En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
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Capítulo 11
El Salón de los Espejos del Palacio de Helios no era solo el corazón arquitectónico de Vesperia; era una trampa de cristal diseñada para que nadie pudiera caminar sin ser observado desde mil ángulos distintos. El aire estaba saturado con el aroma pesado del incienso de jazmín, el sudor oculto bajo perfumes costosos y el dulzor metálico del vino de palma. Cientos de nobles, envueltos en sedas y brocados que costaban lo que una aldea entera en un año, se deslizaban por la pista de baile como cisnes sobre un lago de aceite.
Atraeus observaba la escena desde la galería superior, medio oculto por las sombras de una columna corintia. Vestía un jubón de terciopelo azul noche, tan oscuro que parecía negro, con hilos de plata que formaban constelaciones abstractas. A su lado, Thera era una visión de peligroso esplendor. Llevaba un vestido de láminas de oro que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, dejando su espalda descubierta hasta el inicio de las nalgas, donde un intrincado tatuaje de henna simulaba una enredadera de espinas.
—Mira a las pequeñas moscas —susurró Thera, abanicándose con indolencia. Sus ojos no dejaban de escanear la multitud—. Creen que están aquí para celebrar el aniversario de la ascensión del Rey, cuando en realidad están asistiendo a su propio funeral político.
—Mis hilos ya están tensos, Thera —respondió Atraeus sin mirarla. Su voz era un murmullo que apenas llegaba a ella—. El músico que toca el arpa en la esquina izquierda es uno de los míos. El copero que sirve al Duque de Altamira le debe la vida a mi red de información. Cada palabra que se susurre esta noche detrás de una mano o un abanico terminará en mis oídos antes del amanecer.
—¿Y qué hay de nuestra presa principal? —preguntó ella, inclinándose un poco hacia él, permitiendo que su hombro rozara el brazo de él.
Atraeus señaló con un leve movimiento de cabeza hacia el centro del salón. Lord Kaelen, el Gran Justicia, permanecía rígido, conversando con una severidad que parecía fuera de lugar en medio de la bacanal. A su lado, su hijo Valerius lucía pálido, sus ojos moviéndose inquietos hacia las puertas laterales, donde los guardias reales montaban guardia.
—Valerius cree que su secreto está a salvo —dijo Atraeus—. No sabe que el "vendedor" del Ojo de Azrath ya lo está esperando en el jardín de los suspiros. Pero hay algo más que me inquieta. Mira hacia el estrado real.
Thera entornó los ojos. Cerca del trono, Lord Voran y la Matriarca de la casa Varyn, Lady Elara, estaban sumidos en una conversación que parecía demasiado íntima para dos familias que, según todos los informes oficiales, estaban al borde de una guerra comercial por las rutas del Norte.
—¿Voran y Varyn? —Thera frunció el ceño—. Se supone que Voran está financiando a los piratas que asaltan los barcos de Varyn.
—Eso es lo que nos han hecho creer —murmuró Atraeus, sintiendo una punzada de frío cálculo en el pecho—. Observa sus manos.
Lady Elara Varyn entregó un pequeño anillo de sello a Lord Voran. No fue un gesto casual; fue una transferencia de autoridad. Unieron sus copas y bebieron simultáneamente, un antiguo ritual de sangre que sellaba alianzas inquebrantables.
—Una telaraña dentro de mi propia red —siseó Atraeus—. Esos bastardos han fingido su enemistad para que la corona no sospechara de su monopolio. Si Voran y Varyn se unen, controlan el setenta por ciento del grano de la capital. Pueden matar de hambre a Vesperia si el Rey Helios no accede a sus demandas.
—Esto cambia el tablero —dijo Thera, su tono volviéndose gélido—. Si Kaelen cae ahora, Voran y Varyn usarán el vacío en el consejo para colocar a uno de sus títeres. No podemos permitir que su alianza fructifique antes de que nosotros controlemos la justicia.
Atraeus sintió la presión de la situación. La política era un organismo vivo, y acababa de descubrir un tumor que no había previsto. La adrenalina comenzó a correr por sus venas, mezclándose con el deseo oscuro que siempre le provocaba el peligro... y la presencia de la mujer a su lado.
—Necesito los términos de ese acuerdo —dijo Atraeus—. Thera, ve abajo. Seduce a la atención de Lord Voran. Haz que se aleje de Lady Elara durante diez minutos. Yo interceptaré al secretario de Varyn.
—¿Seducir a Voran? —Thera soltó una risa baja y ronca—. Es un hombre que prefiere los caballos a las mujeres, Atraeus. Pero supongo que puedo ser muy persuasiva cuando el destino de un reino está en juego.
Ella le dedicó una mirada cargada de promesa antes de deslizarse hacia las escaleras con la gracia de una serpiente de cascabel. Atraeus la observó bajar, notando cómo las miradas de los hombres se clavaban en ella. Un destello de posesividad, una emoción que despreciaba por considerarla una debilidad, cruzó su mente, pero la aplastó de inmediato.
Atraeus bajó por una escalera de servicio, moviéndose con una agilidad que contrastaba con su apariencia de noble refinado. Se filtró en los pasillos traseros, donde los criados corrían con bandejas de plata. Encontró al secretario de Lady Elara, un hombre escuálido llamado Pytor, tratando de recuperar el aliento cerca de la bodega de vinos.
Sin mediar palabra, Atraeus lo agarró por el cuello y lo empujó hacia el interior de la bodega, cerrando la puerta con el pie. El olor a roble y vino añejo los envolvió.
—Ni un sonido, Pytor —susurró Atraeus, sacando una daga de hoja negra de su bota y apoyándola contra la garganta del secretario—. Sé lo del acuerdo. Sé lo del grano. Dame el documento que tu señora acaba de firmar.
—Yo... yo no tengo nada —tartamudeó el hombre, sus ojos desorbitados por el terror—. Solo soy un servidor...