Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16 Los Planes
María asintió, aunque su expresión seguía siendo dura cuando mencionaba a Sebastián.
—¿Y cómo conociste a Gaya? —preguntó—. ¿Cómo acabó casándose con él?
—Por lo que he podido reconstruir con sus recuerdos —explicó Gaya—, se conocieron en un evento benéfico. Ella era una chica tímida, criada por una madre fría y distante, sin amigos, sin vida propia. Sebastián debió ver en ella a alguien fácil de manejar, alguien que no le cuestionaría, alguien que ocupara el lugar vacío sin pedir nada a cambio. Se casaron rápido, sin apenas ceremonia. Y desde el principio, Vanesa la odió.
—¿Por qué?
—Porque Vanesa quería ese lugar. Lleva años queriendo ser la señora de Sebastián. Desde la preparatoria, desde antes de que yo apareciera. Y siempre algo se lo impide: primero yo, ahora Gaya. Pero ella no se rinde. Sigue intentándolo.
María frunció el ceño.
—¿Y por qué no se casa con Sebastián directamente? Si tanto lo quiere…
—Porque Sebastián no la ve así. —Gaya se encogió de hombros—. Para él, Vanesa es la amiga, la confidente, la que siempre está ahí. Pero no la mujer. Nunca la ha visto como una mujer. Y eso la enloquece.
—Así que en lugar de aceptarlo, decide matar a las esposas.
—Exacto.
Hubo un silencio mientras ambas procesaban la magnitud de lo que estaban enfrentando. Una asesina. Una asesina que había matado al menos una vez, que había intentado matar dos veces, y que no se detendría ante nada para conseguir lo que quería.
—Luisa —dijo María de repente—, ¿y si lo intenta otra vez? ¿Y si, al ver que Gaya ha cambiado, decide volver a atacar?
—Lo intentará. —Gaya asintió con serenidad—. De hecho, estoy casi segura de que ya está planeando algo. Pero esta vez yo estaré preparada. Esta vez la veré venir. Y cuando intente algo, estaré esperándola.
María la miró con admiración.
—Eres increíble, ¿lo sabes? Has muerto, has vuelto en otro cuerpo, tu hija te odia, tu marido es un idiota, y en lugar de venirte abajo, estás planeando cómo destruir a la que te mató.
—Es lo único que me mantiene cuerda —admitió Gaya—. Bueno, eso y Tomás. Y ahora, tenerte a ti.
María se levantó y la abrazó con fuerza. Un abrazo largo, sincero, de esos que curan heridas.
—Voy a ayudarte —dijo contra su hombro—. En lo que sea. Hasta el final. Porque tú eres mi persona, Luisa. Siempre lo has sido. Y ahora que te tengo de vuelta, no pienso dejarte ir.
—¿Aunque tenga esta cara? —bromeó Gaya, separándose para señalar sus propios rasgos.
—Sobre todo por esta cara —rió María, secándose las lágrimas—. Estás buenísima ahora, ¿lo sabías? Si esto es lo que obtienes por morirte, igual debería planteármelo.
—No te atrevas —la amenazó Gaya con una sonrisa—. No podría soportar perderte otra vez.
Las dos amigas se sentaron a la mesa que María había reservado para ellas, y pidieron café. Bueno, María pidió café. Gaya pidió un té, porque los recuerdos de Gaya le decían que esa era su bebida favorita, y tenía que empezar a acostumbrarse a ser ella.
—Cuéntame más —dijo Gaya—. De la empresa, de mi madre, de todo. Necesito saber qué ha pasado en estos cinco años.
María asintió y comenzó a hablar. Le contó que la empresa que habían fundado juntas, Luisa y Sebastián, había crecido enormemente.
Que ahora tenían sedes en tres países, que Sebastián se había convertido en un hombre de negocios respetado, que la fortuna de la familia se había multiplicado.
Le contó que su madre, que ya era mayor cuando ella murió, seguía viva, pero muy delicada, viviendo en una residencia, apenas consciente de lo que pasaba a su alrededor.
Le contó que muchos de sus amigos se habían alejado, que otros habían intentado mantener el contacto pero que Sebastián los había ido apartando.
—Creo que le recordabas demasiado a ti —dijo María con suavidad—. Y no podía soportarlo.
—¿Y tú? —preguntó Gaya—. ¿Por qué seguiste?
—Porque yo no soy como los demás. —María sonrió con tristeza—. Yo no podía olvidarte, aunque él quisiera. Así que me mantuve cerca. Lo suficiente para ver a los niños, para asegurarme de que estaban bien. Pero no lo suficiente para que Sebastián se sintiera cómodo. Supongo que le recordaba a ti también.
Gaya le apretó la mano.
—Gracias. Gracias por no olvidarme.
—Imposible, Cerebro. Eres inolvidable.
Pasaron las horas hablando. Gaya le contó todo lo que había pasado desde que despertó en el hospital: la confusión, los recuerdos de Gaya invadiendo su mente, el encuentro con Pauline, la llegada a casa, la bofetada a Lauren, el desayuno, el enfrentamiento con Vanesa.
María la escuchaba con atención, haciendo preguntas, tomando notas mentales.
—Tienes que tener cuidado —dijo cuando Gaya terminó—. Vanesa no es tonta. Si nota que has cambiado, va a investigar. Va a querer saber qué pasó en el hospital. Va a hablar con médicos, con enfermeras, con cualquiera que pueda darle información.
—Lo sé. —Gaya asintió—. Por eso necesito que me ayudes a investigarla a ella primero. Necesito saber todo lo que pueda sobre su pasado, su familia, sus debilidades. Todo.
—¿Crees que tiene cómplices?
—No lo sé. Su madre siempre ha sido... extraña. En los recuerdos de Gaya, la madre de Vanesa aparece como una mujer fría, ambiciosa, que presiona constantemente a su hija. Es posible que esté involucrada.