⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️
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Porque yo lo decidí
El teatro principal de la agencia de talentos estaba sumido en una actividad frenética. Decenas de técnicos, iluminadores y asistentes de producción se movían de un lado a otro entre cables y estructuras metálicas. El director del video musical gritaba instrucciones a través de un megáfono, intentando coordinar la iluminación para el ensayo general de la coreografía principal.
En el centro del escenario, bajo un potente reflector que proyectaba una luz blanca y fría, Gus Fletcher se posicionaba con firmeza. Su cuerpo, completamente recuperado gracias al descanso obligatorio en la mansión, se movía con una precisión impecable. Vestía un pantalón ajustado de cuero negro y una camisa oscura semiabierta, una estética sensual que encajaba con el ritmo pesado de su nueva canción.
Gus giraba, saltaba y cantaba con una entrega feroz. Su perfeccionismo obsesivo estaba en su punto más alto; quería demostrarle al mundo —y sobre todo a sí mismo— que seguía siendo el dueño de su arte.
Sin embargo, cada vez que realizaba un movimiento brusco, Gus miraba de reojo hacia la penumbra del segundo nivel del teatro. En el palco privado, oculto entre las sombras, permanecía de pie la imponente figura de Arlo Baxter. El mafioso de casi vestía un traje oscuro y sostenía un cigarrillo encendido, observando cada paso del cantante con sus intensos ojos negros. A su alrededor, tres de sus hombres armados custodiaban la entrada del palco, manteniendo a todo el personal de la agencia a una distancia respetable.
El hilo carmesí parpadeaba en el aire del teatro, extendiéndose desde la muñeca de Gus, subiendo por las butacas y enroscándose en los dedos largos de Arlo. Aunque Gus intentaba concentrarse en la coreografía, el hormigueo constante en su bajo vientre y el recuerdo del beso hambriento en la biblioteca le nublaban los sentidos. Arlo lo miraba como un dueño mira a su posesión más preciada, y Gus odiaba cuánto le excitaba esa mirada de control absoluto.
—¡Bien, detengan la música un segundo! —gritó el director desde la consola principal—. Gus, la transición del segundo coro necesita más fuerza visual. La iluminación va a cambiar a un tono rojo intenso en ese punto. Prepárate para repetir desde el puente musical.
Gus se detuvo en seco en medio del escenario, jadeando sutilmente, con el sudor corriéndole por el cuello. Se pasó una mano por el cabello y asintió con la cabeza, manteniendo los ojos verde café fijos en el suelo de madera.
—Entendido —respondió Gus, recuperando el aliento—. Estoy listo. Repitamos desde el puente.
Arriba, en la estructura de soporte técnico que cruzaba el techo del teatro, un chirrido metálico y seco rompió el murmullo del personal. Uno de los técnicos que ajustaba los pesados reflectores de alta potencia cometió un error de cálculo. Una de las abrazaderas de acero que sostenía un enorme reflector se fracturó por completo debido a la tensión.
—¡Cuidado abajo! —gritó una voz desde las alturas—. ¡El reflector se está soltando!
El pánico se desató en el teatro. Los asistentes corrieron hacia las salidas del backstage, pero Gus, en medio del escenario, levantó la mirada demasiado tarde. El enorme bloque de metal y vidrio se desprendió del techo, cayendo en línea recta directamente hacia el lugar exacto donde el cantante estaba parado. Gus se quedó congelado por el impacto visual, sintiendo que sus piernas no reaccionaban ante el peligro inminente.
Desde el palco, Arlo no gritó ni perdió la compostura. Su mente de líder criminal, acostumbrada a reaccionar en milisegundos ante emboscadas y tiroteos, operó con frialdad.
Arlo soltó el cigarrillo y cerró el puño de la mano derecha con una fuerza descomunal, tirando del hilo carmesí hacia atrás.
