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SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
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Capítulo 12: La Fortaleza de Hierro (continuación)
La noche en la Fortaleza de Hierro no trajo descanso. El fuego de la chimenea crepitaba con una furia que palidecía ante el incendio que se desataba sobre las pieles de la gran cama ducal.
Alaric ya no era el hombre contenido y huraño de los últimos meses. Con la barrera de los dieciocho años finalmente derribada, el "Carnicero" se convirtió en una fuerza de la naturaleza que no conocía la piedad ni el agotamiento. Sus manos grandes, esas que habían manejado espadas y roto cuellos, ahora se cerraban con una posesividad brutal sobre la piel de porcelana de Isolde, reclamando cada centímetro de su cuerpo pequeño y perfecto.
—Te advertí que me cobraría cada segundo, Isolde —le siseó él contra la boca, su voz era un rugido de deseo puro mientras la inmovilizaba bajo su peso masivo de casi cien kilos de músculo y acero.
Él no la poseyó una vez. La poseyó una y otra vez, con una intensidad que le robaba el aliento y la dejaba gimiendo su nombre en la oscuridad. La diferencia de tamaño era abrumadora: ella desaparecía bajo él, sus manos pequeñas apenas alcanzando a rodear sus hombros anchos, mientras Alaric la manejaba a su antojo, cambiándola de posición con una facilidad que le recordaba a Isolde su fuerza sobrehumana.
—Más... —susurraba ella, con los ojos azules empañados por el placer y la provocación— . Dijiste que no podría caminar, Alaric. Demuéstramelo.
Ese desafío fue la chispa final. Alaric soltó un gruñido animal y la tomó con una ferocidad renovada. Sus manos marcaron las caderas delgadas de ella, dejando huellas rojas que contrastaban con la blancura de su piel. El sonido de los cuerpos chocando, de las respiraciones entrecortadas y del cuero de las pieles rozando la piedra se convirtió en la banda sonora de su noche de bodas real.
Alaric la besaba con una sed insaciable, su barba rozándole la piel sensible del cuello y los pechos, mientras su cuerpo la reclamaba con una potencia que Isolde nunca imaginó. No hubo ternura delicada; hubo una pasión cruda, una posesión total que la hacía sentir que su alma se fundía con la de ese hombre de hierro.
Cuando el sol empezó a asomar por las troneras de la fortaleza, Alaric seguía sobre ella, su pecho masivo subiendo y bajando, cubierto de sudor, sus ojos café fijos en los de ella con una voracidad que no parecía tener fin.
La mañana llegó con una luz fría y despiadada.
Isolde intentó incorporarse cuando escuchó el cambio de guardia en el patio, pero en cuanto intentó mover las piernas, un dolor agudo y una debilidad absoluta la recorrieron. Sus músculos estaban como gelatina; la parte inferior de su cuerpo se sentía pesada y extrañamente ajena.
—Ah... —soltó un pequeño gemido de dolor y se dejó caer de nuevo sobre las almohadas.
Alaric, que ya estaba de pie al borde de la cama, vistiéndose con una calma que a ella le pareció insultante después de la tormenta de la noche, se giró para mirarla. Su cara de malo tenía una sombra de satisfacción que no podía ocultar del todo.
—Te lo dije, niña —dijo él, su voz todavía ronca por la noche de pasión. Se acercó a la cama, su inmensidad tapando la luz del sol—. Te dije que no podrías caminar.
—Cállate y ayúdame —le espetó ella, aunque no pudo evitar que una sonrisa débil cruzara sus labios.
Alaric se sentó al borde de la cama y pasó su brazo masivo por debajo de la espalda de ella, intentando ayudarla a ponerse de pie. Pero en cuanto los pies de Isolde tocaron el suelo de piedra, sus rodillas cedieron por completo. Habría caído al suelo si Alaric no la hubiera atrapado en el aire con sus manos de gigante.
—Estás temblando como una hoja —observó él, y esta vez hubo una nota de preocupación genuina bajo su tono burlón. La levantó en vilo y la volvió a depositar en la cama.
Isolde estaba pálida, con ojeras profundas de falta de sueño pero con un brillo de triunfo en sus ojos azules. Sin embargo, el dolor era real. Estaba físicamente agotada y lastimada por la brutalidad del encuentro repetido.
Alaric caminó hacia la puerta, su rostro volviéndose de piedra nuevamente.
—¡Cédric! —rugió hacia el pasillo.
El plebeyo apareció en segundos, con cara de no haber dormido mucho él tampoco.
—Trae al doctor del campamento —ordenó Alaric—. Ahora mismo. A mis aposentos.
—¿Pasa algo malo, Duque? —preguntó Cédric, mirando de reojo hacia la cama donde Isolde estaba envuelta en pieles.
—Cumplí mi promesa —fue todo lo que dijo Alaric antes de cerrar la puerta de un golpe.
Diez minutos después, el Doctor Marinus, un hombre mayor de barba blanca que había servido en mil campos de batalla, entró en la habitación con su maletín de cuero. Alaric se quedó de pie en un rincón, con los brazos cruzados y una expresión tan huraña que el doctor apenas se atrevía a respirar.
Marinus se acercó a la cama y examinó a Isolde con profesionalidad. Vio las marcas en sus hombros, la palidez de su rostro y, cuando levantó las mantas para revisar sus piernas y caderas, soltó un suspiro largo.
—Bueno... —dijo el doctor, aclarándose la garganta y evitando mirar a Alaric, que parecía un volcán a punto de estallar—. La Duquesa tiene un cuadro severo de agotamiento físico y... bueno, contusiones musculares debido a una actividad... extremadamente vigorosa.
Isolde se tapó la cara con las manos, muerta de vergüenza, mientras su cabello dorado se desparramaba por las almohadas.
—¿Y bien? —rugió Alaric desde las sombras—. ¿Qué necesita?
—Necesita reposo absoluto, Duque —sentenció el doctor, guardando sus instrumentos—. Nada de caminar, nada de esfuerzos y, sobre todo... —miró significativamente a Alaric— ...nada de visitas conyugales durante al menos una semana. Sus tejidos están inflamados y sus músculos necesitan recuperarse de la... eh... magnitud de la posesión.
Alaric soltó un gruñido que hizo que el doctor diera un paso atrás.
—Le daré un tónico para el dolor y la inflamación —añadió Marinus rápidamente—. Pero ella no se moverá de esta cama por unos días si no quiere sufrir daños permanentes.
Cuando el doctor salió de la habitación, el silencio que quedó era denso como la niebla. Alaric se acercó a la cama lentamente. Se sentó a su lado y, con una delicadeza que nadie en la fortaleza creería, le apartó un mechón de cabello de la cara.
—Parece que ganaste, pequeña muñeca —susurró él, y por primera vez, Isolde vio un destello de arrepentimiento mezclado con un orgullo salvaje en sus ojos café—. Te rompí tal como dije que lo haría.
—Valió la pena —respondió ella, agarrándole la mano grande y apretándola con la poca fuerza que le quedaba—. Pero no creas que esto me va a detener, Alaric. La próxima vez, estaré preparada para ti.
Alaric se inclinó y le besó la frente, un gesto cargado de una protección casi religiosa.
—La próxima vez, Isolde, tendré más cuidado. Aunque no prometo nada.
Afuera, los rumores corrían por la Fortaleza de Hierro como la pólvora. La pequeña duquesa no podía caminar y el Carnicero tenía una mirada de satisfacción que asustaba a los guardias. Pero en la intimidad de esa habitación, entre el olor a lavanda y a pasión reciente, se había forjado un vínculo que ni el mismísimo Valerius podría romper.