Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.
¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?
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capitulo 6
La humedad del sótano se siente como una mano invisible apretando mi garganta. El aire aquí abajo es distinto al de la superficie de Aethelgard; no huele a menta ni a limpieza quirúrgica, sino a electricidad estática, a ozono y a ese aroma metálico de la sangre que insiste en perseguirme desde hace diez años. La revelación de Marcos sobre el hombre frente a nosotros —el oficial que vendió su placa por nuestro silencio— ha dejado un vacío sónico en la plataforma. Es el sonido de una trampa cerrándose después de una década de espera.
Siento el sudor frío resbalar por mi nuca. Miro a Marcos y veo a un extraño. El hombre seguro de sí mismo, el estratega que nos guio a través del caos de aquella noche lluviosa, ahora parece un niño a punto de ser castigado. Sus ojos bailan entre el oficial y la sala de servidores, buscando una salida que no existe. Clara está colapsada a mi lado, sus sollozos son ahora hipos secos, y Víctor... Víctor es una bomba de relojería cuya mecha se está consumiendo rápidamente.
—¿Por qué ahora? —mi propia voz suena lejana, como si viniera de debajo del agua—. Si tenías el dinero, si tenías el poder de hacernos desaparecer... ¿por qué este teatro de cristal y acero?
El oficial, cuya cara ahora reconozco de las pesadillas que intenté borrar con alcohol y pastillas, juega con el control remoto. La luz roja del dispositivo parpadea rítmicamente, marcando los latidos de mi propio pánico.
—El dinero se acaba, Elena. Pero la culpa... la culpa es una inversión que solo genera intereses —dice con una suavidad que me revuelve el estómago—. No estoy aquí por el dinero que me disteis. Estoy aquí porque ese dinero me convirtió en un paria. Un policía corrupto es solo un delincuente con uniforme, y acabé perdiendo todo lo que vuestro soborno debía proteger. Pero mientras yo caía, os veía a vosotros. Os veía en las portadas de revistas, inaugurando edificios, ganando juicios, sonriendo.
Da un paso hacia adelante, y la luz del rack de servidores tiñe su rostro de un azul espectral.
—Os habéis creído vuestras propias mentiras. Os habéis convencido de que Julián López era solo un daño colateral en el camino hacia vuestro éxito. Aethelgard no es una casa, es un espejo. Y hoy vais a mirar lo que hay detrás del reflejo.
Miro de reojo el cronómetro que sigue su cuenta atrás en la pantalla gigante. Treinta segundos. El dron sigue suspendido frente a Clara, sus hélices emitiendo un zumbido que parece un enjambre de avispas enfurecidas.
—Uno de vosotros tiene que entrar —repite el oficial—. Uno de vosotros tiene que sacrificarse para que la "ejecución social" de Clara no ocurra. Pero el precio es físico. El circuito manual requiere que alguien mantenga los terminales unidos mientras la puerta se abre. El voltaje no es letal, pero os aseguro que desearéis que lo fuera.
Siento un impulso irracional de correr, de saltar sobre él, pero Víctor se me adelanta. Con un rugido animal, el hombre robusto se lanza hacia el oficial. Es un movimiento desesperado, nacido del puro instinto de supervivencia. Pero en Aethelgard, la fuerza bruta es una variable ya calculada.
Antes de que Víctor pueda siquiera rozar la chaqueta del oficial, una descarga eléctrica brota del suelo metálico de la plataforma. El cuerpo de Víctor se arquea en el aire, sus músculos se contraen violentamente y cae al suelo envuelto en un olor a ozono y carne quemada. Gime, pero sus ojos están en blanco.
—La violencia es tan... previsible —suspira el oficial, sin siquiera haberse inmutado—. Diez segundos.
Miro a Clara. Ella me mira a mí con una súplica silenciosa que me parte el alma. Luego miro a Marcos. Él está retrocediendo, sus manos levantadas como si quisiera empujar la realidad lejos de él.
—Yo no puedo —susurra Marcos, su voz apenas un hilo—. Tengo demasiado que perder. Elena, tú... tú siempre fuiste la que más quería confesar. Hazlo ahora. Salva a Clara.
La cobardía de Marcos me golpea como un bofetón físico. Durante diez años le seguí porque creí que era el más fuerte, el que nos protegía. Ahora veo que solo nos estaba usando como escudos para su propia ambición. Mi mano se cierra sobre el gemelo de plata en mi bolsillo. El metal me corta la palma, y ese dolor real me devuelve la claridad.
