Beatriz reencarna en la villana de su novela favorita. La cual tiene un destino de muerte.
Beatriz, ahora Vania Lankaster, decide escapar a otra región para no morir.
¿Podrá Vania escapar de su destino?
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Capítulo 9: El pequeño monstruo tiene dueño.
Desde que llegué a la colina y encontré a Alan, supe que no habría vuelta atrás. El es solo un niño pequeño sin hogar, y la anterior Vania entiende demasiado bien lo que se siente no tener a nadie. Así que desde que descubrí que era un pequeño dragón me lo quedé, le di de comer y poco a poco se fue abriendo conmigo. Es travieso, desobediente a veces, pero supe desde el principio que solo necesitaba amor y disciplina.
Me esforzaba en enseñarle modales, a hablar sin gritar, a no tirar la comida. Alan estaba aprendiendo. Y tampoco corría desnudo por la casa, ni se negaba a bañarse. Pero aún le costaba quedarse solo. Cada vez que yo debía bajar al pueblo, me rogaba que no me fuera, y yo me partía el alma al verlo.
—Tienes que portarte bien, Alan —le dije esa mañana, arrodillándome frente a él—. Voy a la aldea a comprar cosas ricas para comer y también algunos juguetes. Si te portas bien, a la vuelta te traeré un carrito de madera. ¿Qué te parece?
Sus ojitos se iluminaron y asintió con fuerza.
—¡Sí, mamá! —dijo, abrazándome.
—Pero nada de salir de la casa, ¿eh? Quédate adentro o en el jardín, pero no te alejes.
—Lo prometo.
Le acaricié el cabello y salí, con el corazón encogido. No me gustaba dejarlo solo, pero no había otra opción. Si alguien del pueblo lo veía, empezarían las preguntas que no sabría responder.
La mañana era hermosa, el sol brillaba entre las nubes y una brisa suave movía los árboles. Bajé la colina con mi cesta vacía, lista para abastecerme de verduras, pan y algo de carne para la semana. También quería comprarle a Alan un caballito de madera que había visto en el mercado, y si alcanzaba, unas pinturas de colores.
Al llegar al pueblo me extrañó ver tanta gente reunida en la plaza principal. Había carretas, soldados y un ambiente de fiesta. Me acerqué curiosa y vi a varios caballeros vestidos de negro, con capas oscuras, repartiendo cajas de madera.
—¿Qué sucede? —pregunté a la anciana Esther.
—¡El Archiduque ha llegado! —exclamó ella con emoción—. Está repartiendo medicinas y comida para todos. Él viene cada cierto tiempo
—¿El Archiduque? —repetí, sintiendo un escalofrío.
—Sí, el mismísimo Damián Melkiseder.
Señaló al centro de la plaza, pero no pude verlo. Me mantuve al margen, compré rápido lo que necesitaba y también el caballito de madera y las pinturas.
—Tú, la chica del cabello dorado. Detente.
Pero ya Vania estaba muy lejos para escucharlo.
—¿Esther, quién es esa chica? —preguntó, observándola a lo lejos.
— Es nueva aquí en el pueblo. Hace tres meses la encontré en la playa. Me dijo que una fuerte tormenta la tiró de su barco y el agua la arrastró hasta aquí.
—¿Cómo se llama?
—Vania.
—¿Vania? —repitió, frunciendo el ceño.
.....
Cuando salí del pueblo y empecé a subir la colina, no me di cuenta de que me seguían. Damián había ordenado a dos de sus hombres que la vigilaran, y él mismo los acompañó en secreto, escondiéndose entre los árboles.
Llegué a mi pequeña casa, abrí la puerta y en cuanto entré, una vocecita alegre me recibió.
—¡Mamá, mamá!
Alan salió corriendo desde el jardín y se lanzó a mis brazos. Reí y lo abracé con fuerza.
—¿Te portaste bien? —pregunté besándole la frente.
—¡Sí! Regué las plantas como me dijiste. ¿Me trajiste algo?
—Te traje esto —dije mostrándole el caballito de madera.
Los ojos del niño se abrieron como platos y saltó de alegría. En ese momento, desde la entrada del camino, una voz demandante y amenazadora rompió la paz.
—¡Regrésame a ese niño ahora mismo!
Me volví sobresaltada. Frente a mí se encontraba un hombre alto de cabellos negros y ojos rojos amenazantes, con la espada desenvainada, acompañado de dos soldados. Su rostro mostraba una furia helada.
—Ese niño es mi hijo. Devuélvemelo o morirás donde estás.
Instintivamente apreté a Alan contra mi pecho, protegiéndolo con mi cuerpo. Mi mente se negaba a procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Su… hijo? —tartamudeé.
