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La Menor De Los Sergeyev

La Menor De Los Sergeyev

Status: En proceso
Genre:Mafia / Omegaverse / Romance
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: milu carrera

Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.

NovelToon tiene autorización de milu carrera para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 9

La madrugada cayó pesada sobre Nueva York.

  El intento de intrusión en la residencia privada no había sido un simple tanteo. Los hombres que capturaron no hablaron. No suplicaron. No negociaron. Profesionales entrenados para resistir.

  Y eso solo confirmaba una cosa:

  Konstantin Volkov no estaba probando límites.

  Estaba enviando un mensaje.

  Isabella permanecía en la sala de seguridad, observando las grabaciones una y otra vez. Cada movimiento. Cada ángulo muerto que intentaron usar. Cada segundo.

  —No vinieron por información —murmuró Milan—. Vinieron por alguien.

  Isabella no respondió.

  Porque ambos sabían el nombre que no querían pronunciar.

  Sasha.

  El vidrio blindado reflejaba el rostro de Isabella. Frío. Controlado.

  Pero por dentro, algo hervía.

  No miedo.

  No duda.

  Instinto.

  Y el instinto le gritaba que el tablero estaba cambiando demasiado rápido.

  —Refuerza los traslados —ordenó—. Quiero rotación constante en las rutas. Nadie debe saber dónde está cada omega más de veinticuatro horas.

  —Eso va a crear desconfianza —dijo Milan.

  —Prefiero desconfianza a funerales.

  En la residencia, Sasha no podía dormir.

  Había escuchado el ruido. Los disparos amortiguados. Los pasos acelerados en el pasillo.

  No era ingenua.

  Sabía que la libertad tenía precio.

  Se levantó y caminó hacia la ventana. Afuera, dos hombres armados vigilaban el perímetro.

  Antes, estar rodeada de guardias significaba prisión.

  Ahora… significaba protección.

  Pero la sensación de estar en medio de algo mucho más grande comenzaba a instalarse en su pecho.

  Un golpe suave en la puerta la hizo tensarse.

  —Soy yo —dijo la voz de Isabella.

  Sasha abrió.

  Isabella entró sin escolta. Sin abrigo. Sin armas visibles.

  Pero su presencia era más fuerte que cualquier blindaje.

  —Intentaron entrar —dijo Sasha.

  No era pregunta.

  Isabella asintió.

  —Sí.

  Silencio.

  Sasha la observó unos segundos.

  —Esto es por mí.

  Isabella la miró directamente.

  —No.

  —Sí lo es. Antes de que apareciera, esto era un problema de negocios. Ahora es personal.

  La afirmación no llevaba culpa. Solo claridad.

  Isabella dio un paso más cerca.

  —Siempre fue personal.

  Sasha frunció levemente el ceño.

  —¿Por qué?

  Isabella no respondió de inmediato.

  Porque la respuesta era más compleja de lo que parecía.

  Porque no se trataba solo de tráfico de omegas.

  Se trataba de control.

  De hombres que creían que podían decidir el valor de otro ser humano.

  De la misma mentalidad que había intentado aplastar a su familia en Rusia durante años.

  —Porque nadie decide el destino de un omega bajo mi territorio —dijo finalmente.

  Pero no era toda la verdad.

  Sasha dio un paso hacia ella.

  —No soy tu territorio.

  La frase quedó suspendida entre ambas.

  Desafiante.

  Sincera.

  Isabella no se ofendió.

  Al contrario.

  Algo parecido al respeto cruzó su mirada.

  —No —admitió—. No lo eres.

  El silencio se suavizó apenas.

  —Entonces ¿qué soy? —preguntó Sasha, casi en un susurro.

  Isabella sostuvo su mirada más tiempo del necesario.

  —Eres alguien que eligió resistir cuando nadie la estaba mirando.

  El aire cambió.

  No era dominación.

  No era posesión.

  Era reconocimiento.

  Sasha tragó saliva.

  —Tengo miedo —confesó.

  La palabra fue pequeña.

  Pero enorme.

  Isabella extendió la mano lentamente. No para imponer. No para sujetar.

  Solo para ofrecer contacto.

  Sasha dudó un segundo.

  Luego tomó su mano.

  El contacto fue breve.

  Pero eléctrico.

  Isabella sintió algo que no esperaba.

  No deseo inmediato.

  No impulso alfa.

  Sino una necesidad peligrosa:

  proteger.

  Y eso la asustó más que cualquier bala.

  En Moscú, Konstantin Volkov observaba una fotografía impresa sobre su escritorio.

  Isabella Sergeyev.

  Más joven.

  Antes de desaparecer.

  —Siempre fuiste el punto débil de tu padre —murmuró.

  Un hombre a su lado habló:

  —¿Está seguro de que provocar en Nueva York es prudente?

  Volkov sonrió apenas.

  —Aleksander protege lo que puede controlar. Pero ella… ya no está bajo su control.

  Dejó la fotografía sobre la mesa.

  —Y una alfa sin manada… es impredecible.

  Horas después, en Nueva York, Milan entró al despacho de Isabella sin tocar.

