

Abrí la aplicación del calendario.

Conté.

Una vez.

Luego otra.

Después dejé de respirar.

No podía ser.

La frase llegó primero como negación y luego como súplica. No podía ser. No ahora. No ahí. No con él. No dentro de una vida que ni siquiera me pertenecía.

Salí del baño sin ir a clase.

Compré la prueba en una farmacia a tres calles del campus. La señora detrás del mostrador no levantó la vista de su celular.

—¿Cuál quiere?

Yo miré las cajas como si estuvieran escritas en otro idioma.

—La más segura.

—Todas dicen lo mismo, joven. Esta trae dos.

Me la dio en una bolsa blanca.

La bolsa pesaba menos que un cuaderno, pero me dobló la muñeca.

No fui a Polanco. No podía hacerlo ahí, con Rosario tocando la puerta, con Adrián caminando detrás de alguna pared, con esa casa escuchándolo todo. Volví a La Nacional y me encerré en un baño del edificio más viejo, uno donde casi nadie entraba porque el grifo chillaba y la luz parpadeaba.

Leí las instrucciones tres veces.

Esperé tres minutos.

Tardó menos.

Dos líneas.

La primera apareció fuerte, cruel. La segunda llegó pálida, como si pidiera perdón por existir.

Me senté en el piso.

El azulejo estaba frío. Olía a cloro, humedad y miedo. Afuera alguien reía en el pasillo. Una risa común, de estudiante común, de una vida que seguía caminando mientras la mía acababa de detenerse frente a dos líneas rojas.

Toqué mi vientre.

No sentí nada.

Eso me asustó más.

Quise llamar a Valentina. Desbloqueé el teléfono, busqué su nombre y me quedé con el dedo encima de la pantalla. Si contestaba, vendría. Si venía, me abrazaría, gritaría, buscaría soluciones, me diría que no estaba sola.

Y entonces la decisión ya no sería solo mía.

Guardé el teléfono.

Fui al Hospital Universitario.

El camino en Uber me pareció interminable. El conductor puso una estación de radio donde hablaban de tráfico y de un cantante que se había divorciado. Yo miraba mis manos sobre las rodillas. Parecían manos ajenas. Manos que habían sostenido libros, matraces, la correa de Cariño, la pulsera de Santiago, las sábanas de una cama que odiaba.

En admisión, una enfermera me pidió identificación.

—¿Viene acompañada?

—No.

—¿Algún familiar al que podamos llamar?

—No.

La palabra salió demasiado rápido.

La enfermera levantó la mirada. Tenía ojos cansados, pero no duros.

—¿Está segura?

No.

Nunca había estado menos segura de nada.

—Sí.

Me hicieron una prueba de sangre. Luego esperé en una sala con paredes color menta, junto a una mujer embarazada que acariciaba su vientre mientras su esposo le mostraba algo en el celular. Ella sonrió. Él le besó la frente.

Aparté la vista.

No los odié.

Me odié por no poder mirarlos.

Cuando me llamaron, la doctora llevaba una bata blanca y el cabello recogido. Leyó el resultado, luego me miró con una seriedad cuidadosa.

—La prueba es positiva.

Yo ya lo sabía.

Aun así, escucharla fue distinto. Una cosa era ver dos líneas en un baño roto. Otra era que una mujer con bata le diera al miedo un nombre médico.

—¿De cuántas semanas? —pregunté.

—Muy inicial. Necesitamos confirmar con ultrasonido y revisar tu estado general.

Asentí.

La doctora dejó el papel sobre el escritorio.

—Antes de hablar de opciones, necesito preguntarte algo. ¿Estás segura en casa?

La pregunta me golpeó tan directo que casi me reí.

¿Casa?

¿Cuál?

La de Tío Gerardo, donde me habían entregado. El penthouse de Polanco, donde cada puerta abría hacia Adrián. La habitación universitaria que casi nunca podía dormir. Ninguna era casa.

—Sí —mentí.

La doctora no pareció creerme del todo.

—¿La relación con el padre del embarazo es segura?

Miré el borde del escritorio.

—No quiero hablar de él.

No insistió. Eso me salvó y me condenó al mismo tiempo.

La doctora giró el monitor para que no quedara entre nosotras y apoyó las manos sobre el escritorio.

—Todo lo que hablemos aquí es confidencial —dijo—. Nadie puede pedir tus resultados sin tu autorización. Ni pareja, ni familiar, ni tutor. ¿Entiendes?

Asentí.

La palabra "confidencial" me produjo un alivio tan fuerte que casi me mareó. En mi vida, nada era confidencial. Mi comida pasaba por Rosario, mis salidas por Tomás, mi horario por Don Rafael, mi miedo por las paredes de Polanco. La idea de que una hoja pudiera pertenecerme solo a mí sonó imposible.

—También necesito saber si alguien te está presionando para tomar una decisión —continuó—. Presionarte para continuar o para interrumpir. Cualquiera de las dos cosas es violencia.