—Confesar no es lo mismo que sufrir por vosotros, Marcos —le digo, con un odio que me quema las entrañas.
El cronómetro llega a cinco. El dron empieza a emitir un pitido agudo, preparándose para proyectar en todas las pantallas de la isla el vídeo que destruirá a Clara para siempre. No pienso en las consecuencias, no pienso en el dolor. Pienso en Julián, en el frío que debió sentir cuando lo dejamos solo. Pienso en que mi vida ya está muerta, que solo soy un cadáver que camina y que quizás, si siento dolor físico, el dolor del alma se detenga un momento.
Corro hacia los terminales manuales al lado de la puerta de cristal. Son dos palancas de cobre, desnudas, que parecen colmillos esperando una presa.
—¡Elena, no! —grita Clara, pero su voz se pierde en el estruendo de los servidores.
Agarro las palancas.
El mundo estalla en blanco. No es como en las películas; no hay un grito épico. Solo hay una contracción tan brutal que siento que mis huesos van a romperse. Mis dientes chocan entre sí con una fuerza que me hace saborear la sangre de mis propias encías. Mis pulmones se bloquean, el aire se queda atrapado en mi pecho y cada nervio de mi cuerpo se convierte en un filamento de fuego vivo. El dolor no es una sensación, es un lugar, un espacio físico donde el tiempo se detiene y la consciencia se reduce a un solo punto de agonía pura.
Escucho, como si estuviera a kilómetros de distancia, el sonido del cristal blindado deslizándose. La puerta se abre.
—¡Entrad! —la voz de Marcos suena distorsionada, monstruosa—. ¡Entrad antes de que se cierre!
Siento que mis manos están soldadas al cobre. El oficial nos observa con una sonrisa de satisfacción académica, como un científico viendo a una rata cruzar un laberinto electrificado. Veo a Marcos pasar corriendo a mi lado, sin siquiera mirarme, entrando en la seguridad de la sala de servidores. Clara se detiene un segundo, sus ojos llenos de lágrimas y horror, antes de que Víctor, recuperándose penosamente, la empuje hacia el interior.
Yo sigo allí, anclada al dolor. El circuito soy yo. Mi cuerpo es la llave que mantiene la puerta abierta. El sudor nubla mi vista, pero alcanzo a ver la pantalla del dron. El cronómetro se ha detenido en el cero, pero el vídeo no ha empezado. Lo he conseguido. He salvado el secreto de Clara, aunque no sé por qué.
—Suficiente —dice el oficial.
La descarga se detiene tan bruscamente que mis piernas ceden y caigo al suelo como una marioneta a la que le han cortado los hilos. Mis manos están negras, con ampollas que suben por mis dedos, y el olor a quemado es ahora mi propia piel. Me quedo ahí, jadeando, sintiendo cómo el corazón intenta recuperar un ritmo normal después de haber sido forzado a la taquicardia eléctrica.
La puerta de cristal se cierra de golpe tras los demás. Estoy fuera. Ellos están dentro, en la sala de racks, protegidos por el cristal blindado. El oficial camina hacia mí con una parsimonia insultante. Se acuclilla a mi lado y me retira un mechón de pelo sudado de la frente. Su tacto es gélido.
—Eres la única que vale algo en este grupo de basura, Elena —susurra—. Por eso te he guardado el mejor asiento.
Me señala una de las pantallas de la pared del pasillo, una que los demás no pueden ver desde dentro. En ella no hay vídeos de Clara, ni de Marcos, ni de Víctor. Hay una toma cenital de mi propia suite, la habitación donde desperté esta mañana.
Sobre la cama de seda gris, hay algo que no estaba cuando salí. Es un vestido. Un vestido blanco, de seda, idéntico al que llevaba hace diez años. Y junto al vestido, hay una nota escrita a mano con una caligrafía que conozco mejor que la mía propia.
*Te espero donde el camino se bifurca. No llegues tarde esta vez.*
El oficial se levanta y me tiende la mano. Sus ojos brillan con una malevolencia que me hace comprender que el dolor físico de las palancas de cobre era solo el aperitivo.
—Tus amigos están a salvo... de momento —dice, señalando a Marcos y a los demás, que golpean el cristal desde dentro, gritando algo que no puedo oír—. Pero tú y yo tenemos una cita con el pasado. El anfitrión quiere verte. A solas.