Elena busca el orden y la perfección; Julián vive bajo sus propias reglas. Cuando sus caminos se crucen en la academia, descubrirán que el destino tiene un plan completamente diferente para los dos. ¿Podrá el amor romper sus defensas?
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Después de la tormenta
Después de aquella terrorífica madrugada que casi les cuesta la vida, el regreso a la realidad fue abrupto y confuso. El peligro había pasado, pero dejó secuelas. Julián, incapaz de seguir bajo el yugo de su familia, tomó su maleta y se marchó de casa, dispuesto a empezar desde cero, mientras que Elena buscó refugio en los brazos de su mamá. Al día siguiente, en la academia, Arturo marcó su postura como dueño del lugar, imponiendo un orden estricto que, al menos, dejó a los chicos tranquilos y lejos de nuevas amenazas.
Sin embargo, la verdadera tormenta empezó por dentro. Al intentar volver a su rutina normal, las cosas ya no eran iguales. El peso de lo vivido y el orgullo crearon una barrera invisible entre ambos. Pasaron los días y, a menudo, se mostraban indiferentes el uno con el otro. Se cruzaban en los pasillos de la academia y apenas se sostenían la mirada; a veces se hablaban con monosílabos, y otras veces actuaban como si la complicidad de aquella noche hubiera sido solo un espejismo. Era una indiferencia dolorosa, un mecanismo de defensa para no salir lastimados mientras asimilaban que la vida de Julián ya no era la de un niño rico y que Elena debía buscar un nuevo trabajo para salir adelante.
La tensión se volvió una rutina asfixiante, hasta que el destino —o las ganas de no perderse— provocó que se encontraran completamente a solas en los vestidores de la academia al terminar la jornada.
El silencio entre los dos era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. Julián la miró fijamente mientras ella ordenaba sus cosas con una calma fingida. Ya no podían seguir así; la distancia era una tortura peor que el propio peligro. Fue ahí donde la conexión, esa chispa que se negaba a apagarse, vibró con fuerza entre los dos. Decidieron hablar. Se sentaron en el suelo, desnudando sus miedos, aclarando las indirectas y los silencios de los últimos días. Ambos confesaron, con el corazón en la mano, que no iban a poder vivir siendo dos extraños que se querían en secreto.
Tras esa reconciliación honesta, la complicidad floreció de nuevo, pero con más madurez. Julián se unió a Elena en la búsqueda de empleo, viviendo travesuras compartidas en entrevistas de trabajo, celebrando sus pequeños sueldos y regalándose detalles sencillos: notas escondidas o helados a mitad de la tarde. El deseo mutuo se volvió una llama insoportable; no podían estar cerca sin tocarse o besarse a escondidas.
Por eso, una tarde, Julián decidió dar el paso definitivo. Le vendó los ojos a Elena con la promesa de una sorpresa y la guió hacia la playa. Al quitarle la venda frente al mar, Elena se encontró con un precioso picnic bajo el atardecer y, al fondo, una hermosa pancarta iluminada con bombillitos románticos que decía: ¿Quieres ser la novia de este corazoncito?
Con lágrimas de felicidad y el corazón desbocado, Elena lo miró y exclamó:
—¡Sí, claro que sí quiero!