"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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El Peso De La Gratitud y Las Verdades Del Corazón.
NARRADOR
La vida en la nueva casa, en ese pequeño espacio de un solo cuarto, sala y cocina, trajo consigo una libertad que sabía a aire puro, pero también una dinámica doméstica que desafió todo lo que la protagonista creía saber sobre el amor y el servicio. Al principio, ella intentó replicar el modelo que había visto en casa de su suegra: lavaba toda la ropa a mano, tallando cada prenda con la fuerza de quien busca cumplir con un deber sagrado.
Un sábado por la mañana, mientras ella estaba encorvada sobre el tallador, con las manos rojas por el jabón y el esfuerzo, Julián se acercó y le quitó suavemente la prenda que sostenía.
— Deja eso, por favor —le dijo él, mirándola a los ojos con una mezcla de reproche y ternura—. No quiero que pases tus días así. No te traje aquí para que fueras mi empleada.
— Pero Julián, así lo hace tu mamá, así se deben hacer las cosas en una casa —respondió ella, tratando de recuperar la ropa.
— Mi mamá es mi mamá, y tú eres tú —sentenció él—. Vamos a comprar una lavadora. No quiero que te desgastes. De ahora en adelante, esto lo vamos a hacer juntos.
Y así fue. Con el tiempo, él se adueñó por completo de esa labor. Él lavaba y ella se limitaba a ayudarlo a tender la ropa bajo el sol, compartiendo charlas triviales mientras las sábanas blancas ondeaban entre ellos. En la cocina pasaba algo similar; Julián tomó el mando de las hornillas, huyendo de los caldos que tanto detestaba.
— Otra vez sopa no, por favor —decía él bromeando—. A mí dame algo seco, algo que sepa a comida de verdad.
Se convirtieron en un matrimonio sin papeles, una unidad donde la protección de él era el muro que la mantenía a salvo del cansancio. Pero mientras el hogar funcionaba como un reloj hacia adentro, hacia afuera la economía se convirtió en un campo de batalla de malentendidos. En casa de los suegros, Julián solía entregar una tarjeta de vales de despensa con 300 pesos mensuales para su madre. Al irse a vivir solos, los gastos de renta, luz y comida obligaron a Julián a tomar una decisión difícil.
Un día, después de hacer cuentas en la pequeña mesa de la cocina, Julián suspiró.
— Voy a tener que decirle a mi mamá que ya no puedo darle los vales, Aitana. Si se los doy, no llegamos a fin de mes aquí.
— Es tu decisión, Julián —respondió ella—. Yo no quiero que piensen que soy yo la que te lo pide.
Pero el estallido no se hizo esperar. El hermano mayor de Julián, cargado de un resentimiento que Aitana no terminaba de comprender, soltó palabras que llegaron a sus oídos como flechas envenenadas a través de terceros.
— ¿Cómo pudo hacerle eso a mi mamá? —decía el hermano con amargura—. Yo, cuando me case, nunca voy a dejar de darle dinero a mi madre, aunque mi mujer no quiera. Seguro ella le está lavando el cerebro.
La injusticia de esas palabras quemaba. Aitana sentía la impotencia de ser señalada como la "mala" de la historia, cuando la realidad era exactamente lo opuesto. En lugar de resentirse, ella decidió ser el motor de la generosidad que Julián, por su naturaleza distraída o reservada, no siempre demostraba.
— Julián, mañana es quincena —le recordaba ella mientras descansaban en la sala—. Haz la lista. Tienes que comprarle su jabón, su desodorante y su champú a tu mamá. No podemos llegar con las manos vacías.
— Ella tiene a mi papá y a mis hermanos, Aitana... —comentaba él a veces.
— No importa. Ella es tu madre y nos recibió en su casa. Ve y cómpraselo. Y si ves esa blusa que le gustó el otro día, también llévasela.
Pero su mayor esfuerzo fue hacia el hermano mayor, aquel que la juzgaba sin conocerla. Aitana no olvidaba el sacrificio de aquel hombre. Una noche, mientras veían la televisión que recién habían comprado, ella apagó el volumen y lo miró seriamente.
— Julián, necesito que entiendas algo. Tú tienes este trabajo y terminaste la escuela porque tu hermano se partió el lomo por ti cuando tu papá no estaba. Él dejó sus sueños para que tú tuvieras los tuyos.
— Lo sé, Aitana, y se lo agradezco —respondió él, bajando la mirada.
— No basta con saberlo. Tienes que ayudarlo. Dale para sus pasajes de la prepa, cómprale unos zapatos nuevos si ves que los suyos ya no sirven. Muy independiente de lo que tu mamá le dé, tú tienes que ser su respaldo.
Bajo el consejo de ella, se convirtieron en los "protectores" silenciosos. Si iban al cine, ella insistía: "Invita a tu hermano, que venga con nosotros". Si iban a la feria, el hermano mayor siempre tenía un lugar en el grupo. Era una deuda de honor que ella sentía como propia, transformando el resentimiento del cuñado en una convivencia constante.
Sin embargo, detrás de esta armonía, crecía una verdad que ella guardaba en el centro de su pecho como una piedra fría. Julián la amaba con una devoción absoluta. Él era el hombre perfecto: trabajador, protector, fiel y dedicado. Pero ella... ella no podía sentir lo mismo.
Una noche, después de estar juntos, Julián la abrazó con una intensidad que casi le dolía.
— Te amo más que a nada en este mundo, Aitana —le susurró él al oído.
Ella se quedó tensa un segundo antes de responder, buscando en su interior una honestidad que no lo rompiera, pero que no la traicionara a ella.
— Te quiero mucho, Julián. De verdad te quiero —dijo ella, acariciándole el cabello.
— ¿Solo me quieres? —preguntó él, con una sombra de tristeza en la voz.
— Julián, soy honesta contigo. Sabes que mi corazón ha pasado por mucho. Te quiero, te respeto y te agradezco todo lo que haces, pero no puedo mentirte sobre el tamaño de mis sentimientos.
Julián suspiró, apretándola más fuerte contra su pecho.
— No importa. Con que me quieras un poco me basta. Yo te voy a amar por los dos hasta que tu corazón sane del todo.
Vivir solos les permitió ser ellos mismos, pero Aitana sentía el peso de ese amor desigual. Estaba en el hogar que siempre quiso, con el hombre que la cuidaba como a una joya, pero habitando una verdad que la hacía sentir, a ratos, la mujer más honesta y, a la vez, la más solitaria del mundo en su propia casa.
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