Al mismo tiempo, un fenómeno sobrenatural ocurrió en el aire del teatro. De la palma izquierda de Arlo brotó un segundo destello de energía roja brillante, una línea carmesí gruesa que viajó a la velocidad de la luz por el espacio del teatro y se enroscó firmemente alrededor del tobillo izquierdo de Gus.
—¡Ah! —Gus soltó un jadeo ahogado cuando sintió una fuerza invisible, masiva e implacable, que lo aferró tanto de la muñeca como de la pierna.
Antes de que el pesado reflector impactara contra el suelo, el doble lazo de Arlo tiró del cuerpo de Gus. El cantante fue arrastrado por el aire hacia atrás, volando literalmente tres metros sobre el escenario, completamente ajeno a la gravedad.
Un segundo después, el reflector de cincuenta kilos se estrelló contra las maderas del escenario con un estallido ensordecedor de vidrios rotos y metal retorcido, justo en el punto exacto donde Gus había estado parado una milésima de segundo antes. El suelo del escenario crujió y se astilló por el impacto.
Gus cayó de espaldas sobre una colchoneta de protección que estaba guardada a un costado del escenario, amortiguando su caída por completo. El aire se le escapó de los pulmones por el tirón, pero su cuerpo estaba intacto, sin un solo rasguño.
—¡Gus! ¡¿Estás bien?! —gritó Ariadna, su mánager, corriendo hacia él junto a varios paramédicos de la agencia—. ¡Llamen a una ambulancia! ¡El escenario es un peligro!
Gus no escuchaba los gritos de su equipo. Con el corazón golpeándole a una velocidad salvaje y la respiración completamente desbocada, el cantante miró de inmediato hacia abajo. Sus ojos verde café se abrieron con absoluto asombro al ver las dos líneas de energía carmesí parpadear con un tono rosa muy intenso. Ahora no era solo un hilo en su muñeca; había un segundo lazo atado a su tobillo, duplicando la conexión física y el nivel de sumisión involuntaria con su captor.
Levantó la mirada hacia el palco del segundo nivel.
Arlo Baxter permanecía en el borde del barandal, con una mano apoyada en la madera y la otra sosteniendo firmemente los extremos invisibles de ambos hilos. Su mandíbula estaba rígida y sus ojos negros brillaban con una furia fría dirigida hacia el techo del teatro, hacia los técnicos negligentes que casi destruyen su posesión más valiosa. El mafioso no se movió, pero la vibración de los hilos le transmitió a Gus una orden clara y silenciosa: Estás a salvo porque yo lo decidí.
Los paramédicos intentaron tocar a Gus para revisarlo, pero el cantante se incorporó de golpe por su cuenta, rechazando la ayuda con un movimiento de manos. Su cuerpo estaba temblando, cubierto por una intensa ola de sudor frío, pero el hormigueo en su bajo vientre y la descarga eléctrica de haber sido salvado por la fuerza bruta de Arlo lo estaban haciendo delirar de excitación interna. Su mente obsesiva procesó el milagro de inmediato: el lazo se había duplicado porque su propia necesidad de ser protegido en un entorno peligroso lo había reclamado.
—Estoy bien —dijo Gus, con la voz temblorosa pero firme, apartando a los médicos—. No necesito una ambulancia. Despejen el escenario. Necesito... necesito un momento a solas en el camerino.
—Pero Gus, casi te aplasta esa cosa... —insistió Ariadna, pálida de los nervios.
—¡Dije que despejen el escenario! —gritó Gus, con su orgullo de artista explotando para ocultar la brutal sumisión que sentía por dentro.
Gus se dio la vuelta y caminó a paso rápido hacia los pasillos traseros del teatro, arrastrando las dos líneas de energía carmesí que parpadeaban con cada uno de sus pasos. Sabía perfectamente que Arlo no se quedaría en el palco. Sabía que el mafioso bajaría a reclamar la deuda de su vida y que la tensión sexual acumulada durante esos días de encierro finalmente iba a estallar en el camerino privado.