  —Interceptamos otra comunicación.

  —¿Moscú?

  —Sí.

  Isabella levantó la mirada.

  —Habla.

  —Volkov está moviendo capital hacia Estados Unidos. No a Nueva York. A Chicago.

  Eso era nuevo.

  —Quiere abrir un frente alterno —dijo ella.

  —O distraernos.

  Isabella caminó lentamente por la sala.

  —No. Quiere obligarme a elegir.

  —¿Elegir qué?

  Ella lo miró.

  —Entre expandirme… o proteger lo que ya tengo.

  Milan entendió.

  Si Isabella se concentraba en proteger a Sasha y a los omegas liberados, Volkov avanzaría en otros territorios.

  Si salía a enfrentarlo… dejaba vulnerables a quienes había prometido proteger.

  Esa era la jugada.

  —Es inteligente —admitió Milan.

  —Siempre lo fue.

  Isabella apoyó ambas manos sobre el escritorio.

  —Pero comete el mismo error que todos.

  —¿Cuál?

  Sus ojos se endurecieron.

  —Creer que reacciono por impulso.

  Esa noche, Isabella convocó a todos sus principales aliados en Nueva York.

  La sala de reuniones estaba llena.

  Alfas. Betas. Contactos financieros. Seguridad privada.

  —Volkov está entrando al mercado estadounidense —anunció sin rodeos—. No busca dinero. Busca provocar.

  Uno de los hombres preguntó:

  —¿Quiere guerra abierta?

  Isabella negó.

  —Quiere que yo la declare.

  Silencio.

  —No se la daré.

  La tensión en la sala cambió.

  —En lugar de eso —continuó—, vamos a hacer algo más simple.

  Miró a cada uno de ellos.

  —Vamos a crecer.

  Milan la observó con una leve sonrisa.

  Ahí estaba su verdadera jugada.

  —Abrimos tres nuevos clubes bajo regulación estricta —dijo Isabella—. Sin explotación. Sin coerción. Con contratos claros y protección legal.

  Alguien frunció el ceño.

  —Eso es arriesgado.

  —No —corrigió ella—. Eso es estratégico.

  Si Volkov quería manchar su nombre, Isabella lo convertiría en símbolo.

  No de miedo.

  Sino de poder legítimo.

  —Si quieren atacarme —añadió—, tendrán que hacerlo frente a una estructura que protege a los suyos.

  La reunión terminó con órdenes claras.

  Expansión.

  Visibilidad.

  Fortaleza.

  Más tarde, cuando todos se fueron, Isabella regresó a la residencia.

  Sasha estaba despierta.

  Sentada en el sofá.

  —No puedes dormir tampoco —dijo Sasha.

  Isabella negó levemente.

  —No suelo hacerlo cuando planean matarme.

  Sasha no sonrió.

  —No quiero que mueras por esto.

  Isabella se quedó quieta.

  —No voy a morir.

  —No puedes saber eso.

  Un silencio largo se extendió.

  Sasha la miró fijamente.

  —¿Por qué no volviste a Rusia cuando pasó lo de tu abuela?

  La pregunta fue directa.

  Isabella sintió el golpe.

  —Porque creí que era mi culpa.

  —¿Lo era?

  Isabella bajó la mirada por un instante.

  —No.

  —Entonces ¿por qué huiste?

  Porque quedarse dolía.

  Porque mirar a su padre y ver decepción era insoportable.

  Porque sentía que no merecía seguir siendo alfa si no pudo proteger a quien amaba.

  Pero no dijo nada de eso.

  Sasha se levantó y caminó hasta quedar frente a ella.

  —No eres la única que perdió algo —dijo en voz baja—. Yo también perdí mi vida anterior. Mi nombre. Mi seguridad.

  Isabella la miró.

  —Pero sigues aquí.

  —Sí.

  —Entonces no perdiste todo.

  Las palabras quedaron suspendidas.

  Y por primera vez, Isabella sintió que alguien no la veía como líder.

  Ni como arma.

  Ni como apellido.

  Sino como mujer.

  Eso era nuevo.

  Y peligroso.

  Esa misma noche, en Chicago, un almacén explotó.

  Propiedad indirecta de Volkov.

  No hubo víctimas.

  Pero el mensaje fue claro.

  Isabella no reaccionaba.

  Respondía.

  Cuando Milan recibió la noticia, miró a su hermana.

  —Eso fue rápido.

  Isabella tomó su abrigo.

  —No voy a Rusia.

  —¿No?

  Ella negó.

  —Si quiere que regrese, tendrá que venir él.

  Y mientras las sirenas sonaban en otra ciudad, Konstantin Volkov entendió algo importante:

  Isabella Sergeyev ya no era la hija que huyó.

  Era una líder que había aprendido a convertir el dolor en estrategia.

  Y ahora, no estaba sola.

  Porque en una residencia vigilada en Nueva York, una omega llamada Sasha empezaba a convertirse en algo más que una razón para luchar.

  Empezaba a convertirse en elección.

  Y eso…

  Eso era mucho más peligroso que el amor.

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