Tragué saliva.

Si decía que sí, ¿qué pasaba? ¿Llamaban a la policía? ¿A trabajo social? ¿A alguien que hiciera preguntas que terminarían en Adrián, en Gerardo, en mi padre, en todo lo que yo no podía probar sin destruir lo poco que seguía en pie?

Miré mis manos.

—Nadie sabe que estoy aquí.

—No fue lo que pregunté.

La doctora no sonó dura. Sonó acostumbrada a escuchar mentiras necesarias.

—Es mi decisión —dije.

No era toda la verdad.

Pero era la parte que necesitaba conservar.

Ella me ofreció hablar con psicología del hospital antes de seguir. Me dio una tarjeta con un número de apoyo y la puso encima del escritorio, no en mi mano, como si entendiera que incluso aceptar un papel podía sentirse como prometer algo.

—Puedes cambiar de opinión en cualquier momento del proceso —dijo—. También puedes pedir que nos detengamos si necesitas respirar.

Respirar.

Hacía años que nadie me ofrecía detener el mundo para eso.

Me explicó opciones con voz clara. Sin juicio. Sin apuro. Me habló de tiempos, riesgos, apoyo psicológico, citas necesarias, decisiones que no debían tomarse desde el pánico. Yo la escuchaba y no la escuchaba. Cada palabra pasaba por encima de una sola imagen: Adrián enterándose.

Adrián mirando mi vientre como otra deuda de sangre.

Adrián decidiendo.

Adrián usando esa vida pequeña, imposible, como una cadena nueva entre los dos.

No.

No podía.

Y detrás de ese "no" había otro, más secreto y más terrible: yo tampoco sabía si podía querer algo nacido de una noche donde mi voluntad no había importado. Pensarlo me partió de una manera que no sabía nombrar. No era rechazo. No era odio. Era una tristeza tan grande que no encontraba dónde sentarse dentro de mí.

La doctora me ofreció llamar a alguien.

Negué.

—Necesito decidir hoy.

—Nieves, no tienes que hacerlo sola.

La forma en que dijo mi nombre me hizo llorar por fin.

No lloré bonito. No fue una lágrima limpia bajando por la mejilla. Fue una respiración rota, las manos tapándome la boca, el cuerpo doblándose hacia adelante porque la vergüenza y el miedo pesaban más que mis huesos.

La doctora me acercó pañuelos.

—Estás en una situación difícil —dijo—. Pero ninguna decisión debe tomarse para complacer o castigar a otra persona. Tiene que ser por ti. Por tu salud. Por tu seguridad.

Seguridad.

La palabra sonó como algo que les pasaba a otras mujeres.

Me quedé en el hospital hasta que oscureció.

No voy a contar lo que ocurrió después con detalles. No porque fuera simple. No porque no doliera. Sino porque hay dolores que se vuelven espectáculo demasiado fácil en boca de otros, y yo ya había sido espectáculo suficiente para una universidad entera.

Hubo firmas.

Hubo una pulsera de hospital en mi muñeca derecha.

Hubo una enfermera que me sostuvo el brazo cuando me tembló demasiado.

Hubo una sala blanca donde el techo parecía no terminar nunca.

Hubo silencio.

Cuando todo acabó, me dejaron descansar en una camilla. Sentí frío. Mucho frío. La enfermera me puso una manta sobre los pies y me preguntó si quería que llamaran a alguien.

Pensé en Valentina.

Pensé en mi mamá.

Pensé, contra toda razón, en Adrián sentado en el piso de la casa de playa, del otro lado de una habitación, fingiendo que no me cuidaba.

—No —dije.

Mi voz no sonó mía.

Salí del Hospital Universitario con una carpeta de indicaciones, una receta y el cuerpo liviano de una forma horrible. Afuera, la noche de CDMX seguía igual: ambulancias, vendedores de café, taxis esperando junto a la banqueta.

El teléfono tenía doce llamadas perdidas de Valentina.

Tres de Rosario.

Ninguna de Adrián.

Eso debería haberme aliviado.

En cambio, me hizo sentir tan sola que tuve que sentarme en una banca antes de pedir el Uber.

Abrí el chat de Valentina.

"Estoy bien", escribí.

Borré el mensaje.

"Mañana te explico."

También lo borré.

Al final no mandé nada.

Guardé el teléfono y apreté la carpeta contra el pecho.

Yo creí que había conseguido hacerlo sin que nadie de su mundo se enterara.

Fue mi segunda equivocación.

En la acera de enfrente, un coche negro encendió las luces.

1
Ester Curros
No me gustó el final esperaba más mucho mas
Juana Francisca López
me fuera gustado que quedara con el
Graciela Mauchiere
la autora pregunta si me gusto....
no no me husto
Francisca Daniela Jimenez Valdes
entonces... ¿hasta violación hubo?😰
Francisca Daniela Jimenez Valdes
algo me dice que eso debe torturarle mucho. el no poder admirar siquiera una sonrisa de ella 🤔
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