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EL PRECIO DE MI LIBERTAD

EL PRECIO DE MI LIBERTAD

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Posesivo
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: SEBAS M

La vida de Valeria Santoro se desmorona en una sola noche cuando su padre, al borde de la ruina financiera y amenazado por una deuda impagable, toma la decisión más cruel: venderla al hombre más temido y poderoso de la ciudad.
Damián Thorne es un CEO frío, implacable y conocido por destruir todo lo que toca. No cree en el amor, solo en los negocios, y Valeria es el activo que acaba de adquirir. El trato es simple: un matrimonio arreglado por doce meses a cambio de limpiar el nombre de su familia y salvarlos de la bancarrota.
Para el mundo, son la pareja perfecta: él, el magnate exitoso; ella, la esposa elegante y sumisa. Pero tras las puertas cerradas de la mansión Thorne, la realidad es muy distinta. Valeria está decidida a no entregarle su corazón al hombre que la compró, mientras que Damián descubre que ella es la única pieza en su tablero de ajedrez que no puede controlar.

NovelToon tiene autorización de SEBAS M para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El arte de la guerra silenciosa

La sangre en la camisa de Damián ya se había secado, convirtiéndose en una costra oscura, rígida y casi metálica que recordaba, en cada movimiento, que el tiempo de la tregua, de la huida y del olvido, había terminado para siempre. En la habitación de la pensión, el aire se sentía cargado, denso como si una tormenta eléctrica estuviera a punto de estallar dentro de las cuatro paredes. Sobre la mesa de madera astillada y manchada por años de uso ajeno, no había mapas de un imperio que recuperar, sino un sencillo plano del puerto dibujado a mano alzada y una lista anotada con los nombres de los ejecutivos del consorcio bancario que habían financiado nuestra cacería desde las sombras.

—No vamos a enfrentarlos a tiros, Damián —dije, deslizando mi dedo sobre el mapa, trazando una ruta que ellos nunca esperarían—. Eso es exactamente lo que ellos quieren. Quieren que cometamos un error, que seamos violentos, que dejemos un rastro de cadáveres que justifique nuestra eliminación definitiva ante los ojos de cualquier autoridad. Si vamos a cazar, lo haremos como tú me enseñaste en los meses de encierro y en la montaña: desde las sombras, golpeando donde más les duele, donde el dinero no puede comprar protección.

Damián me observaba desde el otro lado de la mesa. Sus ojos, fatigados por meses de insomnio, mostraban una mezcla de orgullo y, por primera vez, un respeto profundo y genuino que ya no tenía rastro alguno de posesión.

—El consorcio se mueve por una única cosa: la reputación de sus activos y la seguridad de sus beneficios —comentó él, con una voz ronca—. Si el valor de lo que ellos creen que tengo desaparece de sus libros, perderán el interés en perseguirme. Pero si, además, empezamos a exponer sus propias operaciones irregulares, sus lavados, sus tratos con los carteles que mi padre ayudó a financiar... les daremos un motivo para que sean ellos quienes se destruyan entre sí.

Pasamos los siguientes tres días en una inmersión absoluta, sin dormir más de lo necesario, trabajando bajo la luz mortecina de una lámpara que parpadeaba. No éramos los mismos que huían despavoridos por las montañas de Soacha; ahora éramos dos agentes de una venganza metódica. Utilizando terminales públicos en cibercafés de mala muerte y conexiones de red en lugares remotos del puerto, empezamos a filtrar de forma anónima, pero devastadora, los registros financieros del consorcio. No buscábamos dinero. No buscábamos recuperar lo perdido. Buscábamos la verdad: sobornos a funcionarios del alto gobierno, lavado de activos en paraísos fiscales y, lo más importante, el rastro de la corrupción técnica que vinculaba a los banqueros con la muerte de mis padres.

La "cacería" se convirtió en una danza digital de alta tensión. Cada movimiento de Damián era una estocada al corazón de sus servidores, y cada respuesta del consorcio era un grito de frustración que escuchábamos a través de sus intentos inútiles por rastrearnos. Éramos fantasmas manipulando a los poderosos.

Sin embargo, el peligro no venía solo de fuera, ni de las pantallas de ordenador. La cuarta noche, cuando Damián regresó del puerto, no trajo las provisiones que esperábamos. Su rostro estaba desencajado, y entró cerrando la puerta con tres cerrojos diferentes, respirando como si hubiera corrido un maratón.

—El dueño de la pensión —dijo, sin quitarse la chaqueta empapada—. Ha estado haciendo llamadas desde el teléfono de recepción. No a la policía, ni al consorcio bancario. A alguien más. Alguien que no debería saber que estamos en Puerto Esperanza, alguien que no responde a los intereses de los banqueros.

—¿Quién, Damián? —pregunté, sintiendo que el suelo bajo mis pies se volvía movedizo una vez más—. ¿Quién tiene tanto interés en nosotros fuera de los bancos?

—El hombre de la cicatriz. El que nos persiguió en la cabaña. El que quería la fórmula —respondió él, con una calma aterradora—. Lo ha reconocido en una fotografía de la prensa local. No nos ha vendido por dinero, Elena. Nos ha vendido por pura, simple y retorcida venganza. Y si él está aquí, significa que la casa está rodeada. Significa que el juego de la cacería digital ha terminado y ha comenzado el juego de la sangre.

Me quedé paralizada, sintiendo cómo el frío se instalaba en la boca de mi estómago. Pensamos que lo habíamos dejado atrás entre las llamas, que aquel infierno en la montaña había sido su tumba, pero el rastro de sangre del pasado era mucho más largo de lo que imaginamos. La casa comenzó a gemir. Escuchamos un golpe seco en la puerta principal de la pensión, seguido de gritos ahogados y el sonido de madera astillándose bajo el peso de un ariete. No eran agentes bancarios tocando a la puerta para negociar; eran sicarios profesionales, entrando para terminar el trabajo que la montaña no pudo completar.

—Elena —Damián se acercó, sus ojos buscando los míos con una intensidad desesperada, casi suplicante—. Si esto se pone difícil, la ventana trasera da al techo de zinc del cobertizo. Tienes que llegar a la lancha rápida que preparé en el muelle 4. No esperes por mí.

—Dije que dejaríamos de correr, Damián —le recordé, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba, no por el miedo paralizante de antes, sino por una furia fría y cristalina que me recorría todo el cuerpo—. No voy a ser la que se esconda mientras tú te desangras por proteger una promesa del pasado.

—Esto no es correr —dijo él, entregándome una segunda arma, una pistola que había conseguido en el mercado negro—. Esto es limpiar el tablero. Si vamos a morir, que sea habiendo terminado el juego.

El primer disparo atravesó la puerta de nuestra habitación, convirtiendo la madera vieja en un enjambre de astillas asesinas que volaron por el cuarto. El asedio final no sería en una cabaña nevada ni en una mansión de lujo; sería en este agujero húmedo y lleno de sal, donde finalmente tendríamos que demostrar si éramos los fugitivos que ellos querían, o los verdugos que no esperaban. Levanté el arma, sentí el peso frío del acero en mi mano, y supe que no habría vuelta atrás. La historia de Valeria Santoro había muerto hacía mucho tiempo; la historia de Elena Vargas, la que estaba a punto de escribir con pólvora, apenas comenzaba.

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deli perez
Me gusta la historia, que días actualizas?
deli perez: Un gusto esperar nuevos capítulos.. Gracias
total 2 replies
deli perez
Excelente historia
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