—No me hagas repetirlo. Sé que lo robaste. Nadie atenta contra la familia Melkiseder y queda con vida.
"¡¿Entonces ese hombre es el Archiduque que la novela?!"
—Yo no lo robé —dije con voz temblorosa.
—Mentira. Entrégalo ahora.
— ¿Es usted, el Archiduque Damián Melkiseder? — ya sabía la respuesta, pero quería que lo confirmara con sus propias palabras.
— El mismo.
Alan se aferraba a mí, asustado, y miraba al Archiduque con desprecio.
—Mamá, no quiero irme con ese hombre feo —dijo con su vocecita temblorosa.
Damián dio un paso adelante, la espada aún levantada.
—Si no me lo entregas, te mataré. Y luego me lo llevaré de todas formas. No me hagas perder el tiempo.
Sentí las lágrimas quemarme los ojos. Miré a Alan, a su carita sucia de tierra, sus ojos llenos de miedo y confianza en mí. El padre de Alan estaba frente a mí, y aunque me doliera, Alan tenía que volver con su verdadera familia.
—Por favor… —supliqué—. Déjeme despedirme de él.
Damián arqueó una ceja, sorprendido. Tal vez esperaba que yo peleara, que mintiera, que pidiera dinero. Pero mi petición lo desarmó un instante.
—Date prisa —gruñó, bajando la espada.
Me arrodillé frente a Alan, tomándole las manos entre las mías. Mis lágrimas ya caían sin control.
—Escúchame, Alan. Ese hombre es tu papá. Te ha estado buscando por mucho tiempo. Tienes que irte con él.
—¡No! —gritó el niño, negando con la cabeza—. ¡Tú eres mi mamá! ¡No quiero a ese papá feo!
—Alan, por favor… —mi voz se quebró—. Si no te vas con él, me voy a enojar mucho. Y no quiero enojarme contigo, ¿entiendes? Tienes que ser valiente.
El niño comenzó a llorar también, aferrándose a mi cuello.
—Pero te voy a extrañar, mamá.
—Yo también, mi amor. Pero nos volveremos a ver, te lo prometo. Ahora ve con tu papá, pórtate bien y no le causes problemas.
Lo besé en la frente y lo solté con el corazón hecho pedazos. Alan caminó lentamente hacia Damián, con los hombros caídos y el caballito de madera apretado contra su pecho.
Damián observó toda la escena con una expresión ilegible. Cuando el niño llegó a su lado, lo tomó de la mano sin suavidad, pero sin violencia. Luego me miró fijamente.
—Parece que lo quieres de verdad y el a tí —dijo, y su tono ya no era de amenaza, sino de curiosidad.
—Lo quiero más que a mi propia vida —respondí secándome las lágrimas.
—Entonces tengo una propuesta para ti.
—¿Una propuesta? —pregunté confundida.
—Cásate conmigo.
La sangre me hirvió de asombro.
—¿Qué?
—Cásate conmigo —repitió con calma—. Así podrás quedarte con Alan y cuidarlo hasta que cumpla los dieciocho años. Luego nos separaremos. Será solo un matrimonio por contrato. Nada más.
Abrí la boca para responder, pero las palabras no salieron. Miré a Alan, que me observaba con esperanza, y luego al Archiduque, cuya mirada era seria, sincera.
—¿Por qué harías eso? —pregunté desconfiada.
—Porque si no aceptas, el niño sufrirá. Y yo… no quiero verlo sufrir más. Y también porque necesito de alguien que lo cuide.
Era la primera vez que veía un atisbo de humanidad en sus ojos de hielo.
—Está bien —dije al fin—. Acepto.
Alan sonrió y quiso correr hacia mí, pero Damián lo detuvo con suavidad.
—Pero recuerda —añadió el Archiduque—: esto es solo un trato. Nada más.
Asentí en silencio, mientras me preguntaba en qué lío me acababa de meter. Pero cuando vi la carita feliz de Alan, supe que valía la pena.
Esa misma tarde, Damián ordenó que prepararan un carruaje. Me despedí de mi pequeña casa, de mi huerto de vegetales que ya estaban casi listos para cosechar, y partí hacia el castillo del Archiduque, con mi mano sobre el hombro de Alan y el futuro incierto ante mis ojos.
—No te preocupes, mamá —dijo Alan en voz baja—. Yo te cuidaré.
Sonreí, a pesar de todo.
—Yo también te cuidaré a ti, pequeño.
El carruaje se puso en marcha y la colina desapareció tras la curva. Comenzaba una nueva vida.
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Muchas gracias por leer 💜💫
Aquí les dejo una imagen de Damián Melkiseder.