En un mundo donde la superficie de la civilización es solo una máscara para las guerras de castas entre Alfas, Betas y Omegas, la ciudad de Chicago se convirtió en el tablero de ajedrez más sangriento del siglo XXI. La obra narra la colisión de dos linajes destinados a destruirse: la Bratva Volkov, liderada por el implacable y territorial Valerius, y la dinastía Moretti, cuyo último heredero, Dante, fue entrenado como un arma de precisión conocida como "El Fénix".
Lo que comenzó como un matrimonio forzado para evitar una guerra total, se transformó en una devoción absoluta que desafió las leyes de la mafia. A través de traiciones familiares, conspiraciones científicas de la Red Zero y el acecho de padres que veían en sus hijos simples herramientas de poder, Valerius y Dante forjaron un vínculo inquebrantable que mezcló el aroma del roble quemado con vainilla negra
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Capítulo 6: Sangre sobre el Blanco Infinito
La nieve ya no era solo un paisaje; era un sudario. El bosque de pinos se había convertido en un laberinto de sombras y ráfagas de viento que cortaban como cuchillas. Dante se movía entre los árboles con una ligereza que desafiaba su herida, su respiración formando pequeñas nubes de vapor que desaparecían al instante. A unos metros, Valerius era una fuerza de la naturaleza, una sombra pesada y letal que avanzaba con el rifle pegado al hombro.
—Se están comunicando por señas de luz —susurró Dante, deslizándose detrás de un tronco caído junto a Valerius. El aroma a roble quemado del Alfa estaba impregnado de adrenalina, una fragancia eléctrica que hacía que el Omega se sintiera extrañamente alerta—. Son seis en este flanco. Si no los neutralizamos rápido, nos rodearán.
Valerius asintió, su mirada gélida escaneando el perímetro. —Tú flanquea por la izquierda. Usa tus dagas si puedes; no quiero que reveles tu posición con disparos a menos que sea necesario. Yo atraeré su fuego.
—No me des órdenes, ruso —replicó Dante, aunque ya estaba desapareciendo entre la maleza congelada.
Valerius salió de su cobertura, abriendo fuego con ráfagas cortas y precisas. El sonido del rifle silenciado era apenas un susurro comparado con el crujido de las ramas. Los mercenarios de la Red Zero respondieron de inmediato, sus balas destrozando la corteza de los pinos alrededor de Valerius. El Alfa se movía con una confianza suicida, confiando en que Dante cumpliría su parte.
Sin embargo, el terreno les jugó una mala pasada. Bajo la nieve virgen se ocultaba una trampa de oso antigua, una reliquia de los antiguos dueños del terreno, o quizás un regalo reciente de la Red Zero. Cuando Valerius dio un paso lateral para cubrirse, el mecanismo de acero saltó con un chasquido metálico ensordecedor.
El grito de Valerius fue ahogado, un gruñido de puro dolor que hizo que el corazón de Dante diera un vuelco. El Alfa cayó de rodillas, con la pierna derecha atrapada por los dientes de hierro que mordían profundamente el hueso.
—¡Valerius! —gritó Dante, olvidando la discreción.
Los mercenarios, viendo al líder caído, convergieron hacia su posición. Tres de ellos salieron de la penumbra con sus armas alzadas. Valerius, cegado por el dolor, intentó levantar su rifle, pero un golpe de culata lo lanzó hacia atrás, dejándolo vulnerable sobre la nieve teñida de su propia sangre.
Antes de que el mercenario pudiera apretar el gatillo para ejecutar al heredero Volkov, una sombra saltó desde lo alto de una roca. Dante cayó sobre el primer hombre como un ángel exterminador, hundiendo su daga de obsidiana en la base del cráneo. Sin detenerse, giró y disparó su Glock contra los otros dos, impactando en el cuello y el pecho con una precisión quirúrgica que solo la desesperación podía otorgar.
El silencio volvió al bosque, roto solo por la respiración agitada de Dante y los quejidos contenidos de Valerius. El Omega se arrodilló junto a él, sus manos temblando mientras intentaba abrir el mecanismo de la trampa.
—¡Estúpido, estúpido Alfa! —siseó Dante, sus ojos miel brillando con una mezcla de furia y un miedo que se negaba a admitir. El aroma a vainilla negra se volvió dulce y desesperado, envolviendo a Valerius en un intento instintivo de calmar su dolor—. Te dije que te fijaras por donde pisabas.
—Vete... —gruñó Valerius, el sudor frío rodando por su frente—. Están viniendo más. Déjame aquí y corre. No puedes arrastrarme por la nieve.
Dante lo miró fijamente, su mano ensangrentada agarrando la mandíbula de Valerius con una fuerza posesiva que imitaba la que el Alfa le había mostrado en la cabaña.
—¿Crees que te voy a dar el gusto de morir como un héroe y dejarme con esta deuda? —Dante tiró de la palanca de la trampa con todas sus fuerzas, sus músculos tensándose hasta el límite—. Nadie te mata más que yo, Volkov. Me debes una vida ahora, y me voy a cobrar cada segundo de ella. ¡Ayúdame!
Con un último esfuerzo coordinado, la trampa se abrió. Valerius colapsó contra el pecho de Dante, su cabeza descansando por un segundo en el hueco del cuello del Omega. En ese momento, rodeados de enemigos y con la muerte pisándoles los talones, la conexión entre ellos se volvió absoluta. No eran rivales, no eran Alfa y Omega; eran dos partes de un mismo mecanismo de supervivencia.
—Si salimos de esta... —susurró Valerius, su voz apenas un hilo—, te voy a odiar por haberme salvado.
—Y yo te voy a odiar por hacerme necesitarte —respondió Dante, levantándolo y pasando el brazo del Alfa sobre sus hombros—. Ahora camina, maldito ruso. Tenemos un mundo que quemar.